dijous, 27 d’octubre de 2016

Alberto Cardín y Unamuno


Fragmento del prólogo a Contra el catolicismo (Muchnik, 1997).

ALBERTO CARDIN Y UNAMUNO
Manuel Delgado

El cuadro histórico en que Cardín trabaja –los de la transición política española– se parecía al que España había conocido en otras épocas igualmente críticas y de tránsito, lo que, por extensión, convertía al grupo Diwan en una pretendida reedición sincrética de lo que había sido el krausismo, la generación del 98, el regeneracionismo, el grupo Germinal, o quienes, más adelante, denunciaron el fariseísmo intelectual reinante durante la Restauración de 1914 desde un reformismo liberal-republicano y laicizante. Es en estas sucesivas oleadas de pensamiento crítico, obsesionado por lo que será “el problema de España”, de dónde bebe el grupo Cardín-Jiménez Losantos: de los Costa, Valle, Zamacois, Maeztu, Salmerón, Dicenta, Ortega, Azaña, Bergamín, o incluso de los sectores más heterodoxos del propio franquismo, como Giménez-Caballero o Sainz Rodríguez.

Es de esa efervescencia cultural española de finales del XIX y de las tres primeras décadas del siglo del que hay que extraer los modelos narrativos y éticos que Cardín adoptara en su trabajo, incluyendo el etnológico. La pauta la extrae, más en concreto, de una figura relativamente anómala en ese marco histórico referencial, a la que imita y de la que se convierte en una suerte de avatar psicoanalítico primero, antropológico más tarde: la de Miguel de Unamuno. Es de Unamuno de quién Cardín quiere heredar la voluntad de confundir las cosas, de delatar como abyecta toda certeza, el deseo de ser “un espíritu en movimiento”, que rehuye buscar la “paz interior en armonías, concordancias y compromisos que llevan a la estabilidad inerte.” (Meditaciones y ensayos espirituales). Cardín quiso instalarse en la tradición de lo que él mismo llamaba en Como si nada (Pre-Textos), “los grandes paradójicos”: Quevedo, Forner, Torres Villarroel, Larra, Valle..., y Unamuno, solitario agitador de espíritus, en estado de permanente irritabilidad ante el triste espectáculo del presente cultural de su país. Cardín, como Unamuno, fue un resistente ante las acometidas de la fatalidad, dedicado en cuerpo y alma a la desconfianza frente a todo, incluso frente a sí mismo, afectado como estaba por un invencible sentimiento de impostura, por la sensación, que tantas veces me confesaba, de haber mentido siempre.

Arrastrado asimismo por un afán irresistible de pensar a la contra, hasta alcanzar una especie de “energumenismo” intelectual, parecido al que Ortega le reprochaba al autor de El sentido trágico de la vida. Como Unamuno, Cardín se negó en redondo a adoptar “discípulos” y, como Unamuno, también Cardín luchó por “bordear sin caer en ella la vorágine sin fondo del lenguaje” (“Unamuno y bárbara”, La provincia, 2.6.1985). Es mirándose en Unamuno que Cardín se siente invadido por “mi obsesividad y mi sentido paranoico de la lucha cultural.” (“Intermezzo”, Diwan, 19, diciembre 1980). En cuanto a su género predilecto, la incisión breve y por sorpresa en forma de artículo, recuerda a los “arabescos paradójicos” unamunianos, o, todavía mejor, a los “breves ensayos erráticos”, aquéllos que, como explicaba el propio Unamuno en uno de ellos, “Pintamonas y pantalones”, “empieza uno a lo que salga en muy premeditada improvisación, -y que suelen ser los que más firme intimidad guardan bajo su aparente incoherencia-”.
           
Cardín coloca la antropología al servicio de esa impugnación a la realidad de matriz unamuniana. Haciéndolo se gira hacía lo que él mismo había sugerido que era la verdadera protoetnología española, que no tenía tanto que ver, como se nos repite, con los Aranzadi, Hoyos,  Machado, Carreras i Artau, etc., como con la historiografía y la ensayística crítica de Ganivet, Sánchez-Albornoz, Madariaga, Américo Castro, Sanz del Río, etc., que, según Cardín, ya habían intuido, sin saberlo, como la historia de España podía ser un laboratorio excepcional en que experimentar la eficacia explicativa del concepto boasiano de cultura, capaz de dar cuenta tanto de las contingencias anecdóticas como de las redundancias estructurales. Es poniéndose a la sombra de esas virtudes analítico-sintéticas del pensamiento español anterior a la guerra civil que Cardín amasa con antropología una literatura toda ella hecha de quejas, diatribas, apostillas y sofismas.

El sentido instrumental que para él tuvo la etnología tiene que ver con que supo descubrir en ella la herramienta mejor dispuesta para la labor de abrir grietas y vías de agua a que había decidido entregarse, en nombre de esa herencia paradójica de la que quiso ser receptor y que tomaba a Unamuno como ejemplo ético y estilístico. ¿Qué no era la antropología, escribía en la coda con que cierra Tientos etnológicos (Júcar), “una disciplina cínica (tanto desde el punto de la dialéctica que maneja, como desde la actitud moral -a la vez abstencionista y crítica- que propugna)”? Para Cardín, para el que la antropología fue una perversión como otra cualquiera, de lo que se trataba era de bien argumentar las razones de un espíritu crónica e irredentamente ofendido, sin motivo y no por nada en concreto, pero sí  por todo en general. Y fue contra ese todo en general contra lo que la etnología, en sus manos, devino una máquina de matar tópicos y estupideces, aplicada a un estilo literario que bien podríamos tipificar como apostrófico e imprecativo.


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