divendres, 5 d’agost de 2011

Acerca de el apocaliptismo en general

Algún comentario a entradas anteriores me hace sospechar que igual hay un cierto malentendido en relación con lo que cabe definir y reconocer como movimientos milenaristas, a los que me parece que se atribuye una naturaleza consustancialmente revolucionaria que no se corresponde con la realidad. En primer lugar, yo he hecho referencia sobre todo a corrientes heréticas modernas pre-racionslitas que no tenían por qué ser forzosamente apocalípticas. Por otro lado, existen corrientes profetistas y de expectancia de un final de los tiempos para la renovación de la humanidad que son francamente reaccionarios o, cuanto menos, ajenos a cualquier cosa parecida a la lucha por un horizonte de superación de las injusticias sociales por la vía de la emancipación de los oprimidos o cosas por el estilo.

         El fenómeno milenarista abarca un amplio y heterogéneo conjunto de movimientos centrados en un vaticinio del fin del mundo y una renovación del género humano. La esperanza milenarista suele implicar la convicción de que es inminente la intervención de un mesías salvador, la presencia del cual comportará la abolición de las vicisitudes del presente y la instauración de un orden social armonioso. Se entiende que la salvación milenarista habrá de ser colectiva, nunca individual. Se producirá de una forma repentina y melodramática. Será total, puesto que transformará la vida terrena, pero no a la manera de una mejora del presente, sino implantando un estado de perfección absoluta. Será, por último, milagrosa, en tanto que tendrá lugar por la intervención o con la ayuda de alguna instancia sobrehumana. Puesto que se enfrentan y resuelven simbólicamente las miserias e imperfecciones del tiempo que se vive, es previsible la irrupción en escena de ideologías religiosas milenaristas en sociedades que atraviesan situaciones de crisis, sometimiento o desestructuración.

Este tipo de movimientos recibe diferentes nombres. El más frecuente  acaso sea el de milenaristas o quiliásmicos, en alusión a los mil años del reinado terrenal del Mesías según la tradición judía, etapa que se extiende entre la resurrección de los justos y la de los malvados, que es el acontecimiento con el concluyen los tiempos y que da inicio al Juicio final. Se habla con frecuencia también de movimientos proféticos, puesto que se dejan guiar por un profeta o postulan el cumplimiento de profecías, en el caso judeo-cristiano relativas al apocalipsis, de lo que se deriva la aplicación para estos movimientos del epíteto de apocalípticos. La literatura hebraica relaciona el término griego apokalypsis (“revelación”) con la liberación de Israel de la opresión pagana y con el cumplimiento de la promesa hecha por Yahvé a Abraham de establecer a su pueblo en la tierra prometida de Canaán. Para los cristianos el texto profético fundamental es el Apocalipsis de San Juan, en el que se describe la batalla final de Armagedón, entre la que las huestes de Dios se enfrentan y vencen a las de la Bestia. La denominación de escatológicos para estos movimientos deriva del griego eschata, “las últimas cosas”, empleado para referirse a la redención del pueblo de Dios y el castigo a los pecadores y a los gentiles. El milenarismo cristiano se basa en la espera de la  parusía, la Segunda Venida o Segundo Adviento de Cristo.

No se olvide que el origen del milenarismo hay que buscarlo en las religiones iranias antiguas, que preveían una gran batalla final entre Ormazd i Ahrimán, las divinizaciones del bien y del mal, que se resolvería con la victoria total del primero, la resurrección de los muertos, el castigo a los malvados, un juicio final en el que los justos quedarían libres de todo daño y la renovación de todos los humanos para la eternidad. Parece incontestable que este tipo de ideas escatológicas fueron incorporadas al judaísmo antiguo de la mano de sectas como la de los esenios, para pasar de ahí al cristianismo y luego al Islam.

En las sociedades ajenas a los grandes monoteísmos, que han interpretado el tiempo en términos mucho más circulares que lineales y teleológicos, los movimientos escatológicos han sido raros, aunque no del todo inéditos. En las sociedades no occidentales, excepción hecha de casos como el de los profetas karay entre los guaraníes a los que alude Pierre Clastres, el milenarismo ha sido casi siempre la consecuencia del contacto con misioneros cristianos o de la existencia de un proceso de islamización, por mucho que haya incorporado materiales vernáculos :  los mitos del paraíso original, de la tierra sin mal, del retorno de los dioses o los héroes fundadores, de la edad de oro; prácticas asociadas con el chamanismo o la posesión, que certifican la posibilidad de contactar directamente y sin sacerdotes con la divinidad ; etc.  Así, por ejemplo, las religiones orientales han sido ajenas al milenarismo, con la excepción de las sectas asociadas al Buda futuro (Metteyya o Maitreya), proveedor de un mundo de bienaventuranza y que inspiró varias revueltas de pobres en Asia Central y Birmania. Ni el taoismo, ni el confucionismo, ni el sintoísmo, ni el hinduismo han propiciado movimientos milenaristas destacables, al menos que yo recuerde ahora.

        Los ejemplos de insurreciones profetistas de inspiración católica o protestante son numerosísimos. Muchos movimientos quiliásmicos que conoció Asia fueron consecuencia más o menos directa del contacto con misioneros: el acaecido en Nagpur, en la India, y el de los t’ai-p’ing, en China, ambos en el siglo XIX. En toda América la mayoría de levantamientos indios han tenido este carácter, incluyendo aquéllos que el cine ha popularizado, como las encabezadas por Jerónimo o por Sitting Bull. Lo mismo cabría decir de las revueltas de esclavos negros, pero también del nacionalismo afroamericano actual, que ha participado de ese tipo de ideología milenarista de retorno a África. La vigencia de este tipo de movimientos lo demuestra la popularidad de la música reggae, asociada al raftafarismo jamaicano, o del rap y la estética hip-hop, vinculada a su vez a la Zulu Nation, el movimiento fundado y liderado por Africa Bambataa. La nómina de movimientos milenaristas de inspiración cristiana en el mundo es enorme, en muchos casos incorporando a corrientes que han jugado un papel fundamental en la emancipación política de los países colonizados, sobre todo a la hora de posibilitar la unificación de sociedades tradicionalmente muy segmentarias: cultos cargo en Melanesia, Mau-Mau en Kenia, Mwana Leza en Rodesia, etiopismo y sionismo en África del Sur... Muchos de los Estados surgidos de la descolonización han derivado de movimientos milenaristas o afines.

            El islamismo ha conocido diversas corrientes milenaristas, todas ellas centradas en la esperanza en la venida del Imán oculto, el Mahdí o “guiado”. Esta idea esta asumida centralmente por el chiismo, pero también se encuentra actuando como motor ideológico de movimientos anticolonistas de ascendencia sunita: profetismo dinka o nuer, Usmán dan Fodio en Nigeria, mahdismo sudanés, revueltas de Abd el Kader en Argelia y de Abd el Krim en el Rif marroquí, el mullah loco en Somalia o Shamil en el Cáucaso. En Estados Unidos, el movimiento encabezado por Malcom X en los años 60 se movería bajo ese mismo clima de milenarismo islámico.

Por su parte, el cristianismo romano consideró mayoritariamente la profecía apocalíptica como un ideal simbólico, una eventualidad muy lejana en el tiempo o un episodio ya cumplido con la venida de Cristo y la fundación de la Iglesia. Fue ello lo que llevó, desde la herejía montanista en el siglo II, a contemplar con desconfianza o con abierta hostilidad todas las desviaciones que proclamaron la necesidad de conquistar el Paraíso en la tierra, por mucho que la condena como heréticas de las creencias apocalípticas por el Santo Oficio tuviera que esperar hasta 1944. Todos los grandes movimientos, que, desde el siglo XI, precedieron o acompañaron la reforma protestante fueron apocalípticos: cruzadas de los pobres; seguidores del Pseudo-Balduino, de Federico Barbarroja, de Savonarola, de Cromwell;  flagelantes; militantes del Libre Espíritu; husitas, taboritas, anabaptistas, protagonistas de las guerras campesinas del siglo XVI... Y otros muchos ejemplos, algunos dados a conocer por el cine y la literatura, como las andanzas de Robin Hood en la Inglaterra del siglo XII, episodio de las convulsiones milenaristas que prepararon las revueltas de los lolardos de Wycliff. El levantamiento que dirigiera Juana de Arco en la Francia del siglo XV es otro buen ejemplo de movilización milenaria. Como lo fueron los dulcinianos, seguidores violentos de las profecías de Joaquín de Fiore, a los que atiende Umberto Eco en El nombre de la rosa.    
     
La Iglesia, no obstante, cobijó también tendencias milenaristas. De hecho los franciscanos no fueron sino joaquinitas moderados, y el utopismo jesuíta en América tuvo un contenido igualmente profetista. La propia teología de la liberación actual no disimula un fuerte escoramiento escatológico. Las sociedades occidentales contemporáneas han conocido también movimientos profetistas: los lazzaretistas italianos de finales del XIX o los propios anarquistas españoles hasta bien entrado el siglo XX mantuvieron un fuerte acento apocalíptico. De hecho, todas las corrientes ideológicas que han propugnado la necesidad de construir una utopía social y que han querido “tomar los cielos al asalto” pueden ser consideradas como subrogados laicos del milenarismo bíblico.

            Puesto que los creyentes en el milenio pueden estar convencidos de que es preciso su concurso a la hora de facilitar el advenimiento del nuevo mundo y acelerar las destrucciones que lo habrán de preceder, es frecuente registrar matanzas, destrucciones y suicidios colectivos. La historia del judaísmo, una religión profética por definición, presenta buenos ejemplos de autoinmolaciones en masa, como las de Creta del siglo V a.C. o Massada, en el siglo I a.C. Un número imposible de calcular de guaraníes se perdieron en la selva siguiendo a sus profetas. En el siglo XIX, millares de bantúes se dejaron morir de hambre obedeciendo a un enviado divino. En pleno siglo XX, los esquimales influenciados por los entusiasmos apocalípticos sacrificaron seres humanos con el fin de acelerar el fin de los tiempos y cientos de indios de la Guayana se mataron unos a otros con la esperanza de la resurrección en una sociedad renovada. A finales del siglo XX se produjeron diversos sucesos trágicos vinculados con ese tipo de impaciencia por el advenimiento de la Profecia, como los atentados de Verdad Suprema en Japón o los suicidios colectivos de davidianos en Waco o de fieles del Templo del Sol en Suiza. Todos esos casos son expresiones de esa misma disposición a acelerar el apocalipsis final prometido por Dios en la Biblia.

            No se olvide que hay milenarismos pasivos, por así decirlo, que esperan pacientemente el advenimiento del fin de los tiempos y la Parusía con certeza, pero con paciencia también. Me vienen a la cabeza los testigos de Jehová, por ejemplo, o la mayoría de cultos ufo, que se fundan en esa misma espera de la venida “de aquello que habrá de venir de lo alto”.

            Si os interesa el tema hay un montón de trabajos que lo desarrollan. Por poner algunos ejemplos, dos clásicos: el libro de Peter Worsley, Al son de la trompeta final, sobre los cultos cargo melanesios (Siglo XXI); la visión en panorámica de François Laplantine, Las tres voces de la imaginación colectiva (Siglo XXI), u otro libro de Norman Cohn, además del ya mencionado en otra entrada, El cosmos, el caos y el mundo venidero (Crítica).

[La ilustración de la entrada es la "Virgen del Apocalipsis" del novohispano Juan Correa, pintado a principios del siglo XVIII. La mujer del Apocalipsis, identificada con María alada, coronada de estrellas y triunfante sobre la luna, protegida por el arcángel Miguel, salvando a su Hijo de la Bestia de 7 cabezas que vomita agua y arrastra con su cola un tercio de las estrellas]


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