dijous, 4 de desembre de 2014

El público como pálida restauración de la comunidad perdida. Notas para la clase de Antropologia dels Espais Urbans del 20/11/14 (2)

Las fotos son de Pierre Mestre
Un poco antes de que lo hiciera la sociología centroeuropea, el pensamiento político estadounidense ya se había planteado  esa misma cuestión de cómo la democracia podría ser posible en una sociedad urbana que parecía abocar a la masificación, es decir a la uniformidad de las ideas, la homogeneización de las experiencias, la estandarización de las conductas, la renuncia al juicio crítico. Fue John Dewey quien, en 1927, en La opinión pública y sus problemas (Morata), retomó la idea de público planteada por Tarde y Park, su propio discípulo, para polemizar sobre el porvenir de las sociedades democráticas, en particular la de los Estados Unidos. Dewey se plantea el mismo problema que una buena parte de la intelectualidad liberal,  también en Europa: cómo elevar el tono moral de las muchedumbres de la era industrial –esa amontonamiento de personas mediocres y obnubiladas, que, por si fuera poco, experimenta periódicos ataques de insensatez–, cómo hacer de esa materia humana inorgánica una asociación de seres conscientes y responsables, capaces de conformar el soporte de un auténtico control popular del Estado. La respuesta esa inquietud sería una fórmula que permitiese convertir la Gran Sociedad en una Gran Comunidad, cuyos miembros se sintiesen unidos fraternalmente por valores, emociones, símbolos e intereses compartidos, y en la que las nuevas tecnologías de la información aparecerían al servicio de la emancipación de las conciencias y no se su abotargamiento.

Se trata, para Dewey, de conducir a su máximo nivel la creatividad comunicativa, hecha de relaciones sobre todo personales y cara a cara y cuyo modelo no es otro que la asamblea local o, más allá, la antigua gemeneisnchaft sobre la que escribiera Tönnies, la comunidad recuperada al fin de entre la miseria de una modernidad inhumana. En otras palabras: el ideal de Público que reclama Dewey —y que escribe en mayúscula— es aquel que es capaz de rescatar al individuo de esa masificación que lo acecha, de realizar sus potencialidades y de aportarlas al bien común, de convertirlo, al fin, en encarnación de ideal de ciudadano soberano, capaz de tomar y hacer tomar decisiones justas. Uno los rasgos principales de ese Público democrático es que sus componentes serían conscientes en todo momento de su papel activo y responsable a la hora de tener en cuenta las consecuencias de la acción propia y la ajena, al tiempo que toda convicción, cualquier afirmación, podía ser puesta a prueba mediante el debate y la deliberación. Como se ve, Dewey era consciente de ese rasgo que Richard Sennett (El declive del hombre público, Península) había localizado como fundamental en la moderna vida urbana, que es el de la crónica relación antitética entre muchedumbre y comunidad, o, lo que sería idéntico, la imposibilidad que la vida urbana imponía de realizar el sueño de convertir verdades psicológicas en relaciones sociales auténticas.

En esa misma tradición doctrinal pragmática, desde el interaccionismo simbólico, Herbet Blumer, en las décadas 30 y 40, continuará oponiendo masa y público. El público lo conforman individuos con intereses divergentes que discuten y razonan a propósito de cómo definir y resolver situaciones problemáticas. Masa, en cambio, es un grupo colectivo elemental y espontáneo, representado por personas que participan de un comportamiento con poca integración o intercambio de experiencias entre sus miembros, que proceden de clases y orígenes culturales distintos, pero a los que homogeniza un interés compartido por factores que trascienden sus respectivas filiaciones y que pertenece a campos no definidos ni regidos por reglas y expectativas previas, complejos y difíciles de entender insertos en una visión ordenada. La masa no es una sociedad, ni una comunidad: no posee una organización, cotumbres, cuerpo establecido de normas y rituales... La masa se parece, eso sí, a la multitud, sólo que en un punto crítico de exasperación, del que resulta la activación simultánea de múltiples líneas individuales de acción, como "respuesta a un objeto que atrae su atención y que tiene como base los impulsos despertados por ese mismo objeto". Cabe remarcar que Blumer encuentra el paradigma ilustrativo de la masa —y a él le dedica un apartado en su texto a ese propósito— en las "masas proletarias", a las que destina las apreciaciones dominantes en la Escuela de Chicago sobre una clase obrera norteamericana conformada por individuos desestructurados por el exilio de su comunidades de origen y la desagregación propia de la vida en las ciudades.

Desde el conductismo social propio del pragmatismo, tal y como se concreta en los teóricos de la Escuela de Chicago y luego en el interaccionismo simbólico, a la masa, estimulada en su conformación por la desorganización urbana, le corresponde una conducta fuertemente emocional y de naturaleza irracional. El contraste vuelve a establecerse, en Blumer, con el público, la característica del cual es que quienes lo componen son individuos que mantienen posturas diferenciadas y discuten entre ellos en orden a obtener una solución basada en argumentos y contra-argumentos. Ese tipo de congregación humana no está estructurada de manera estable, ni la rigen normas fijadas, sino que surge como consecuencia de la necesidad de enfrentarse y vencer una dificultad compartida y hacerlo racionalmente, esto es mediante la articulación de razonamientos prácticos en pos de iniciativas eficaces que permitan superar el obstáculo planteado. La diferencia con la multitud es absoluta: en la multitud —no digamos cuando deviene masa— se desarrolla una relación que alcanza la unanimidad porque suprime cualquier discordancia; el público, en cambio, requiere que "en su interior los individuos intensifiquen su autoconciencia y fortalezcan sus capacidades críticas, en lugar de ver disminuidos su autocomprensión y su potencial crítico como ocurre en la multitud". Los trabajos de Blumer sobre este tema los teneis esn Selected Works of Herbert Blumer: A Public Philosophy for Mass Society (University of Illinois Press).

Más adelante, C. Wright Mills, en un artículo de 1954 ("La sociedad de masas y la educación liberal", en Poder, política, pueblo, FCE) radicalizará la crítica republicano-liberal de la estereotipación de la experiencia humana que impone la vida en las ciudades, incapaz de generar una comunidad integrada por individuos críticos y conscientes, es decir por un público. La soberanía de una nación éticamente orientada no es el pueblo, sino justamente el público, una entidad cuya característica básica es que el número de personas en condiciones de emitir y recibir una opinión es idéntico, a diferencia de una masa, en la que una amplia mayoría recibe –y obedece– ideas y consignas procedentes de un número muy restringido de fuentes, por ejemplo la de los no en vano llamados medios de comunicación de masas. La decadencia del público, su inviabilidad en el contexto de la masificación metropolitana, era en el fondo la expresión más elocuente del fracaso de una clase media incapaz de generar en torno suyo un modelo de sociedad hecho a su imagen y semejanza, esto es organizada a partir del debate y la deliberación racionales y el intercambio horizontal de ideas e iniciativas, siendo el único remedio, según Mills, la de una educación liberal en valores que eleve el nivel moral del hombre medio y lo rescate de la vulgaridad a que la sociedad de masas le condena.

Es interesante cómo se sobreponen constantemente la categoría abstracta masa para referirse a la colección innumerable, pero ilocalizada, de consumidores de banalidad cultural y la multitud urbana, máxime cuando adopta la forma de masa. Lo hemos visto en Tarde, en Park, en Mannheim... Lo hubiéramos encontrado antes en Baudelaire, cuando identifica a las gentes con las que se cruza como flâneur por las calles de París con los nuevos lectores de literatura, y lo encontraremos después en el análisis que Jürgen Habermas, en  Historia y critica de la opinión pública, Gustavo Gili) establece a propósito del proceso que lleva a "la destrucción tendencial de la publicidad literaria", por la vía de la transformación comercial de la participación en la publicidad burguesa, que la disgrega abandonándola a las masas y que se transfigura en su propia caricatura al haber quedado desactivada su potencialidad para la controversia, el consenso y el conflicto basados en el raciocinio organizado.

Ese argumento es el que encontraremos en ese momento, a caballo entre la década de los 5o y 60 del siglo XX, en los primeros teóricos de los mass media, como Dwigth MacDonald, cuando establece una equivalencia entre las masas mediáticas y las multitudes que llenan las aceras de la gran ciudad: "Las masas son, en el tiempo histórico, lo que la muchedumbre es en el espacio: una gran cantidad de personas incapaces de expresar sus cualidades humanas porque no están ligadas unas a otras ni como individuos ni como miembros de una comunidad". Esto lo tenéis traducido en "Masscult y midcult", uno de los textos de la compilación del propio MacDonald., La industria de la cultura (Alberto Corazón).

Es significativa la irrupción con fuerza, a partir de ese momento y para quedarse en el eje de la producción sociológica, de un conjunto de acepciones que comparten la denominación de origen "de masas": sociedad de masas, turismo de masas, consumo de masas..., siendo la masa una abstracción que reúne el conjunto de los hombres-masa orteguianos, seres aislados que comparten su mutua insolidaridad, narcotizados por los medios de comunicación de masas, que son los nuevos abalorios con los que se lobotomiza a los ciudadanos para que no ejerzan como tales. En realidad, todas las teorías sobre la obnubilación de los hombres-masa y de las masas en que se apilan bien podrían responder a una especie de nostalgia romántica, que, en un último periodo y a diferencia de sus primeras expresiones contrarevolucionarias, ya no es de la extinguida autoridad moral de la vieja aristocracia, sino respecto de la frustrada generalización de la figura modélica del librepensador moral, culto e informado que la Ilustración y luego la burguesía reformista del XIX ensoñaron presidiendo el sistema democrático que debía organizar la nueva sociedad capitalista, un modelo del que el personaje del intelectual sería campeón.

De acuerdo con ello, cada miembro del público debía ser una réplica de la figura del burgués intelectual y éticamente virtuoso, objetivo que hacían imposible primero la vorágine de la vida urbana y, más adelante, la perversa actividad de los massmedia, forzándole a permanecer sólo como larva atrapada entre las formas contemporáneas del vulgo. Los mass media invertían el proceso que le había sido encomendado, que era el de extender hasta el infinito el espacio de la publicidad ilustrada y en lugar de elevar al hombre-masa a la calidad de ciudadano autónomo y concernido —esto es a miembro de un público—, lo embrutecían hasta devolverlo a un nivel inferior de civilización: el de la masa. Los medios de comunicación de masas generaban masas, no públicos, puesto que no eran en realidad medios de comunicación, sino de propaganda, del mismo modo que la publicidad consumista era cualquier cosa menos un instrumento de publicidad en el sentido ilustrado. Tanto la propaganda como la publicidad comercial no buscan difundir información, sino excitar sentidos y sentimientos, de manera que el producto resultante no serán opiniones personales críticas y fundamentadas, sino esa compactación de las respuestas que hemos visto como la característica esencial de la masa.


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