dissabte, 18 de novembre de 2017

Espacios otros

 

La foto es de Elena Panzetta y está tomada de http://www.elenapanzettaphotography.com/2012/02/las-transformaciones-de-poble-nou.html

Prólogo para Stavros Stavrides, Hacia la ciudad de umbrales, Akal, Madrid, 2017, pp. 9-13

 

ESPACIOS OTROS

Manuel Delgado

  
Sigue ahora una reflexión, ilustrada con ejemplos, de cómo es cierto que una ciudad es un lugar estable en que vemos desplegarse emplazamientos fijos y flujos regulares, pero que también lo es que la vida urbana desmiente una y otra vez tales sujeciones para descubrir esa misma ciudad no como espacio a secas, sino como sistema de espacialidades, es decir de percepciones, conocimientos y controles relativos a los potenciales cambios de posición de lo que en ese espacio se encuentra, no solo en el sentido de lo que en él se halla, sino también en el de lo que en él se reúne.  Lo que Stavros Stavrides pone de manifiesto en  es que una ciudad no es un organigrama cerrado de funciones, estructuras e instituciones, sino que no cesa de conocer discontinuidades, rupturas, porosidades, lagunas..., en cada una de las cuales se expresa o se insinúa la presencia de lo otro, a veces de todo lo otro, es decir de todo aquello que se opone o desacata la realidad existente. Esos intersticios pueden aparecer en la vida cotidiana o bajo la forma de "grandes momentos"; pueden ser moleculares —experimentados por cada individuo en lo que cree que es su "vida personal"— o masivos, cuando son colectivos y hasta tumultuosos; pueden estar marcados en el calendario —la fiesta— o surgir en forma de estallidos que desgarran la ilusión que los poderes se hacen de que existe algo llamado "normalidad ciudadana": el motín y la revuelta.

Esta obra, por tanto, recupera y muestra la vigencia del cuestionamiento que en su momento hicieron Foucault y Lefebvre acerca de cómo el despotismo de los proyectos políticos y urbanisticos sobre las ciudades para hacer de ellas espacios sumisos y homogéneos se ve desobedecido o ignorado por lo que el primero llamó heterotopías, es decir por súbitas desjerarquizaciones del territorio, entradas en crisis del tiempo, por las que penetran o se despiertan energías oscuras, pero a veces esperanzadoras. Las razones y ejemplos que Stavrides nos propone desvelan lo ilusorio que es el sueño de los tecnócratas de la ciudad de hacer de esta un espacio del todo inteligible, liso, desconflictivizado y amable. El espacio urbano es un espacio agujereado: lo demuestran de las iluminaciones mínimas que provoca el mero merodeo cotidiano a las ocupaciones rebeldes de las plazas griegas o españolas en el 2011.  

Al respecto, entre las cualidades de este trabajo hay una que merece ser subrayada y que es una aportación de veras singular de su autor a la crítica de la usurpación capitalista de las ciudades. Se trata de como, para ello, se reclama la pertinencia de nociones de umbral y margen tal y como la antropología simbólica las ha considerado a partir de la teoría del ritual. En efecto, en el libro Los ritos de paso, publicado en 1909, el folklorista francés Arnold Van Gennep describía en términos topológicos la distribución de las funciones y los papeles sociales: una casa con distintas estancias el tránsito entre las cuales se lleva a cabo atravesando distintas formas de antesala o pasillo. A la circulación protocolizada por los corredores que separan los aposentos de esa "casa social" Van Gennep la llamaba fase liminar o de margen, momento del proceso ritual en que se hace efectivo el tránsito de personas o grupos de un determinado estado a otro,  transiciones entre ubicaciones estables y recurrentes de una cierta morfología social constituida por institucionalización o como mínimo perduración de grupos y relaciones.

Décadas más tarde, un africanista británico, Victor Turner, desarrolló esa noción de fase liminal o marginal aplicándola al sistema ritual de los ndembu de Zambia. Lo hizo para mostrar cómo existe un modelo básico de sociedad, la metáfora topográfica de la cual hemos  visto que sería la mansión con una distribución clara de habitaciones, es decir la sociedad como una  estructura neta de posiciones bien definidas; no obstante, en todas las sociedades el periodo de umbral de los pasajes rituales, aquel en el que el neófito se ve en el trance de no ser ya lo que era, sin ser todavía lo que le espera. Es en ese entreacto que se abre una situación interestructural¸ algo así como un estado de excepción en el que la compartimentación de atributos,  roles o identidades se desvanece o cuanto menos se desdibuja, puesto que en el paréntesis suscitado por el paso entre estados sociales se insinúa todo un mundo de potencialidades, algunas monstruosas, que no hacen sino certificar el acecho de una alteridad que es al mismo tiempo la negación y el requisito del orden social, puesto que es al mismo tiempo el augurio de su demolición cercana, pero también la sustancia básica de la que dependerá su reconstitución futura.

La función de la fase liminal de los ritos de paso es en cualquier sociedad es la de advertir acerca de la revocabilidad de cualquier organización social, es decir el señalamiento de que todo estado de cosas puede ser modificado a partir de lo que sucede en esos vacios llenos de actividad que todo rito iniciático incorpora, para los que Turner sugería la imagen del punto muerto del cambio de marchas de un vehículo, que pone a disposición del conductor la posibilidad de volver a arrancar —empezar de nuevo— en cualquier dirección, a cualquier velocidad. Pero esos intervalos a veces bruscos que experimenta toda permanencia o duración estructural en no importa qué sociedad, también cumplen una tarea de orden intelectual, puesto que corresponden a una lógica empeñada en crear lo discreto a partir de lo continuo, es decir en forzar discontinuidades que hagan pensable el universo  a base de suponerlo constituido por módulos o ámbitos que mantienen entre sí una distancia que debe quedar vacante y, por tanto, disponible. Es como si la inteligencia le aplicara al mundo pensado una configuración que bajo ningún concepto podria ser perfecta, precisamente para recordar en todo momento su naturaleza reversible, o cuanto menos transitable. Lo haría porque lo que importa no es tanto que haya unidades separadas en el universo, sino que haya separaciones, puesto que el espíritu humano sólo puede pensar ese universo distribuyendo en él cortes, segregaciones, fragmentaciones. De ello se deriva que no son instancias separadas lo que se constata, sino la distancia que las separa y las genera. Percepción de cómo lo que la sociedad y la inteligencia humanas exigen  ver asegurado no es tanto que exista una división entre entidades, sino los umbrales que las dividen y, con ello, que las fundan. De ahí esa obsesión humana no por establecer segmentos en sus distintos planos de lo real, sino tierras de nadie, no man´s lands, espacios indeterminados e indeterminantes cuya labor primordial es la de ser franqueables y franqueados, escenarios para encuentros, intercambios, fugas y contrabandismos, pero no menos para los choques y las luchas.

Es como si de algún modo se supiera que es en los territorios sin amo, sin marcas, sin tierra, donde circulan todo tipo de informaciones, donde se interrumpen e incluso se llegan a invertir los procesos de igualación entrópica y desaparición de diferencias y donde se producen verdaderos islotes de libertad y de belleza. Convicción última de que lo más intenso y más creativo de la vida social, y también de la vida afectiva y de la vida intelectual de cada ser humano, se produce siempre en sus límites; expresión de la vida a secas, que encuentra en sus orillas sus máximos niveles de frenesí y complejidad. Todo lo humano y todo lo vivo encuentra en su margen el núcleo del que depende. Ese espacio de frontera es el espacio de todas las audacias, lo que hace comprensible la estrecha vigilancia a que es sometido constantemente. Cobra valor y se demuestra como no arbitraria la pluralidad de sentidos de la palabra margen como, a la vez, borde, espacio en blanco y ocasión para un suceso. Viene a la cabeza la reflexión que Gilles Deleuze, concluyendo su Lógica del sentido, hace sobre el protagonista de La bestia humana, de Zola, Jacques Lantier, que a veces ve abrirse algo parecido a una grieta,  en esas ocasiones en que experimentaba “repentinas pérdidas de equilibrio, como fracturas, agujeros por los cuales su yo se le escapaba en medio de una especie de gran humareda que lo deformaba todo.”

He ahí como Stavros Stavrides viene a hacernos el elogio de las virtudes explicativas de la antropología y su método comparativo. Unas herramientas conceptuales habilitadas para hacer comprensible la lógica de los tránsitos rituales en sociedades consideradas obsoletas o remotas, pueden resultar clarificadoras para entender las dinámicas de contestación y cambio que conocen contextos contemporáneos urbanizados. ¿En qué sentido lo hacen? Pues estableciendo una distinción clara entre sociedad y estructura social. Es decir no todo está estructurado en una sociedad, la nuestra o cualquier otra. Existen ciertos momentos y espacios —espacializaciones, nos dira Stavrides— que aparecen  como ni estructurados, ni desestructurados, sino estructurándose, es decir ámbitos excepcionales en los que emergen acontecimientos que son anuncios de formas otras de vivir y convivir —alteridades, nos dirá el autor—, cuyos protagonistas son seres o grupos marginales o que han devenido tales, pero que, porque son marginales, porque son fronteras vivientes, porque agitan páginas en blanco, están instalados —aunque suene chocante— no en un rincón o periferia, sino en el epicentro mismo de lo social. Son su corazón.


En todas las sociedades vemos entrar de vez en cuando en acción a esas gentes del umbral a las que se refiere Victor Turner, gentes que no son ni lo uno ni lo otro, sino todo lo demás; que ya han salido, pero todavía no han llegado; individuos o colectivos que descubren fronteras y las cruzan luego; bestias que, solas o en manada, abren en canal las servidumbres de la vida cotidiana y nos la muestran como preñada de oportunidades de que pasen cosas que a veces pasan. Esas gentes del umbral se mueven entre dos luces: son seres al mismo tiempo del alba y del crepúsculo, puesto que, también en las ciudades, anuncian el fin de una jornada y, a la vez, la inminencia de otra nueva.


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