dilluns, 10 d’abril de 2017

Pierre Mac Orlan y Lévi-Strauss

Pierre Mac Orlan, pintado por Jules Pascin el 1924
Comentario para Josefina Muslera, pintora argentina

PIERRE MAC ORLAN Y LÉVI-STRAUSS
Manuel Delgado



En efecto, la disolución de la distancia entre sujeto y objeto es uno de los temas centrales en la antropología estructural y, antes, en toda la tradición etnográfica francesa, cuenta como una más de las herencias recibidas de la estética tanto del simbolismo del XIX como del movimiento surrealista. Adoro, como muestra, El África fantasmática, de Michel Leiris (Pre Textos). Léalo. Le encantará.

Me gusta la referencia que hace al Tristes trópicos, de Lévi-Strauss, que es un libro bellísimo al que vuelvo una y otra vez. En catalán tenemos una versión preciosa, no en vano debida a uno de nuestros grandes poetas, Miquel Martí i Pol. 

Hay una historia bonita en y de ese libro que no todo el mundo conoce. Aparece aludida en una entrevista de Lévi-Strauss, concedida a Didier Eribon. Me parece que no está traducida al español, pero sí al catalán: De prop i de lluny (Orión). Es ahí donde Lévi-Strauss, al evocar el gran eco que obtuvo la publicación de su libro en 1955, reconocía que entre el alud de elogios recibidos uno le conmovió especialmente: el de Pierre Mac Orlan, un autor de canciones populares y escritor de novelitas de aventuras ­–algunas llevadas al cine, como “La bandera” o “Le quai des brumes”- del que confesaba que había marcado su juventud y que estaba seguro de que si le había gustado su libro era porque, sin esperárselo, había encontrado en sus páginas “cosas que venían de él”.

Ahí está la parte más conmovedora de su evocación, cuando Lévi-Strauss admitía que su gran pesar había sido siempre no haber sido capaz de escribir una obra literaria y, sobre todo, una obra literaria "mala". Es en ese momento que nos hace partícipes de una confesión: la explicación del misterio de los renglones impresos en itálica en el capítulo VII de la obra, en los que describe una puesta de sol desde la cubierta de un barco. Búsquelo. Le llamará la atención el extraño paréntesis que suponen esas páginas en cursiva. El trato tipográfico diferenciado, explica el autor, era una forma de marcar la presencia en el libro de lo que había sobrevivido de una frustrada novela de aventuras exóticas, que abandonó porque “era demasiado mala” y de la que sólo sobrevivieron el título de la obra­ –Tristes trópicos­– y aquellas pocas páginas.

Observe lo que Lévi-Strauss le está diciendo. Le está diciendo que intentó escribir una novela y tuvo que comprobar como lo que había acabado produciendo era “drama filosófico”, como reconoce con pesar a Didier Eribon. Su objetivo no había sido ese, sino un libro de aventuras, dice, “a lo Conrad”, cuyo argumento de base era una noticia que había leído en la prensa en la que se informaba de unos estafadores que habían intentado timar a los indígenas de una remota isla del Pacífico, con “un fonógrafo que les hacía creer que sus dioses volvían a bajar a la tierra”. Los protagonistas deberían haber sido refugiados políticos y otros de orígenes diversos, que vivirían todo tipo de dramas entre ellos; unos protagonistas que, por cierto, recuerdan inevitablemente a los de películas tan presentes en aquel momento como “Casablanca” o “Tener o no tener”, las dos con Humphrey Bogart, de igual manera que el argumento de la historia no era muy distinto del de las novelitas baratas por entregas que, como las de Pierre Mac Orlan, podían adquirirse en cualquier puesto callejero de cualquier ciudad. Lévi-Strauss no tiene inconveniente en reconocerlo: “¡Una buena obra de bulevard es el súmun del género!”.

Qué curioso, ¿no? Claude Lévi-Strauss, una de las eminencias del siglo XX, entristecido por su incompetencia a la hora de escribir una "novelita". Ese detalle nos brinda la oportunidad de subrayar algo importante, que dice mucho de la grandeza de un sabio capaz no sólo de admitir sus limitaciones, sino de situarlas tan “abajo” en la escala de los gustos culturales. Él, que podía entregarse a disquisiciones sobre la teoría de la equivalencia cromática de las notas musicales según Louis-Bertrand Castel, que le reprochaba a Michel Leiris su atrevimiento de colocar a Leoncavallo a la misma altura que Puccini y que se sentía concernido por las discusiones estéticas en la Académie a mediados del siglo XVII, venía a reconocer que un talento y una lucidez como la suya, reconocida universalmente como determinante para el pensamiento contemporáneo, no había alcanzado el nivel suficiente como para generar un sencillo y apasionado drama de amor e intrepidez, en un escenario remoto.


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