dissabte, 30 de juliol de 2016

De los monstruos

Imagen del espectáculo cle Polzet, de Pa Sucat. Titelles de Eudald Ferré,
representaado en el marco de la exposición.
De "La ciudad de los espejos cóncavos", para el catálogo de la exposición Figures del desdoblament, Arts Sant Mònica, Barcelona, 2015.

DE LOS MONSTRUOS
Manuel Delgado

La noción de monstruo es a la vez descriptiva y normativa. Señala en todos los casos una desviación radical de la normalidad, una normalidad que constituye,  como escribiera Gabriel Tarde, "el cero de la monstruosidad". En relación con lo normal, los monstruos —estos de ahora y todos en general— suponen no solo una excepción, sino también una transgresión. Dada la supuesta condición espacial, temporal y espiritualmente organizada del cosmos, el monstruo supone un enigma, un factor de desconcierto, pero ante todo un desacato. Ahora bien, la indisciplina de los monstruos tiene una misión que cumplir. Los monstruos existen para algo. Todas las sociedades atraen o suscitan desfiguraciones pavorosas o cómicas, entidades física o/y moralmente dislocadas, rictus vivientes, esperpentos burlones u horripilantes... La monstruosidad puede provocar terror, puesto que da forma a cualquiera de las figuras del mal —la perversión, el caos, el infierno, el instinto...—, pero también irrisión cuando su deformidad resulta ridícula. La función de todos esos entes imposibles, pero vividos y pensados como reales, es la de propiciar oportunidades mediante las cuales los seres humanos reciben información paradójica acerca de su propia sociedad, como si a los elementos que la componen y su propia estructura les fuera dado mirarse en aquellos espejos cóncavos del Callejón del Gato que devolvían, en el Luces de Bohemia de Valle-Inclán, una imagen distorsionada de quien se reflejase en ellos.

Esa es, por ejemplo, la función que tiene la exhibición de máscaras monstruosas en los ritos de paso de muchas culturas, que es la de mostrarle al neófito una imagen descompuesta y luego recompuesta de manera alterada de determinados aspectos de su medio social, obligándole a pensar sobre los poderes que lo gestan y lo mantienen. He ahí que los monstruos sean, parafraseando a Lévi-Strauss, "buenos para pensar", esto es útiles en orden a hacer inteligible el mundo en que se vive, aunque sea a costa de deformarlo para que quien se mire en sus ojos pueda reconocerlo como ajeno y, por ello, aceptable. Esa eficacia simbólica la obtienen los monstruos de su condición de anomalías o excepciones clasificatorias. Así, en un orden del mundo en que cada cosa y cada ser tienen su lugar, el monstruo —que es medio ser, medio cosa— existe, por definición, como "fuera de lugar".

Los monstruos son seres únicos, irrepetibles, excepcionales, por eso son también, en un sentido literal, "fueras de serie". La imposibilidad de someterlos a cualquier taxonomía es lo que justifica que atribuyamos su génesis a caprichos o errores de la naturaleza, a experimentos científicos enloquecidos, a incursiones procedentes del más allá u otros mundos o a cópulas abominables. Su aspecto híbrido responde a la reunión de elementos disonantes, contradictorios o incompatibles, que ellos sintetizan en su ambigüedad. Pueden ser al mismo tiempo, por ejemplo, reales y fantásticos, animales y humanos, muertos y vivos, siniestros y absurdos, horribles y grotescos, temibles y patéticos. En cualquier caso manifiestan una alteridad cercana, a veces amenazante, cuyos materiales pueden ser de algún modo reconocibles ya en la vida cotidiana, ni que sea como intuición, como si la  exacerbación que encarnan fuera el lado contrahecho de la sociedad que los imagina y con la que los monstruos conviven.

Son abrumadoras las evidencias que hacen incontestable la universalidad del  monstruo. La mitología clásica, las culturas más exóticas, nuestra tradición popular..., rebosan de anomalías extremas que no siempre aceptan su reclusión en el mundo de la fantasía y pasan buena parte de su tiempo alterando una vida ordinaria que ellos desmienten. Pero los monstruos no solo pertenecen a universos simbólicos superados o remotos. El mundo moderno no ha conseguido exorcizar ese tipo de presencias; bien al contrario, también las ciudades más racionalmente organizadas cobijan delirios ambulantes que provocan el miedo o la risa de sus habitantes. Ya sean gestados por la propia urbe o intrusos llegados del exterior, esos engendros merodean por las calles, se esconden en el subsuelo o en guaridas, permanecen siempre al acecho, interrumpiendo el sueño de nuestra normalidad. Los cuentos infantiles y las leyendas urbanas hablan de ellos. Nuestras fiestas populares se encargan de pasear las desmesuras figuradas del viejo bestiario popular: demonios, dragones, cabezudos, gigantes... La literatura ha sido una fuente inagotable de ese tipo de personajes: el Gólem, Drácula, el Jorobado de Notre Dâme..., hasta aquel hombre de la multitud en el que Edgar Allan Poe descubriera la esencia de todo mal. Imposible enumerar todas las perturbaciones mutantes o caricaturescas que han procurado el cine o el cómic. Incluso la monstruosidad de seres y acciones ha podido encontrar entre nosotros su reserva natural, espacios en que monstruos amables e inofensivos ven concedida la posibilidad de existir sin ser molestados: los parques de atracciones y los circos, desde siempre lugares de ejercicio del oficio de monstruo.  


Todas las criaturas monstruosas que moran la ciudad — no son un producto de la fantasía, sino más bien de esa realidad que no malforman, sino que informan, en tanto nos ponen al corriente o nos inducen a sospechar que somos nosotros y nuestro mundo "normal" quienes constituimos un divertimento, un accidente o una broma de la naturaleza. Su tarea es darle la oportunidad a esa percepción lúcida de lo real como malentendido para que se concrete en algo, para que se haga carne —o sombra, trapo o madera— entre nosotros, aunque sea para aliviar la ansiedad que nos provoca saber que nuestra imaginación en materia de monstruos es limitada, puesto que algunos de ellos ya están aquí, pero ni siquiera nuestra fantasía les alcanza. 

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