diumenge, 14 de novembre de 2021

Conclusiones sobre la violencia y lo sagrado


Apartado de conclusiones del artículo La violencia y lo sagrado. Profanación y sacrilegio, publicado en la revista
Vinculos de Historia, 8 (2019).

Conclusiones sobre la violencia y lo sagrado
Manuel Delgado y Sarai Martin

No en todas, pero sí en numerosas sociedades, existe una distinción entre dos categorías antagónicas e irreconciliables de cosas: de un lado las mundanas, ordinarias, rutinarias…; del otro, cosas completamente excepcionales, irrenunciables, la alteración de las cuales, su daño u ofensa y no digamos su destrucción, son experimentados por quienes las aprecian como un motivo de desorganización moral. Es lo intocable, aquello que debe ser aislado de todo contacto inconveniente, sustraído al intercambio, cuya manipulación está rodeada de todo tipo de cuidados o precauciones y cuya presencia o cercanía suscitan algo parecido a una reacción reverencial automática, que puede consistir en temor, exaltación, arrobo, postración y otros sentimientos excepcionales, incluso el desprecio y el odio. En cualquier caso, para las ciencias sociales de la religión, la santidad asignada a un determinado objeto resulta de la manera no solo como vehicula algo poderoso y vital, sino de su capacidad para incitar sentimientos y acciones, como si fuera lo que los psicólogos behavoristas llaman un refuerzo conductual, un estimulo que suscita una reacción predeterminada, en el extremo opuesto a la indiferencia.

A partir de ahí, lo que se ha querido poner de manifiesto en las páginas precedentes es que, por un lado, la violencia puede formar parte de un sistema de culto, como uno de sus ingredientes, como si la agresión contra lo sagrado fuera una modalidad venerativa más. Por el otro, se ha sostenido que el sometimiento de una sociedad o sector social requiere la desarticulación del entramado de creencias y rituales asociados a lo que sus miembros tienen por sagrado, puesto que esa desactivación lo es de los modelos desde el que se generan y distribuyen significados y valores. En este último caso, la inutilización de lo santificado como eje de estructuración de la experiencia humana puede conducir bien a su sustitución por otro sistema de sacralización que no cuestione el valor de lo natural como vía de acceso a lo sobrenatural, o bien a la denuncia como insensata, atrasada o irracional de tal pretensión, luego de lo cual el lugar y el tiempo que fueron sagrados son dejados vacantes o sustituidos por imitaciones con un papel meramene representativo. Esta última ha sido la lógica de los procesos de desacralización, que establecieron que lo sagrado debía ser expulsado o marginado del nuevo espacio público, puesto que en modo alguno podía aceptársele como fuente de una autoridad extramundana que no podía ser desacatada. Para ello, habilitó todo tipo de sucedáneos civiles de religión con sus respectivas sacralizaciones, pero que a las que ya no se les arrogaba la misión de vehicular la comunicación de y con lo insondable y, tras ello, con el ascendente de fuerzas morales incontrovertibles del todo externas al individuo.

Y he ahí la paradoja. La oposición imaginada como topográfica entre los lo sagrado y lo profano fue un constructo conceptual tras el cual la primera sociología francesa invitó a reconocer otro contraste: el de lo colectivo imponiéndose sobre lo individual. Los procesos de secularización venían a invertir los términos de ese vínculo: lo sagrado, en el sentido religioso, trasladaba sus oficios y misterios de fuera a dentro, es decir del ámbito de las sensaciones compartidas al de los sentimientos íntimos. Esa privatización de lo santo implicaba, a su vez, que los ritos renunciaban a su virtud como mediadores y ya no asumían otra pretensión que no fuera la de ser meros actos conmemorativos desprovistos de toda eficacia. A medida que iban incorporándose a la modernidad, todas las relaciones sociales, incluyendo las de dominación, pasaron a regularse a partir de códigos y criterios de verdad psíquica, tras los cuales las gravitaciones sociales continuaban ejerciendo su control, ahora desde la conciencia personal de cada cual. Y fue así como la nueva ideología dominante, el laicismo, invitó o forzó a lo sagrado a desaparecer del mundo externo, pero lo hizo para obligarlo a refugiarse en la vivencia personal, en el reino interior del sujeto y su subjetividad, nuevo sagrario de certezas incomunicables que interiorizaban el control social y que cada individuo obedecía convencido de que se obedecía.