dilluns, 27 de juliol de 2015

Melodrama y comunidad



Artículo publicado en El Periodico de Catalunya, el 10 de septiembre de 1997, a partir de los funerales por Lady Di y la manifestación en Bruselas en repulsa por los crímenes pedófilos de  Mark Dutroux

MELODRAMA Y COMUNIDAD    
Manuel Delgado

La muerte de Lady Di ha suscitado una reacción popular que ha sorprendido por sus dimensiones. Dos millones de ciudadanos se congregaron el sábado en las calles de Londres para ver pasar el cortejo fúnebre con los restos de la princesa. En octubre del año pasado, Bruselas fue escenario de otra manifestación insólita. Cientos de miles de valones, flamencos e inmigrantes desfilaron unidos para protestar por los asesinatos de un pedófilo. En España pudimos contemplar, hace apenas un par de meses, una movilización de masas igualmente inédita por su magnitud, cuando millones de ciudadanos ocuparon las calles para expresar su indignación por la muerte de Miguel Angel Blanco. 

Esas multitudes estaban formadas por personas de ideología, religión, etnia o clase social muy distintas. En cambio estaban juntas, allí, a aquella hora, haciendo una misma cosa. Todos, la sociedad entera, parecían haber acudido a la cita. Si las hubo, fueron consignas escasas y muy simples. Apenas pancartas o banderas. Se escucharon luego todo tipo de interpretaciones acerca de a favor o contra qué estaba toda aquella gente. Pretendidos médiums (políticos, sociólogos, comentaristas de actualidad) aseguraron haber escuchado el “mensaje” de las muchedumbres. Simple ventriloquía. El silencio de los reunidos constataba que no era un discurso lo que los unía.

¿Qué tienen algunas muertes que las hace susceptibles no sólo de conmover sino de mover a los ciudadanos? A diario se producen muertes tan trágicas, injustas y bestiales como las de los protagonistas de estas colosales expresiones de duelo. Los niños agonizantes de Ruanda o los cadáveres mutilados de las víctimas de un coche-bomba nos espantan y nos escandalizan. La desaparición de una personalidad destacada nos impresiona. Pero ninguna de esas desgracias es capaz de desencadenar expresiones públicas de dolor como las mencionadas.

La explicación del aparente enigma tiene que ver con el papel que juegan en el mundo moderno los sentimientos. Nuestra sociedad está constituída por seres que no pueden reducir su identidad a un sólo plano, de manera que todos somos demasiadas cosas al mismo tiempo. Cada uno se ve obligado a cambiar de careta y a representar distintos papeles al cabo del día. Es fácil sentirse agobiado por una vida cotidiana dominada por lo contradictorio y por lo fragmentario. En esas circunstancias experimentamos como aún más urgente nuestra necesidad de sabernos miembros de una comunidad, de vivir la sensación de no acabar en nosotros mismos. Pero ese grupo en que nos es dado integrarnos ya no la conforman, como antes, individuos que comparten una determinada visión del mundo. Hoy, las comunidades, por lo demás casi siempre efímeras, están hechas no de personas que piensan lo mismo, sino de personas que sienten lo mismo. 

Sólo el afecto nos integra. Eso vale para la familia, que sólo desde hace poco tiene el amor como argumento principal. Se apoya a un partido político menos por su proyecto o su ideología que por la emoción que proporcionan sus mítines o sus líderes. El nacionalismo es una ideología sin ideología, puesto que su materia prima y su motor son los sentimientos. La religión es hoy una liturgia de vivencias íntimas. Los jóvenes que asisten a un concierto son un exponente perfecto de ese tránsito de la comunidad de conciencias a la comunidad de experiencias. A muchos les choca que el fútbol desencadene tantas energías sociales, en cambio la explicación de su éxito es también su capacidad de generar emociones intensas. Toda la prensa, incluyendo la política o la deportiva, es hoy “del corazón”. Las noticias se brindan a la manera de un folletín por entregas, que busca provocar en el consumidor de actualidad una cierta sensación de ansiedad ante el desarrollo y el desenlace de lo que se presenta como una trama pasional. 

Se confirma así una tendencia civilizatoria. Desde que el protestantismo impuso el mito del ser interior, los occidentales han primado las emociones como única forma legítima de autenticidad. Ese triunfo del corazón lo han pagado la mente y el cuerpo. Todo interpela nuestros sentimientos, casi nada nuestra inteligencia o nuestra sensitividad.

Volvamos al enigma del principio. ¿Porqué unas muertes parecen valer más que otras ante la opinión pública? A la luz de lo dicho, la respuesta sería que algunas son reconocidas en clave de drama o de tragedia, que pueden aterrorizar o indignar, pero no emocionar. Para que emocione, la noticia de una muerte ha de ser dotada de una estructura de ficción propia del melodrama, ese género basado en las situaciones de carácter exageradamente sentimental. Las masas que salen a la calle han sido educadas en el serial radiofónico, la novela rosa, las películas románticas, las canciones de amor, los culebrones televisivos, y ya sólo pueden reaccionar con entusiasmo ante estímulos del mismo orden. Para que un acontecimiento provoque una gran respuesta es indispensable que asuma el formato del melo, mejor si es con una cierta dosis de intriga policial. Por ejemplo, la muerte inesperada o rodeada de suspense de una persona joven y amada.

Es más, sólo el melodrama puede hacer posible el milagro de que, de pronto, cobren vida y se hagan carne entre nosotros cosas de las que se había oído hablar, pero de cuya existencia se dudaba, puesto que jamás nadie las había visto en ningún sitio : la “sociedad británica“, la “nación belga”, el “pueblo español”. Decididamente lo único que puede despertar de su letargo a las multitudes del siglo XX es una buena historia de amores desgraciados, la pena de unos padres, el dolor de una novia, algo que nos vuelva a reunir a todos, aunque sólo sea para lloriquear.


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