dilluns, 27 de juny de 2016

Alí-Bey, entre ellos y nosotros


Este artículo apareció en El País el 12 de junio de 1997, con motivo de la exposición “Ali Bey, un peregrí català per terres de l´Islam, sobre la figura de Domènec Badia en el Museu Etnològic de Barcelona. Los comisarios fueron Alberto López Bargados, Yolanda Aixelà y Emilio Bayón.


ALÍ-BEY, ENTRE ELLOS Y NOSOTROS
Manuel Delgado

La de heterofobía, o pánico a la diversidad, es la noción que mejor engloba todas las variantes de exclusión a que un grupo humano puede ser sometido por otros hegemónicos o mayoritarios, o por el Estado. En su exigencia de una homogeneidad cultural casi absoluta, el heterófobo (racista, xenófobo, homófobo, sexista...) constela coartadas que le permiten legitimar, y mostrar como “natural”, la obligación que se impone a todos los miembros de una misma sociedad de acatar un único estilo de pensar, de hacer y de decir. Entre esos argumentos para la estigmatización de disidentes culturales destaca, hoy, aquél que clasifica a las comunidades presentes en la sociedad en función de la dosis de “rarez” que les afecta. Aplicada a los llamados “inmigrantes”, atributo que reciben los trabajadores pobres etiquetados como “de fuera”, esta lógica los jerarquiza según su aptitud para subsumirse en una supuesta cultura anfitriona, justificándose la instalación fuera o abajo del sistema de aquellos que presenten una mayor resistencia a la asimilación.

Entre las víctimas predilectas de este régimen clasificatorio están, en lugar destacado, los inmigrantes de religión musulmana, precisamente aquellos a quienes el Frente Nacional francés señala como portadores de una diferencia “inaceptable” y hace blanco preferente de sus amenazas. Por desgracia, ese tipo de razones, que alarman contra la presencia de “incompatibles” entre nosotros, no es exclusivo de partidos explícitamente xenófobos. Se puede detectar esa misma islamofobia en las políticas anti-inmigración de un buen número de partidos conservadores europeos. Aquí mismo, Jordi Pujol ha repetido cosas por el estilo en varias ocasiones, la última en la clausula de las Jornadas sobre Administraciones locales y la integración social de los inmigrantes, celebradas en Mataró el pasado mes de marzo. Es urgente que alguien advierta a nuestro President que opiniones de ese tipo pueden suscitar comparaciones con el discurso de otros partidos, en otros países, cuyo auge se coincide en señalar como inquietante.

En este contexto, y en las antípodas de lo señalado hasta ahora, hay que llamar la atención sobre una exposición como la que, precisamente con el copatrocinio de la Generalitat, puede verse todavía hasta finales de este mes en el Museo Etnológico de Barcelona. Se trata de la muestra Alí Bey, un pelegrí català per terres de l'Islam, centrada en la fascinante figura de Domènec Badia, espía, explorador y aventurero cuyo avatar en el norte de África y Oriente Próximo, constituyó, a principios del siglo XIX, una ruptura con esas mismas visiones chatas y peyorativizantes sobre el Islam que vemos reaparecer ahora con fuerza entre nosotros.

Son varias las virtudes que cabe reconocer en una exposición como ésta, debida a antropólogos (Alberto López, Yolanda Aixelà) e historiadores (Emilio Bayón) vinculados al Institut Català d'Antropologia. En primer lugar, a un nivel estrictamente museográfico, hay que destacar lo delicado e inteligente de la organización de los objetos y las representaciones (joyas, fotografías, cuadros románticos, testimonios personales, libros, utensilios domésticos y rituales, vestuarios, etc.), que permite una mirada integradora que pasa, sin discontinuidades y con ayuda de textos, del personaje a los marcos socio-históricos, de los hechos (circuncisión, sacrificio, ramadán, muerte, peregrinaje) a los sitios (casas, mercado, café, baños, mezquita) y a las ciudades (Trípoli, Marrakech, Fez, Alejandría, El Cairo, Constantinopla), y del pasado al presente. Pero también al nivel de esa reflexión a la que se nos invita, y que es la de subrayar la personalidad de alguien que se atrevió entonces, hace dos siglos, a lo que tanto les cuesta hoy a algunos, es decir a mirar de otra manera un dominio crónicamente colonizado por los miedos y los tópicos : el mundo islámico.

¿Quién demonios es ese personaje extraño, que antes que Richard Burton y Lawrence, se disfraza de algo que no es con tal de resultar aceptable? ¿Qué puede buscar ese fraudulento príncipe abasí al que vemos ganar y perder la confianza del sultán de Marruecos, perderse en el desierto, desembarcar en ciudades portentosas de Oriente, ser nombrado mariscal y vivir holgadamente en París y viajar en peregrinación a La Meca? ¿Qué pretende un intrigante así, capaz, no obstante, de propiciarnos un lúcido análisis, por ejemplo, de lo que era y podía llegar a ser -y ha sido de hecho- el wahabismo en Arabia, como motor ideológico que podía impulsar, “desde dentro”, al Islam por la vía de la modernización? ¿Porqué aquel mentiroso disfrazado, al servicio de los intereses político-comerciales de Godoy, José I o Luis XVIII, que no había disimulado su escaso aprecio por el “atrasado” Islam, toma la decisión de llevar hasta las últimas consecuencias su simulacro y, en el lecho de su oscura muerte, cerca de Damasco, ordena repartir sus riquezas entre los pobres de Medina y La Meca, para ser enterrado luego siguiendo el rito musulmán? Incluso desaparecido, Alí Bey continua sin dejarse reducir a la unidad: exponente de la raça para el esencialismo catalanista de la Renaixença y el Noucentisme, encarnación de la secular vocación imperial española para el franquismo.

Lejos de toda fácil claridad, después de que, de la mano de los diseñadores de la exposición del Museo Etnológico, hayamos pensado en serio sobre la figura de Alí Bey el-Abassí, salimos del recorrido sin saber quién era en realidad ese personaje. He ahí el gran mérito de la muestra, el de habernos colocado ante alguien que se llevó consigo el secreto del límite preciso entre su verdad y su impostura, un secreto que quizás nunca llegó a revelarse ni siquiera a sí mismo. He ahí también la elocuencia del ejemplo de apertura y curiosidad por los distintos que le brindó a su tiempo y al nuestro. Contrabandista de productos culturales, aculturado y culturizador, Domènec Badia se convirtió así en el paradigma de lo que todo inmigrante es: alguien que, como él, se ve para siempre atrapado en uno de esos intersticios que a veces pueden quedar entre mundo y mundo.



Canals de vídeo

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