dilluns, 23 de setembre de 2019

El habitus como acción gratuita del Espíritu Santo


-->

Apartado final de “Somatizaciones del internamiento en un centro de justicia juvenil. La participación de los dominados en su propia dominación”, en AIBR. Revista de Antropología Iberoamericana, 12(2), Mayo - Agosto 2017, pp. 193 – 214.

SOBRE EL HABITUS COMO ACCIÓN GRATUITA DEL ESPÍRITU SANTO, A PROPÓSITO DE LOS JÓVENES DE UN CENTRO DE JUSTICIA JUVENIL
Marta Venceslao y Manuel Delgado

De ahí la simpatía intelectual de Bourdieu por Goffman, de lo intercambiable de sus premisas sobre cómo una determinada estructura social objetivable –un campo, como diría Bourdieu–, se hace literalmente presente hasta en el mínimo acontecimiento social, puesto que se encarna en cada uno de sus intervinientes, se subjetiviza, se convierte en un conjunto de inclinaciones que hacen previsible la actuación de cada cual asumiendo su papel como agente social, en la línea de lo que la sociología funcionalista clásica había dicho a propósito de la internalización de los valores sociales. Pero en eso consiste precisamente el habitus, ese concepto central para la filosofía de la acción de Bourdieu, que toma en consideración las potencialidades inscritas en el cuerpo de los agentes y en la estructura de las situaciones…, y cuya piedra angular es la relación en doble sentido entre las estructuras objetivas (la de los campos sociales) y las estructuras incorporadas (las de los habitus). 

Son conocidos los precedentes y paralelos del habitus bourdeiano, tanto como sistema de disposiciones, como esquemas de pensamiento y acción, de los cuales el instrumento no puede ser sino el cuerpo. Esa idea relativa a la somatización del contexto social deriva de las habitualidades de Husserl, de las técnicas del cuerpo de Mauss y del modo existencial de lo social del que habla Merleau-Ponty, y se emparenta, por ejemplo, con el “cuerpo dócil” de Foucault o con la autocoacción de Elias. 

En efecto, ha quedado reconocido que son la fenomenología de Husserl y la sociología durkheimniana quienes recuperan el concepto aristotélico-tomista de habitus, y lo legan al sistema teórico propuesto por Bourdieu, pero no solo como hexis, en el sentido simple de disposición para actuar, sino sobre todo en el escolástico de participación de la ley divina en la criatura racional o, si se prefiere, al contrario, de participación de la criatura racional en la ley divina. El habitus es, en efecto, concreción habitual de la gracia, don gratuito del Espíritu Santo que permite al ser humano consentir y cooperar libremente con la benevolencia de Dios, puesto que “colabora con sus principios de la acción, el conocimiento y la voluntad, en cada acto”. El habitus no es un auxilio para el alma, ni una virtud que se manifiesta circunstancialmente en la conducta, sino que constituye una cualidad sobrenatural infusa que perfecciona en su totalidad ese alma. Poseerla es ser poseído por Dios, connaturalizarse con el Espíritu, obtener de él un estímulo constantemente activado que hace hacer, pensar y desear, que hace que Dios “se cuele” en la vida profana del ser y la ponga al servicio de su bondad, permitiendo que sea él mismo el autor de los actos que le salvan, de tal forma que su libertad y su autodeterminación no se suprimen ni disminuyen. Se trata, pues, de la materialización de una eficacia espiritual, que solo se puede ejercer en y mediante el cuerpo del gratificado. La interioridad de la gracia aparece conjugada sobre el resplandor del mundo corporal.

Esto es lo que nos hemos encontrado en el Benjamenta, un centro de internamiento del que los internos pueden entrar y salir libremente, porque arrastran su propia reclusión con ellos. Han entendido y han hecho propia la normalidad que los hace constantes, previsibles, inteligibles, cuya trayectoria –según Bourdieu– o carrera moral –para Goffman– son historias bien construidas y congruentes, protagonizadas por seres totalizados, reducidos a la unidad en tanto “menores infractores en fase de reintegración social”. Es el habitus ­–en el sentido tanto sociológico como teológico– lo que hace de ellos seres no solo habituados, sino sobre habilitados, es decir, entrenados para ser quienes son, y, más aun, habitados, poseídos por dispositivos de acción, percepción y juicio que ellos no han generado, sino que les han sido infundidos por la instancia invariable y poderosa, al tiempo trascendental e inmanente, de la que forman parte y que les constituye. Lo que son y lo que serán siempre, lo quieran o no, dado que ese es su habitus. Lo que les domina –humano o divino–, desde fuera y desde dentro, para que sea quien es: un “menor infractor” en este caso, y por el momento, “en vías de rehabilitación”, ese término que ahora nos desvela su sentido último, que no es otro que el de la regeneración, por lo demás imposible, de su habitus. 

Es por el habitus que estos jóvenes participan –de una forma que pudo antojarse misteriosa– en el orden de mundo que les somete, no solo en el sentido de que lo acatan, sino de que también comparten y ejecutan a cada instante su lógica más profunda. Y es a través de la metáfora que nos prestan que podemos desvelar a qué aspira esa palabra cuyo origen teologal se ignora, y de cuya mera invocación el dialecto político actual espera obtener nuestra conformidad activa: participación, que quiere decir participación de los dominados en su dominación. Es porque participan que los internos del Benjamenta no se escapan de su encierro sin muros; es porque participamos que no lo hacemos nosotros del nuestro.


Canals de vídeo

http://www.youtube.com/channel/UCwKJH7B5MeKWWG_6x_mBn_g?feature=watch