dilluns, 17 d’agost de 2015

El antropólogo ventrilocuo

La foto es de Tom Waterhouse
Artículo publicado en Lateral, abril 1996

EL ANTROPOLOGO VENTRILOCUO
Manuel Delgado

La antropología no ha sido ajena a ese estado de ánimo que, bajo el epígrafe algo vago de posmodernidad, ha sido el resultado de un debilitamiento de los grandes sentidos y de la desactivación de los entusiasmos y claridades que caracteriza­ron décadas anteriores. La contribución particular del estudio comparado de las culturas a ese contexto ha sido una corriente, la llamada antropología posmoderna, que, desde principios de los 80, ha venido formulando una crítica a toda inferencia generalizadora y exaltando los determinantes subjetivos del trabajo de campo. Sus aportaciones teóricas se han limitado deliberadamente a la emisión de conclusiones probables y provisionales acerca de materiales a su vez fragmentarios y provisionales, renunciando, en consecuencia, a la meta de hacer de la antropología algo parecido a una ciencia, ni tan solo en el sentido más laxo de la palabra. 

Del movimiento antropológico posmoderno cuenta el lector en lengua española con algunos textos reveladores. Entre ellos cabe destacar las compilaciones de James Clifford y Georges Marcus, Retóricas de la antropología (Júcar, 1990), y de Carlos Reynoso, El surgimiento de la antropología posmoderna (Gedisa, 1992), así como el que sería uno de sus textos fundadores: El antropólogo como autor, de Clifford Geertz (Paidós). También una muestra de su manera de entender el trabajo sobre el terreno sería la monografía de Paul Rabinow, Reflejos de un trabajo de campo en Marruecos (Júcar, 1991). A ese repertorio bibliográfico cabría añadir dos novedades de este pasado año, debidas a dos de los más elocuentes exponentes del movimiento posmoderno: Michel Taussig, Un gigante en convulsiones, y James Clifford, Dilemas de la cultura, ambos en Gedisa. Recuérdese que, sin que se pueda hablar propiamente de una integración plena, pueden ser puestos en relación con la escuela antropológos de nuestra propia cosecha, como, entre otros, Joan Bestard, María Cátedra o el añorado Alberto Cardín, de quien merece la pena deternerse en su Lo próximo y lo ajeno (Icaria, 1991).

Los precedentes de la corriente antropológica posmoderna deberían buscarse en la antropología cognitiva estadounidense y en las tendencias más radicalmente relativistas de la antropología británica, tan cercanas al pensamiento de Wittgenstein, pero, más directamente, en aquel revulsivo que para la intelectualidad americana supusieron las visitas personales de Lacan y Derrida a los Estados Unidos. Fue a partir de ese momento que se empezó a reclamar para el discurso etnológico lo mismo que la crítica literaria de aquel país (Bloon, Paul de Man...) estaba apremiando para la textualidad en general: una nueva tensión no exenta de ironía, la suspicacia ante la palabra, la escritura como una forma de consciencia, la exaltación de la alegoría ‑tan poco ajena a Benjamin y sus lecturas del barroco‑, la denuncia del positivismo y del formalismo precedentes, incluyendo el estructuralismo, etc. Se asumía, por otra parte, la consciencia hermeneútica de que era imposible hacer otra cosa en antropología que elaborar "discuros sobre discursos provisional­mente inconmesurables" (Rorty).

El cuadro especulativo que conformaba el movimiento venía a resultar de autoaplicarse la antropología aquel mismo conocimiento disolvente con el que había, ella misma, delatado las estratagemas semánticas que sostenían lo aparente de las culturas, cada vez más contempladas en términos textuales por una disciplina crecientemente semiologizada. Puestos a ejercer su probervial negatividad crítica, no dejaba de ser previsible que la inteligencia etnológica estallara con sólo mirarse al espejo, para ceder su lugar a una etnografía polícroma, una especie de fantasía objetiva que, a pesar de su encastamiento en los troncos de la etnociencia y la antropología simbólico-interpretativa, había renegado ya de interpretar, y ni comparaba, ni verificaba, ni buscaba significados u órdenes lógicos, y se conformaba con no decir mentiras, por mucho que se supiera y se quisiese incapaz de decir la verdad.

Una antropología la resultante que, de hecho, ya no era ninguna antropología, sino una postantropología, que explicitaba una especie de vocación suicida, no exenta de un cierto narcicismo. Ciertamente, lo que pasaba a ocupar el primer plano de la escena es la autoridadad autorial del trabajo de campo, es decir del etnógrafo como traductor de mundos intraducibles, representador de representaciones, persona que escribe textos sobre vidas que, a su vez, son textos, y que no puede brindar otra cosa que su propia perplejidad, el anonadamiento de quien sufre la experiencia del contacto con el otro, ya no, en el viejo estilo, como una iniciación profesional con una importante vertiente humana, sino mucho más, como una suerte de trauma vital irreversible, un cataclismo que hace de quien lo experimenta otro hombre.

Buscador fracasado de sentidos, es decir de puestas en escenas del significado, ya sea bajo la forma de estructuras, de funciones, de discursos, de causas o de procesos, la tarea del etnógrafo se correspondía, a partir de la nueva sensibilidad que se había hecho un lugar en su parcela académica, con una alétheia, por decirlo como Heidegger nos hubiera propuesto, un trabajo guiado por una voluntad de desocultación, el reconocimiento de la manifestación de alguna cosa en un momento privilegiado en que el pensamiento y la corporeidad son idénticos y se confunden. Pero, atendida de cerca, esta coincidencia se mostraba, de pronto, como el resultado de aplicar un molde predefinido y contingente, que hacía de lo pensado una sombra de aquél que lo piensa. Y esto en el mejor de los casos. En el peor, la ilusión de contacto se reducía a un puro solipsismo, y entonces ya no había, como se hubieses pretendido, diálogo, ni siquiera indígenas que interpelan, sino, como mucho, antropólogos ventrílocuos. 

En estas circunstacias en que todos los discursos de verdad tienden a antojarse un fraude, en que toda certeza queda reducida a un simple despliegue retórico, resulta inexorable una deslegitimación sistemática de todo metanivel que pretenda trascender la provisionalidad de la existencia humana. Este es el principio abisal del pensamiento y el ánimo posmoderno, la identificación de toda verdad en tanto que falsedad convenida y autovalidada. Eso se traduce, también en antropología, en una condena a muerte de todo principio de cientificidad, nuevo asesinado nietzscheniano de una de las nuevas figuras de Dios. El etnógrafo postmoderno descubre que de la verdad de los exóticos no puede ofrecer otra cosa que un simple relato, brindado sin ninguna garantía, simulación en que el ser de los otros queda atrapado, como en una ratonera. 

Es por todo ello que la antropología posmoderna, por su insistencia en subrallar los sarcasmos de la profesión y por su voluntad de mostrarse en toda su capacidad de cinismo, puede ser entendida entonces como una antropología esencialmente nihilista. En el extremo más radical de esta sensación, y allí donde los estructuralistas creyeron encontra una "cuarta dimensión" del espíritu humano, la etnoposmodernidad ha encontrado tan solo una contradictoria red de falsas revelaciones y malentendidos, de los que, por si fuera poco, la narración etnográfica no podía ofrecer otra cosa que una pálida, insuficiente y distorsionada reproducción.




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