dimarts, 20 d’octubre de 2015

Carne y ceremonias


A principios de los 2000 inicié un breve periodo de colaboración con El Mundo. Publiqué dos o tres artículos. Este fue el último que les envié, escrito en relación no explícita con uno de los regulares escándalos mediático-sexuales protagonizados por miembros del clero. Nunca fue publicado.

CARNE Y CEREMONIAS
Manuel Delgado
                                   
Lo que más sorprende de la mayoría de «temas de actualidad» es su escasa novedad. Uno podría enumerar los asuntos estelares del gran espectáculo mediático del momento sin descubrir nada realmente inédito, como si todo fueran recurrencias o variantes de un puñado de viejos temas de un mismo imaginario histórico y social.

Así, por ejemplo, las revelaciones recientes, a partir de un informe interno de la propia Iglesia, sobre monjas violadas y obligadas a abortar por misioneros parece una reedición en escenarios exóticos del antiquísimo asunto de la luxuria del clero católico, aquella sexualidad disparatada, excesiva y fuera de control que tantas veces sirviera para desautorizar el papel de los curas como mediadores con lo sobrenatural. Por extensión, sería también un nuevo episodio en la denuncia puritana contra la peligrosidad moral de la Iglesia, enemiga de las buenas costumbres y de familia, culpable de promocionar un erotismo enfermizo y desviado, hecho de sodomia, sicaliptismo, proxenetismo, barraganía, perversión de menores, sadomasoquismo, solicitación, adulterio...

En ese paisaje, uno de los motivos más repetidos es el de los centros religiosos femeninos como antros dedicados a una especie de prostitución sagrada, en que un ejército de esclavas sexuales era puesto a disposición exclusiva de los bajos instintos de los curas. Las habladurías sobre lo que ocurría en el interior de los conventos ya aparecen en la obra de Gonzalo de Berceo o el Arci­preste de Hita. A principios del siglo XI, las monjas de doña Froilo son linchadas por la muchedumbre en León, bajo la acusa­ción de «pregnantes y adúlteras». A principios del siglo XVI, fue célebre el escándalo que provocaron las andanzas satánicas de las monjas de San Plácido, en Madrid, encabezadas por doña Teresa Valle de la Cerda, en un marco definido por las experiencias extático-eróticas de la mística. Marcel Bataillon, el gran cronista del eramismo español, recuerda como cuando a María Cazalla le sugirieron que metiera a sus hijas a monjas, contestó: «¡Antes, putas!, pues todo en los conventos es carne y ceremonias».

Fuera de España, entre 1619 y 1623, Floren­cia sabe de los amores lésbicos de la monja Benede­tta y su inseparable Bartolomea. También en el XVII se da el caso de las religiosas posesas de Loudun, que, con el parecido y posterior asunto del convento de Ollioules, inspirarían La bruja, de Jules Michelet, ya en el XIX. Entre 1675 y 1725 pocas obras alcan­zaron tan­tas ediciones populares en Inglate­rra como Venus en el claus­tro o la monja en enaguas, que revelaba las orgías sexua­les ocultas bajo el dis­fraz devoto de los ritos católicos. Todo en un momento en que se dan a conocer las espeluznan­tes averiguaciones acerca del erotismo místico que se practi­caba en el conven­to de las dominicas de Santa Catalina, en Prato.

Por no hablar, ya a finales del XVIII, de la Juliette de Sade, cuya protagonista es libertinamente educada en el convento de Panthemont, diri­gido por la impía abadesa Delbène, para luego ir de desenfreno en desenfreno por diferentes conventos femeninos. Denis Dide­rot había dado a conocer ya su La religiosa, una frontal de­nuncia de las ins­tituciones reli­gios­as femeninas del XVIII francés. Una obra cumbre del romanti­cismo como es Los novios, de Man­zoni, de 1827, recrea la figura de Gertrude, tras la que se esconde uno de los más tí­picos personajes de la his­toria negra del monacali­smo femeni­no: Marianna de Leyva, «la monja de Monza». En 1857 se publi­ca La abadesa de Cristo, de Sten­dhal, versionada en cine en Interior de un convento, de Bo­rowzcyk. Esa tradición explica que se tuviera por ciertas las figuraciones contenidas, por ejemplo, en el por aquel entonces conocidísimo El conve­nto de Gomo­rra, de Jac­ques Souffrace.

El tema de la lujuria del clero se torna omni­presente en el discurso anticlerical español contemporáneo, tanto popular como culto. El XIX aparece inundado por una masa de opúscu­los, folletines y obri­tas de enor­me difusión, pero también de traducciones de clásicos del librepensamiento que alcanzan verdadera condi­ción de best sellers. Además de las grandes obras de Victor Hugo, Sue, George Sand, Volta­ire o Faure, se traduce toda la producción folletinesca francesa, expresa­da en éxitos como Los curas y las monjas a través de los años, de Magen. En cuanto a los productos internos, no hay más que pen­sar en los tirajes que conocen las obras de Ayguals de Izco, Miralta, Tomás Camacho o Castella­nos de Ve­lasco, en las que los conventos de monjas son sórdido escenario de historias escabrosas, centradas en la histeria o la represión sexual de las enclaustradas: lesbianismo, orgías indescriptibles, nacimientos indeseados, abortos o infantici­dios, tormentos sádicos, prostitución...

Durante los grandes estallidos iconoclastas en la España del siglo XX, muchos conventos son asaltados para liberar a las mujeres que se suponen allí secuentradas. La gestualidad anticlerical incluye siempre –en 1909, 1931 o 1936– la exhibición de restos exhumados de religiosas con el fin de que se vean sus manos atadas –prue­ba de que ha­bían sido enterradas o em­pare­dadas en vida–, con signos de tortura, embarazadas o junto a los fetos y hasta niños re­cién na­cidos que habían sido el resultado de la actividad desho­nesta de los curas. Montero Moreno explica, en su historia de la furia anticlerical del verano del 36, que en poblacio­nes del del­ta del Ebro se obligó mediante bandos a la asistencia del pueblo a la exposición pública de momias de monjas, para de­mostrar que se trataba de jóvenes violadas y asesinadas. Paco Candel hace decir a uno de los protagonistas de su Historia de una parroquia, cuya acción transcurre en la Barcelona de la guerra civil: «Y no quería creer lo que decían de que habían encontrado conventos con mo­mias de monjas embarazadas, y también con niños recién naci­dos muertos por los propios curas y las propias monjas, a fin de que no se descubriera que estaban hartos de follar los unos con las otras».

Esta línea no ha dejado de cultivarse. Ahí está Los demonios de Loudun, de Huxley, de la que Ken Rusell dirigiría una versión cinematográfica. O las monjas–brujas posesas de Ludyn de las que habla Jaroslaw Iwaskie­wicz en Madre Juana de los Angeles. O Ag­nes de Dios, la pieza teatral de Pielnneier, ambientada en el Canadá francófono, versionada más tarde en cine por Norman Jewison. En España: Extramuros, de Fer­nández Santos, con la posterior película de Miguel Pi­cazo; o Historia de un oto­ño, de José Jiménez Lozano. Entre tinieblas, de Pedro Almodóvar, no dejaría de ser una lectura irónica de esa truculentización de la vida conventual. A finales de 1990, Televisión Española sustituía al po­pularí­simo Cris­tal con un nuevo culebrón: La dama rosa, en torno a una monja violada y emba­ra­zada. El humor popular nunca ha perdido de vista este tema: «Era una monja tan tonta, tan ton­ta..., que no tenía cura».

Desde la literatura a noticias de última hora, pasando por chistes, leyendas, películas o rumores, un mismo sistema de representación lleva siglos empeñado obsesivamente en contar y escuchar historias sobre las formas anómalas de erotismo que perpetran curas y monjas. Lo que atrae ese sexo al centro de la atención pública es paradójicamente su condición marginal, monstruosa, prohibida, no controlada, sucia, secreta..., situada –al lado de la de los locos, los viejos y los niños– más allá ya no sólo del vínculo matrimonial, sino de lo normal y hasta de lo concebible. Recordar la edad de esa preocupación por la inaceptable sexualidad del clero nos advierte de que, para muchos, la lucha contra la Iglesia ha sido y continua siendo una lucha por liberar a la sociedad de un grave factor de inestabilidad y desorden, una lucha contra una institución pecadora, aliada e instrumento de las mismas potencias diabólicas que decía combatir; una lucha, en definitiva, contra el Mal. 


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