dijous, 4 de juliol de 2019

El "nuevo municipalismo" y los estragos del virtuosismo

La foto corresponde a la victoria electoral de 2015 y es de Ferran Sendra

Fragmento de “El nuevo municipalismo y el asalto ciudadanista al gobierno de lasciudades. El caso del ‘post-modelo Barcelona’”, en Márcio Piñon de Oliveira i Flavia Elaine da Silva Martins, eds. Luta por espaço: estratégias de valorização e (re)apropriação. Consequência, Rio de Janeiro, 2018.

EL "NUEVO MUNICIPALISMO" Y LOS ESTRAGOS DEL VIRTUOSISMO
Manuel Delgado

El 28 de julio de 2016, la nueva alcaldesa inauguraba de manera solemne un monolito que, en la playa de la Barceloneta, rendía homenaje a los miles de inmigrantes que habían muerto al intentar atravesar el Mediterráneo. El acto coincidía con la proclamación de Barcelona como “Ciudad Refugio”. Ada Colau había hecho de su participación en una protesta contra el centro de detención de extranjeros de la Zona Franca una de sus primeras apariciones públicas luego de haber sido elegida. En el descubrimiento del monumento, pronunció unas emocionadas palabras de recuerdo a quienes, procedentes de Asia o de África, no habían conseguido llegar a las playas europeas. El prestigioso músico Jordi Savall cerraba el acto con una interpretación al violoncelo de “El cant dels ocells”. La gravedad del momento quedó, no obstante, alterada por el grupo de manteros que protestaban por el ensañamiento con que eran acosados por la policía municipal y la detención, aquella misma mañana, de siete de sus compañeros. “Hipócrita”, “cobarde”, “vergüenza”, gritaban. Tenían sus razones: los mismos que se lamentaban por quienes mueren en la travesía, persiguen y maltratan a quienes consiguen llegar. En efecto, el asedio contra los inmigrantes dedicados al comercio informal se reeditó de la mano del Gobierno de Ada Colau, que, responsabilizada por su supuesta tolerancia con la venta informal, quiso congeniarse con los comerciantes aceptando someterles a constante acoso por parte de la policía municipal, para luego intentar brindar oportunidades a los vendedores informales para que aceptaran diversas alternativas de "integración" social.

Se repite con ello uno de los principales rasgos del “modelo Barcelona”, el auténtico, el que ensayara Pasqual Maragall y ahora reedita Ala Colau. Con una mano se abandona la ciudad a las lógicas del capitalismo avanzado y se garantiza que los pobres y disidentes serán mantenidos a raya mediante la violencia si es preciso; con la otra, se elevan cánticos de paz y amor a la Humanidad, al tiempo que se despliegan todo tipo de efectos especiales destinados a satisfacer la buena conciencia de los virtuosos.

Todo ello contrasta con el relato heroico de que se ha envuelto el “modelo Barcelona” desde su invención como marca comercial: la de la realización de una utopía urbana en que una imaginaria “sociedad civil” —sin clases, sin luchas, una ecúmene toda ella hecha de consenso y diálogo— se despliega como sociedad  basada en la constante negociación entre presuntos iguales. Fue para legitimar simbólicamente y en clave “social” la forma que adoptó en la capital catalana la confiscación capitalista de las ciudades, que se acuñó una modalidad moral de márquetin urbano: el ciudadanismo, con su visión casi mística del espacio público —y la ciudad, toda ella, como su extensión—, a la manera de un territorio ideal de conciliación de los conflictos presidido por la figura del ciudadano, un personaje hipotético que encarna la posibilidad imposible de una tregua entre segmentos sociales con intereses incompatibles, que aceptan olvidar sus contenciosos.

El ciudadanismo, en efecto, es una actualización del viejo republicanismo, una versión del liberalismo de izquierdas, que ha asumido los programas económicos de la socialdemocracia, que se limitan a procurar restaurar en lo posible lo que fuera el Estado del bienestar, invistiendo de una dosis de sensibilidad social al sistema de libre mercado y aspirando no tanto a superar el orden capitalista, como a participar de él. El ciudadanismo n0 censura el capitalismo sino su versión neoliberal más despiadada y la actividad perversa de una minoría desalmada de poderosos —"la casta"— contra la que la inmensa mayoría debe sublevarse. Esta moderación por lo que hace al orden capitalista, al que solo le reprochan sus excesos y su falta de escrúpulos, lo que se plasma en una retórica que busca, como escribe Pere López, “aplanar contradicciones y erradicar el antagonismo”, lanzando “valores compartidos” sobre los potenciales descontentos. Será el ciudadanismo municipal que gana Barcelona en 2015 que hará que cada iniciativa urbanística vaya acompañada de jaculatorias invocando palabras mágicas que no significaban nada en realidad: “participación”, “transparencia”, “gestión eficaz”, “honradez”, “democracia territorial”, “descentralización”, “derecho a la ciudad”....

Curiosamente —o no—, quienes habían ido levantando en Catalunya  la doctrina de la "cultura ciudadana" acabaron constituyendo el aparato político-ideológico del Gobierno de Ada Colau, que asumiría la tarea de bendecir con "altos principios" un nuevo tipo de capitalismo para las ciudades: el capitalismo del "buen tono", amable, capaz de convencernos que puede moderar su codicia y ser considerado con los débiles, todo para convertirse en lo que José Mansilla llamaba una "nueva versión soft del poder institucional" en el ámbito local. Se completa así el círculo que nos lleva de vuelta al punto de partida, que fue siempre la toma de conciencia de que era preciso incorporar Barcelona a las grandes dinámicas de rentabilización capitalista del espacio, que se inicia en la década de los años sesenta del siglo pasado todavía bajo la dictadura franquista, que determina todas las políticas municipales "democráticas" –todas–y que, ante su decrepitud, se rejuvenece gracias al "nuevo municipalismo", cuya característica es su capacidad de rebozar el saqueo y el entristecimiento de las ciudades de melifluas invocaciones a la mística de los derechos y las oportunidades.




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