divendres, 27 de març de 2020

Centralización no es centralidad

Centro de El Cairo. Foto de Mohamed el Shahed
Comentario para el arquitecto Vladimir Morales, de la UNAM, a propósito de la diferencia entre el uso que en urbanismo se está haciendo del concepto de centralidad y la manera como Henri Lefebvre concibe esa misma noción.

Centralización no es centralidad
Manuel Delgado

He leído lo que me mandas y me cuesta proponerte alguna corrección, porque está planteado desde unos parámetros que no son los míos. Corresponden al lenguaje del planeamiento y, por otro lado, a la filosofía política, que no son los míos y que en muchos casos ni siquiera soy capaz de interpretar, sobre todo en el caso de las categorías relativas a la democracia, la ciudadanía, el civismo, etc. acaso porque no las comparto.

De lo que sí que debo advertirte es de cómo tu énfasis en la perspectiva teórica de Lefebvre está bien por lo que hace a las diferentes formas de entender el espacio, pero que implica una contradicción por lo que hace, como te dije en nuestra conversación en el Victoria, por lo que hace a algunas ideas tuyas. Por ejemplo, empleas sistemáticamente la noción de “espacio público”. Lefebvre la emplea una sola vez en La producción del espacio y lo hace para decirnos que no existe en tanto que espacio supuestamente distinto del privado. La idea actual de espacio público que se emplea en teoría democrática de la ciudad ni siquiera estaba inventada cuando Lefebvre escribe su obra. Es posterior.

Más importante me parece recordarte lo que te dije que la idea de centralidad que empleas. Deberías considerar que esa idea de centralidad que se emplea en urbanismo y diseño urbano no es la misma que emplea Lefebvre. En el caso de las llamadas "nuevas centralidades" de lo que cabría hablar es de “nuevas centralización”, es decir de generación de nuevos espacios desde los que ejercer el poder administrativo y gubernamental, en cualquiera de los sentidos y variables: burocrático, educativo, sanitario… Es centralismo más centralidad. Es el caso que tú estudias y se puede aplicar a lo que es la recuperación para ese fin de áreas subutilizadas, obsoletas o en decadencia, como las concebidas o en marcha para los planes de crecimiento urbano en Santiago de Chile, Quito, México, Bogotá y acaso en todas las ciudades en expansión de América Latina y del mundo. Y lo hemos visto igual en el caso de Barcelona, que ha invertido ese término para referirse a actuaciones como Diagonal Mar, la Gran Via-l’Hospitalet, 22@ o, ahora mismo, la Sagrera.  El objetivo: liberar los centros históricos del papel que tenían como centros funcionales y dejarlos a disposición de las dinámicas de tematización histórica o cultural, a la monumentalización, a su reconversión al servicio del consumo o la gentrificación inmobiliaria.

Desde el diseño urbano y el urbanismo nueva centralidad es lo que tú estás definiendo, es decir lugares dinámicos que contribuyen a la descentralización de los centros tradicionales, y en numerosos casos, contribuyen al marketing e identidad de una ciudad si su singularidad formal o funcional lo merecen. Nada que ver, al contrario, con la centralidad en Lefebvre, tal y como aparece descrita en La revolución urbana, El derecho a la ciudad o La producción del espacio. Habla con Pedro o con Ion -al que no sé si alcanzarás a ver. . Para Lefebvre, en efecto, los espacios dotados de centralidad son aquellos que se constituyen en fuente fundamental de sentido en la configuración de una sociedad urbana, intensificación espacial que deriva de la acción colectiva, en que podemos ver, desplegándose, buen número de las variables de sociabilidad que ese universo complejo, que es una ciudad, puede generar. La centralidad urbana es, de este modo, simultaneidad de percepciones y de acontecimientos, puesto que es la forma concreta que adopta, dice Lefebvre, “el encuentro y la reunión de todos los elementos que constituyen la vida social”. Lugar hipersocializado, marco de una maraña de actividades en las que se hace tangible la condición desdoblada y contradictoria de la vida urbana, aunque también su capacidad integradora.

Se puede generar un centro cargado de centralismo o centralización de funciones -es decir un ejemplo radical de zonificación, sobre todo político-administrativa. Eso es lo que son los centros administativos, los clusters culturales, las ciudades de la justicia, las ciudades universitarias, las ciudades sanitarias. Eso es lo contrario de la centralidad lefebvriana, que está hecha de heterogeneidad. En el plano funcional, se entiende que la centralidad de un área urbana debe propiciar una serie de relaciones eficientes entre los elementos que componen una determinada estructura territorial, para lo cual da forma y condensa una amplia gama diferenciada, pero articulada, de entidades, dispositivos y actividades. Esa extraordinaria heterogeneidad implica una cierta idea de simbiosis, es decir de funciones en espacios reducidos, con escasos efectos perturbadores y un gran número de efectos complementarios. El centrocargado de centralidad  es el escenario de las formas más fragmentarias, impersonales, efímeras y anónimas de vínculo humano; campo de confrontación de diferencias y de apropiaciones compartidas. Ahí se debe dar, para contener y atraer centralidad, una compleja red por la que circulan, de manera constante y generalizada, intercambios e interacciones y debe ser también un polo saturado de valores compartidos o compartibles.

La centralidad encarna, para Lefebvre, el apogeo espacial de la acción social urbana, aquella que cualquier orden político querría sometido a constante escrutinio, pero que en la práctica se convierte en el escenario asiduo de todo tipo de desobediencias, desviaciones o indiferencias respecto de los códigos dominantes. A su vez, si lo contemplamos desde la perspectiva de la segregación espacial, y aunque se antoje un contrasentido, la centralidad puede incluir barrios marginales. Es proscenio natural que cobija todas las variables de sociabilidad que un universo complejo como el urbano puede generar, entre ellas las vinculadas a su dimensión más conflictual, derivada de la existencia de segmentos sociales con intereses e identidades enfrentados y no pocas veces antagónicos.

Tú piensa si las cualidades de lo que tú llamas “nuevas centralidades” cumplen ese requisito de centralidad según Lefebvre, si en ellos encuentras la máxima expresión de lo que Lefebvre llama “lo urbano” -te mando mi prólogo para El derecho a la ciudad de Capitán Swing–, esto es si son atractoras de y para todas las gravitaciones sociales, marcos de una actividad múltiple, parajes permanentemente fiscalizados, pero en el que es imposible evitar que proliferen las indisciplinas más imprevistas; donde puede pasar cualquier cosa en cualquier momento; donde es posible experimentar los encuentros más insólitos a cualquier hora del día o de la noche, puesto que el distanciamiento entre los desconocidos que concurren y coinciden puede conocer desarrollos inopinados  que habrán de tener importancia vital para sus protagonistas.

La centralidad de un espacio supone que en él se haga tangible la condición heterogenética, escindida y contradictoria de la vida urbana, aunque también su capacidad integradora. Es lo que hace de ese espacio realmente el corazón de la ciudad, y lo es en doble valor metafórico que contiene la analogía orgánica: músculo que impulsa y recoge los flujos urbanos y lugar que acoge los sentimientos básicos de los habitantes de la ciudad. Ahí tiene que esta no el centro  de la ciudad, sino de lo urbano como forma de vida.




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