dijous, 30 de juliol de 2020

No existen cuerpos sin identificar

La foto es de Caroline Simpson
Consideraciones a la gente del OACU a propósito del anonimato, relacionadas con el artículo Sociedades anónimas. Las trampas de la negociación, publicado por Santiago López Petit y Marina Garcés en el libro La fuerza del anonimato (Bellaterra).

NO EXISTEN CUERPOS SIN IDENTIFICAR
Manuel Delgado

Todo esto del anonimato y de la no identidad –rollo la Polla Records y “no somos nada / ¿quieres identificarnos? / tienes un problema”– está muy bien, pero también tiene su trampa. No olvidéis que esto del anonimato es una de las premisas del famoso “espacio público” como espacio de desafiliación generalizada, en el que cada cual está personas que no funcionan como miembros de comunidades identificables, sino como ejecutores de una praxis operacional fundada en el saber conducirse de manera adecuada: la buena educación, la conducta correcta, la cortesía, la urbanidad, la civilidad, etc.

Ese supuesto en que se fundamenta la relación social en público es el que hace del anonimato una auténtica institución social, de la que dependen formas de interrelación de base no identitaria. Es porque los interactuantes han aceptado definirse “aparte”, en otro sitio, que se pueden ejecutar de manera correcta unas formalidades que hacen abstracción de cualquier cosa que no sea la competencia para comportarse adecuadamente, es decir para asumir las normas y los procedimientos que hacen a cada cual acreedor de su reconocimiento como concertante por teóricos desconocidos con los que coincide.

Esa es la clave del papel central que se espera que asuma, en ese tipo singular de vida social entre extraños, la capacidad que éstos tienen y el derecho que les asiste de ejercer el anonimato como estrategia de ocultación de todo aquello que no resulte procedente en el plano de la interacción en tiempo presente. Permanecer en el anonimato quiere decir reclamar no ser evaluado por nada que no sea la habilidad para reconocer cuál es el lenguaje de cada situación y adaptarse a él. Es decir, partir únicamente de lo que se hace y de lo que se debe hacer. Ese principio de reserva es el que exige reclamar y obtener el derecho a resistirse a una inteligibilidad absoluta, reducir toda afirmación de sociabilidad a un régimen de comunicación fundamentado en una vinculación indeterminada, cuyos componentes renuncian a su verdad personal, a partir de la difuminación de su identidad. Eso es el anonimato.

Lo que pasa es que ese personaje anónimo abstracto es el mismo que supone que centra en torno suyo el orden político basado en la llamada democracia participativa. Es el rey de la creación del sistema político liberal que se identifica con la figura no menos abstracta del ciudadano.

Pero nosotros sabemos que todo esto de la no-identidad y del anonimato es una ilusión. No existen formas de vínculo social cuyos componentes humanos sean totalmente extraños unos a otros. Quizás existan espacios del anonimato, como escribe Marc Augé, pero no puede haber seres anónimos, es decir individuos que desarrollen en esos espacios vínculos completamente desafiliados. Sólo en mera teoría nos corresponde el  derecho a ser reconocidos como no reconocibles. Puede ser que existan territorios sin identidad, pero no cuerpos sin identificar, incluso cuando tratan de camuflarse tras modales de clase media.




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