dijous, 1 de gener de 2015

Sobre el culto al método o el formalismo metodologico como ritualización

Foto de Marc-Javierre Kohan
Comentario para Esther Vidella, estudiante de doctorado en la UB

Has de tener presente que lo que a veces llamamos "método" es una especie de dispositivo de producción de objetos/sujetos que son los mismos que se pretende estudiar, de manera que se hace pasar por incontestablemente reales los propios artificios categoriales que el "método" ha poducido. Es así que la antropología acaba contribuyendo al filtraje de la realidad para hacerla menos compleja, rescatarla de la multidimensionalidad en que se agita. Es decir el método acaba siendo un instrumento al servicio de la producción de aquella misma realidad que proclama investigar.

Ese culto al método funciona pensando las cosas como limitadas y medidas, sean permanentes o temporales, pero siempre presupuestas como en reposo, sin energías que no fuera estríctamente finalistas, sin sustancia, sin corporeidad. Manteniendo en todo momento a raya todo cuanto pudiera antojarse desviación o errabundeo, evitando toda perturbación, apartado como un desecho cualquier cosa que se pareciese ruido. El método consiste entonces en una estipulación secuencial que asegura el no errar –en el sentido doble de no equivocarse y no vagabundear– y que no está hecha de etapas que no sólo se siguen unas a otras, sino también unas de otras. Requiere un recorrido completo que impide en principio olvidos, saltos, detenciones o desvíos.

Son estás: 1) Definir el origen de la investigación concreta; 2) Establecer las hipótesis derivadas. 3) Especificar las variables que la comprenden; 4) Determinar el diseño a emplear para la verificación de hipótesis. 5) Delimitar el campo de la observación. 6) Obtener la muestra necesaria correspondiente. 7) Elegir las técnicas de observación y compilación de datos pertinentes.8) Señalar el modo de tratamiento de los datos obtenidos. 9) Clasificar dichos datos. 10) Proceder al análisis de los datos. 11) Extraer las conclusiones adecuadas. 12) Exponer los resultados a través de un informe.

El problema de este sistema es que el proceso –de las premisas a la conclusiones– es concebido como un conjunto de relaciones regladas en que para ir del principio a la conclusión sólo habrá que seguir el procedimiento, lo que, a la manera de un rito mágico, garantizará la validez de la prueba.
Todo ello, además, provocando una sensación de que el proceso ha sido realmente autónomo. Es decir, el "método" gestiona relaciones intemporales entre variables y acaba deviniendo justamente eso: gestor de la misma realidad que previamente ha generado.

Lo que hay es que respetar más los hechos empíricos, lo que vemos, no someterlo a protocolos de investigación exageradamente formalizados, que acaban desestimando gran parte de la información disponible en nombre del cumplimiento de programas metodológicos dogmáticos, incapaces de ver nada que no se adapte a sus premisas y objetivos. Es de tal manera que la observación y la descripción se acaban convirtiendo en un masivo y acumulativo desperdicio de saber, confirmando ese defecto irónico en que el trabajo científico suele incurrir y que consiste en preferir lo inteligible a lo real.

Lo que se aspira da la impresión que sea configurar descripciones del mundo de forma que acaban siempre acomodándose a creencias y conceptos consensuados como incontestables por la comunidad científica –los valores y principios de lo que Bourdieu llamaba el campo científico–, modelándolos para que se ciñesen a las exigencias de guiones de trabajo de los que bajo ningún concepto había que apartarse: lo que él llama el "método".

El método, entendido de manera dogmática, lo que hace es acudir siempre en auxilio de teorías previas que deben ser confirmadas a toda costa. Eso fue lo que le dije: no se trata de acudir al terreno sin ideas ni intuiciones, sino de no someter los datos a esas predisposiciones y permanecer expectantes ante cualquier elemento que pueda desmentir o matizar lo dado por supuesto. La sujeción acrítica a un cuerpo teórico preestablecido que no cabía defraudar y a unos métodos de manual, cuya operacionalidad se daba por descontada, hacía que los proyectos que se derivaban –plan de investigación, modelo, hipótesis, variables por adoptar, instrumentos normalizados, muestra, grupo de control– acabaran convirtiéndose en sucedáneos inconscientes del examen directo del mundo social empírico. Es decir, que las preguntas que se formulaban, los problemas que se planteaban como centrales, los caminos que se decidía seguir, los tipos de datos que se indagaban, las relaciones que se tomaban en cuenta y la clase de interpretaciones que se aventuraban terminaban por ser el resultado del esquema de investigación, en lugar de ser producto de un conocimiento de la realidad  sometida a estudio.

¿No lo ves? En gran medida, la confianza ciega que a veces nos merece el método es una variante del papel primordial e irrevocable que asignamos al lenguaje, a la ideología, a la representación, a costa de un mundo empírico que parece habernos dejado de interesar hace mucho o que acaso hacemos lo posible para mantener a raya como sea. La formalización metodológica severa y la sumisión del trabajo investigador a los dogmas académicos funciona, de hecho, como una ritualización. Una ritualización no sólo en el sentido de que implica un conjunto de ceremonias de aproximación al objeto de conocimiento, sino en el de que asume la tarea de devenir instrumento destinado a aliviar la ansiedad epistemológica que provoca la inaccesibilidad de lo real, el abismo que se extiende entre lo pensado y lo vivido. 

La acción esquematizadora y conceptualizadora que el rito ejecuta es la misma que la que el “buen método” asegura: la provisión de discontinuidades radicales que se mueven por principios de oposición binaria del tipo todo/nada, sí/no, dentro/fuera, etcétera, y que obtienen habitualmente lo que buscan: un empobrecimiento o la liquidación de la experiencia. Abandonados a nuestra construcción disciplinar particular, da la impresión que nos hemos desentendido de lo sensible, de lo concreto, de lo palpable, de la vida.

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