dissabte, 18 d’octubre de 2014

Algunas consideraciones más sobre sociedades incorporóreas, con una referencia a Proust "el del Ritz". Nota para Leandro Rebollo, doctorando

Déjame que insista en eso que estaba pensando acerca de lo que llamaré "género chat", para referirme a los diferentes soportes para intercambio instantáneo de mensajes: twitter, facebook, whassapp o también el correo electrónico, tal y como lo empleamos Tom Hanks, Mel Ryan y nosotros. Este término lo empleo a partir de un libro que sacó un exdoctorando mio muy bueno, Joan Mayans, que es el que fundó y mantiene una página muy, muy interesante que se llama Observatorio de la Cibersociedad, http://www.cibersociedad.net/. Te lo recomiendo. Esta hombre escribió un libro espléndido, pionero en su momento, que se tituló precisamente Género Chat. O como la etnografía puso un pie en el ciberespacio (Gedisa).

Bueno, pues a lo que íbamos. En la charla, en general, creo que encontramos, te decía, la materia primera de lo social, la exaltación de lo informalizado que proclama: «Estamos juntos; nos unen palabras que no dicen nada que no sea eso: estamos juntos». Es como una especie de promiscuidad de la palabra, un juego gratuito y sin destino, un deuterodiscurso, es decir un discurso sobre la posibilidad misma de discursear. Una disponibilidad abierta que es la que se daba ya en la barra de los bares, en las mesas de un club social, en estos momentos en todas las terrazas de la ciudad, solo que en el ciberespacio es entre entre entidades incorpóreas, desencarnadas, como fantasmas que hablan sin boca, con la excepción que supone el eventual uso de skype.

Exacerbación de una sociabilidad sin otro objeto que la sociabilidad misma, la conversación, la charla superficial de la que la red es expresión extrema, se fundamenta en la invisibilización no solo física, sino también estructural de los concurrentes, su nihilización o anonadamiento en tanto que seres con una existencia social compleja e imbricada en jerarquías y estratificaciones de todo tipo. ¿Te acuerdas aquello que hablamos sobre Bourdieu y la entrevista? La charla trivial en un café, en un salón o electrónicamente mediada implica la disolución de todo conflicto profundo, la cancelación de toda lucha que vaya más allá del calor de debates las más de las veces superficiales. Pura nada. Un limbo. El espacio abstracto del que habla Lefebvre por excelencia. ¡Eso sí que es un no-lugar! ¿Recuerdas aquel episodio en que Homer Simpson es abducido por un ordenador, que es un homenaje a "Tron"?

¿Sabes quién entendió esto de manera especialmente lúcida de la charla como triunfo final de una sociabilidad-nada? Marcel Proust. Él entendió que a principios del siglo pasado sólo quedaban dos grandes espacios metafísicos en el mundo, a los que ahora añadiría sin duda el ciberespacio. Uno eran los trenes, en los que se va a algún sitio o se viene de algún sitio, sin estar propiamente en ninguno de los dos. El otro, los salones, los únicos lugares en los que la nada se sobrevive a sí misma. Los salones es el lugar por antomasia de la conversación. Proust procura, reflexionando sobre ellos, toda una teoría de la mundanidad,—una de las características de la vida social en espacios públicos, no lo olvides— cuyo exponente principal es la charla informal, la conversación, entidad que tiene algo de no humano, puesto que constituye la perversión, o mejor dicho, la extenuación de la comunicación. Universo del esnobismo, de la exhibición pura, en universos pensados sólo para la aparición: los salones.

En efecto, Proust, a partir de marzo de 1917, es «Proust, el del Ritz», puesto que es en el Ritz y en sus salones dónde transcurre gran parte de su actividad mundana mientras escribe En busca del tiempo perdido. Esto lo encuentras bien reflejado en dos libros sobre Proust que te recomiendo, el de Víctor Gómez Pin,  Proust, el ocio y el mal (Montesinos) y el G.D. Painter, Marcel Proust. Biografía (Lumen).  «Aquí me tratan bien, aquí me siento a mis anchas», reconoce Proust (en este último libro, p. 617), refiriéndose a un espacio parecido al sueño o a la duermevela, a la irrealidad, a lo preconsciente, allí donde reina lo insignificante, lo fútil, lo sin continuidad, la teatralidad, la banalidad más radical... Un mundo de enunciaciones sin asunto, en tanto cualquier asunto podría valer por igual para el juego de vacíos que es toda charla amiga.

No sé si estás de acuerdo conmigo. Toda la obra y acaso la vida entera de Proust gira en torno y genera toda una teoría de la vida social o vida en sociedad, entendidas como pura pereza y desidia, nadedad de la que la obra escrita quisiera ser la negación. No hay nada que legitime ni justifique –ni el deber, ni el deseo, ni la necesidad– la frecuentación, el coqueteo frívolo, la erudición gratuita, lo vano de la tertulia sobre cualquier cosa. Nos podríamos pasar toda una vida sin decir nada realmente importante.



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