dimarts, 8 de setembre de 2015

Identidades en acción

Mujer totonaca preparando centzonle
Prólogo a Arianna Re, Identidades en proceso de construcción. Reflexiones sobre la auto-identificación totonaca en los estudiantes de la Universidad Intercultural El Espinal, Veracruz, México, UNAM, México DF, 2015

IDENTIDADES EN ACCIÓN
Manuel Delgado

Tenemos entonces que la identidad justifica dinámicas contradictorias y conflictivas y, por ello mismo, creativas. Es muy posible que haya demasiados factores sociales, económicos, históricos e incluso psicológico‑afectivos complicados en la génesis de la intolerancia para pensar que la convivencia en las sociedades actuales, cualquier que sean sus dimensiones, se liberará por completo algún día de los enfrentamientos entre identidades. La capacidad de autorrenovación que presentan los discursos y las actitudes agresivas contra los que sólo pueden ser acusados de ser lo que son se ha puesto de manifiesto en el fracaso de las campañas oficiales antirracistas y en pro del derecho a la diferencia. Estas iniciativas se han centrado en vagas proclamaciones éticas y sentimentales y en simplificaciones que han reducido las cuestiones abordadas a su caricatura y que, como máximo, han servido para tranquilizar la conciencia de los sectores bienpensantes de cada sociedad. 

Frente a los planteamientos que diseñan sociedades armonizadas de una forma inverosímil, debemos esperar una renovación perpetua de las relaciones crónicamente problemáticas de los grupos humanos coexistentes. Algunas luchas generadas o justificadas por la diferencia cultural se apagarán, pero aparecerán otras nuevas. En cuanto al prejuicio, la marginación, la discriminación, la segregación, el racismo, el sexismo, la xenofobia y  otras modalidades de estigmatiza­ción, son mecanismos que han demostrado su eficacia para excluir y culpabilizar a ciertas identidades —viejas y nuevas— a lo largo de los siglos, y sería ingenuo pensar que quienes detenten la hegemonía política o social en cada momento dejarán de ejercerlos alguna vez. Más aún, seguro que encontrarán formas cada vez más ingeniosas para expresarlos y aplicarlos.

La investigación de Arianna Re permite reconocer, a través de un caso concreto —y en ello reside su valor especial— cómo las sociedades son plurales por definición; que no hay "culturas híbridas", puesto que todas lo son. Cada porción de humanidad en que nos fijemos —por pequeña que sea­— está conformada, hoy, por humanidades diferenciadas que el desarrollo económico y demográfico ha llevado a vivir en marcos geográficos cada vez más restringidos. No hay duda de que los problemas del futuro, aún más que los del presente, tendrán mucha relación con esta situación donde la tendencia a la homogeneización cultural se compensará con una intensificación creciente de los procesos de diferenciación cultural. Para encarar estos problemas y mantener a raya las tendencias al abuso, la intolerancia y la exclusión, habrá que hacer realidad dos principios fundamentales, aparentemente antagónicos, pero que de hecho se necesitan uno al otro. Por un lado, el derecho a la diferencia, es decir, el derecho de los grupos humanos a mantenerse unidos a los demás por aquello mismo que los separa; por el otro, el derecho a la igualdad, es decir, el derecho de aquellos que se han visto aceptados tal y como son a ser indiferenciables en la lucha por la justicia.

Esta breve exposición preparatoria para la lectura del trabajo de Arianna Re ha procurado poner de relieve cómo la identidad no sólo se negocia y resulta de negociaciones; no sólo es el resultado de un sistema de afinidades y oposiciones cuyos contenidos son arbitrarios. Advierte cómo la identidad étnica o nacional no es la causa, sino el resultado de complejas dinámicas históricas, sociales, políticas, económicas, etc., y que no puede ser entendida al margen de la manera como grupos humanos con intereses y objetivos específicos la emplean como fuente de legitimidad tanto para ejercer la dominación como para liberarse de ella.

Por supuesto que cada uno de los segmentos identitarios reconocible en una sociedad está en condiciones de reclamar una singularidad cultural determinada, una cultura. Ahora bien, esa cultura no sería tanto una sustancia esencial, sino la expresión cambiante de una estructura societaria dada y sus necesidades y conflictos, visibilización de un referente permanentemente móvil y, por tanto, procurador de todo tipo de sombras y ambivalencias. De este modo, más allá de su formalización doctrinal o sus emanaciones sentimentales, las identidades solo pueden ser estudiadas a partir de cómo las sociedades, los sectores sociales o incluso los individuos que las reclaman las usan y para qué, es decir en acción.  Las páginas que siguen son un buen ejemplo de ello.

           



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