dijous, 29 de gener de 2015

La astucia de la rabia


Reseña de Jonathan Swift, Sátiras politicas (Humanidades, Barcelona, 1992, 113 p.) y Los viajes de Gulliver (Cátedra, Madrid, 1992, 601 p.), publicada en Babelia, suplemento de libros de El País, el 17 de octubre de 1992.

LA ASTUCIA DE LA RABIA
Manuel Delgado

Sería una pena que el que haya sido una editorial más bien modesta y nueva en la plaza la responsable de la iniciativa, haga pasar desapercibida la publicación entre nosotros de una significativa y concluyente muestra de las cualidades incordiantes de Jonathan Swift. Las Sátiras políticas que nos brina Humanidades reúnen varías de las incursiones más caústicas –algunas inéditas- del deán de San Patricio en ese campo de la crítica de la cultura que él supo cultivar con singular mordacidad y lucidez. Coincide además con una espléndida edición de Los viajes de Gulliver por cuenta de Cátedra, lo que, en conjunto, propicia una revisión recuperadora de la colosal figura humana e intelectual de Swift. Tanto en las sátiras como en los viajes, las iniciaciones y notas –de Bernat Muniesa y Pilar Elena, respectivamente- ayudan a percibir matices y dimensiones de la dicacidad swifteriana inaprensibles en versiones anteriores.

La relectura a que estas novedades invita no debería ser, pero sólo la de un Swift representativo de una cierta etapa de la construcción de la modernidad –la de ese estratégico XVIII inglés-, sino la de la radical vigencia de un orden del mundo, dominado por todo tipo de supercherías, coronadas por la de la razón misma, contra la que aquel escéptico patriota irlandés desplegó su tan desencantado como atroz cinismo.

Y si su inteligencia debería hacernos admitirle próximo es porque tuvo la astucia de adiestrar su rabia y su rencor en el uso de aquella misma arma mediante la que su universo y el nuestro fueron a car baja el despotismo de todo tipo de necios: la impostura. En efecto, el gran descubrimiento táctico de Swift fue que lo único con que se puede hacer frente a una mentira es con una mentira todavía mayor, que para combatir lo fraudulento conviene saber hacer su apología y que hay que aprender a exaltar la máscara hasta hacer de ella el vehículo de su propio escarnio. Swift fue, en nombre de la decencia humana, el más indecente de los impostores.

Mucho más que el entonces es el hoy el que reúne los méritos que le permiten reivindicarse como la era de lo falso. Ahora tiene más sentido que hace tres siglos lo que Swift escribía, disfrazado de astrólogo, en sus absolutamente delirantes Predicciones para el año 1708, sobre esa “virtud de nuestra época de volver ridículas las cosas más importantes”. Hay que leer también en presente su El arte de la mentira política (“hace falta más arte para convencer al pueblo de una verdad saludable de una saludable mentira”), con sus sarcásticas quejas sobre lo atiborrado que se hallaba -¿se hallaba?- el mercado de embustes políticos de mala mercadería.


¿Y qué decir de los relatos alegórico-etnográficos de Lomuel Gulliver, primero médico y luego capitán de varios barcos? Pues exactamente lo mismo, que el paisaje civilizatorio del que dio cruel cuenta, sobre todo en su genial viaje al país de los houyhnhnms, no parece haber cambiado un ápice. Vivimos, como Swift, rodeados de los mismos “abogados, carteristas, coroneles, tontos, ilustrísimas, tahúres, políticos, putas, médicos, testigos, sobornadores, procuradores, traidores y otros de ese jaez”, dirigidos por “una sociedad de hombres educados desde su juventud en el arte de demostrar, mediante palabras intencionalmente multiplicadas, que lo blanco es negro y lo negro es blanco… De esa sociedad, el resto de la gente es esclavo”.


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