dimecres, 19 d’agost de 2015

Centro y centralidad en contextos urbanos

La foto es de Anthony Bautista
CENTRO Y CENTRALIDAD EN CONTEXTOS URBANOS
Manuel Delgado

He leído algún comentario derivado de lo que dije a propósito de la centralidad política en la entrevista que me publicaron en vilaweb hace unos días y he visto que esa idea de centralidad política puede confundirse, como concepto, con la de centro político. El editorial de El País de hoy, 18 de agosto, insiste en ese malentendido. Nada que ver. En la vida social, el núcleo de la actividad, el epicentro desde el que actúa la creatividad de las dinámicas sociales, está casi siempre no en el centro físico o topográfico de nada, sino al contrario, en lo que podrían antojarse sus márgenes o sus límites. A nivel político hay varias ilustraciones teóricas en esa dirección. Si se clica en google "centro centralidad" aparecerán varios artículos en que se insiste en la identificación entre centralidad y hegemonía. Así, "¿Disputar el centro o la centralidad política?", de Mariám Martínez-Bascullán, o "Centralidad no es centro", del mismo Pablo Iglesias.

Como contribución a ese desmentido, me permito aportar una visión procedente de Henri Lefebvre, que suele emplearse en ciencias sociales de la ciudad y que distingue entre centro urbano y centralidad urbana.  No hace falta que se explique qué es el centro de una ciudad. En Barcelona, el centro de la ciudad es la Plaça de les Glòries, pero es un centro carente de centralidad. ¿Qué es un centro urbano, no como centro físico de una ciudad, sino en el sentido de espacio dotado de centralidad? En el plano funcional, se entiende que la centralidad de un área urbana debe propiciar una serie de relaciones eficientes entre los elementos que componen una determinada estructura territorial, para lo cual da forma y condensa una amplia gama diferenciada, pero articulada y complementaria, de entidades, dispositivos y actividades. Pero desde una perspectiva que entendiera la centralidad en términos sociales, está remitiría a lo urbano mismo como centralidad. Henri Lefebvre nos subrayaba en La revolución urbana (Alianza) que esa centralidad de lo urbano no tendría centro, no estaría o no tendría por qué darse en un lugar céntrico. Es el espacio urbano el que, al intensificarse, genera centros, pero constituye en sí mismo un vector nulo, puesto que en él "cada punto, virtualmente, puede atraer hacia si todo lo que puebla los alrededores: cosas, obras, gentes". La centralidad urbana es simultaneidad de percepciones, de acontecimientos, puesto que es la forma concreta que adopta “el encuentro y la reunión de todos los elementos que constituyen la vida social.”

En el marco general definido por todo tipo de procesos negativos de dispersión, de fragmentación, de segregación…, lo urbano se expresa en tanto que exigencia contraria de conjunción, de reunión, de redes y flujos de información y comunicación… Es así que la centralidad de un lugar sería el escenario donde vemos activarse una compleja red por la que circulan, de manera constante y generalizada, intercambios e interacciones, pero también campo de confrontación de diferencias y de apropiaciones compartidas. Es también un polo saturado de valores compartidos o compartibles. Me remito, al respecto, al capítulo "El centro urbano", del libro de Manuel Castells Problemas de investigación en sociología urbana (Siglo XXI).

Ah, y ante todo, vindico un libro que para mí tuvo una virtud iluminadora: el de Alfonso Álvarez Mora y Fernando Roch, Los centros urbanos (Nuestra Cultura). Es de 1980 y no se encuentra en librerías, pero merece la pena buscarlo en librerías de viejo —en la calle o la red— o en bibliotecas. Allí se explica cómo el centro urbano puede y debe estar cargado de centralidad social, en tanto que la sociedad está ahí, en un —copio— «espacio de todos y de nadie, lugar a un tiempo de paseo festivo y del pasar cotidiano, de la fiesta, del trabajo y de la revolución; síntesis del orden y de la subversión, camino abierto del trabajo, de la compra y del estudio, esto es, de la reproducción y camino roto por las barricadas; lugar de las conductas pautadas y de los comportamientos marginales, espacio de lo cotidiano y de lo excepcional, lugar de cita de lo vulgar y lo misterioso, de lo viejo y de lo moderno. Espacio de la reproducción del sistema y a la vez espacio de la contestación del orden establecido, lugar de permanencias y de mutaciones, del orden y de su negación; espacio equipado sin "equipamientos" porque es un compendio de todo lo necesario y de lo superfluo». Un espacio viviente.

Es verdad que, como acabo de recordar, a pesar de los esfuerzos por desactivarlos, los centros históricos suelen coincidir con los centros provistos de centralidad urbana, tal y como acaba de ser descrita. Esos esfuerzos consisten en intentar aislar los cascos antiguos de las ciudades para recrear en ellos una cierta atmósfera de autenticidad, lo que requiere trasladar funciones y dinámicas que conceden centralidad fuera de ellos, incluso a la periferia. En eso han consistido la políticas urbanísticas de dispersión en el territorio de organismos, servicios y actividades que generaban centralidad: las "ciudades" sanitarias, judiciales, universitarias..., lejos del centro; los grandes malls comerciales en nudos de autopistas; la expulsión de las cárceles fuera de los cascos urbanos; las ciudades-dormitorio que permitían exiliar a una clase obrera siempre dispuesta a convertir los barrios populares céntricos en fortines de resistencia; los espacios abiertos y alejados destinados a grandes concentraciones lúdicas o festivas. Me viene a la cabeza el caso del sandrómo en Rio de Janeiro... Es también el caso de las "nuevas centralidades" artificiales, como las que se pretenden abrir en la Sagrera o Diagonal Mar en Barcelona.

Esa voluntad de extirpar la centralidad de los centros históricos, para consagrarlos al simple consumo de pasado, puede ser del todo explícita. Así, uno de los artífices del supuesto "modelo Barcelona", Oriol Bohigas, escribía: "Nuestras ciudades necesitan una doble intervención simultánea y coordinada: rehabilitar el centro histórico, actuando en ellos a fondo y dar 'centralidad' —urbanidad, identidad, monumentalidad, espíritu colectivo, participación politica— a la periferia". Esto está en “La reconstrucció de la ciutat”, en Bruno Gabrielli et al., La ciudad històrica dins la ciutat (Ajuntament de Girona). Al respecto, cabe decir que esa meta de desproveer a las ciudades viejas de centralidad no siempre se ha obtenido o se ha conseguido solo parcialmente, es decir para ciertos recintos acotados. Es obvio que los avances en la tematización turística y consumista de los centros monumentalizados han neutralizado muchas de sus antiguas cualidades de centralidad, pero no por ello han podido siempre esconder su ingrediente fundamental, que no es otro que la condición intrínsecamente alterada y conflictiva de la vida urbana.

La centralidad es fuente fundamental de sentido en la configuración de una sociedad urbana. En efecto, la centralidad supone el apogeo espacial de la acción social urbana, aquella que cualquier orden político querría someter a constante escrutinio, pero que en la práctica se convierte en el escenario asiduo de todo tipo de desviaciones o desafectos respecto de los códigos dominantes. Se reconoce centralidad cuando en un lugar se concretan todas las variables de sociabilidad que un universo complejo puede generar, entre ellas. y sobre todo, las vinculadas a su dimensión más conflictual. La centralidad en una ciudad o en cualquier sociedad está siempre donde están sus luchas.



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