dissabte, 27 de setembre de 2014

Una antropología de la vida en las aceras. Antropología de los espacios urbanos. Clase del 25/9/14

La fotografía es de Jenxi
Este es el primer resumen de clase que os envío. Iré haciendo lo propio para cada sesión. Si tenéis cualquier duda o consideración os pediría que la formularais en clase. Seguro que es interesante y viene a cuento.

Esta primera clase tuvo un carácter introductorio y solo para presentaros la asignatura y también para centrar el asunto central de la materia que es, en efecto, el espacio urbano. Me ha parecido pertinente matizar que una antropología urbana, entendida como de los espacios urbanos es decir de la vida social en espacios urbanos, no debería confundirse con una antropología de o en la ciudad. Ya os expliqué que, por desgracia, la antropología urbana ha consistido con demasiada frecuencia no en el estudio de la vida ordinaria de personas ordinarias haciendo vida social entre sí en contextos urbanos, sino más bien de todo tipo de rarezas sociales y extravangancias culturales, algo así como los residuos del festín que para la sociología, la economía o la ciencia política son las sociedades contemporáneas. Todavía peor, parece que su ámbito natural de trabajo sean grupos humanos que la mayoría social o el orden político previamente han problematizado, con lo que el antropólogo puede aparecer complicado involuntariamente en el marcaje y fiscalización de disidencias o presencias tenidas por alarmantes. La tendencia a asignar a los antropólogos –y de muchos antropólogos a asumirlas como propias– tareas de inventariado, tipificación y escrutamiento de «sectores conflictivos» de la sociedad –a saber, inmigrantes, sectarios, jóvenes, gitanos, enfermos, marginados, etc.– demostraría la inclinación a hacer de la antropología de las sociedades industrializadas una especie de ciencia de las anomalías y las desviaciones.

Pero no es así. Una antropología de los espacios urbanos es una antropología de la espacialización de la cultura urbana, entendida como la que formaliza un tipo especial de relaciones sociales cuya característica es que la protagonizan individuos que mantienen entre sí un vínculo casi siempre frágil y efímero, pero que, a pesar de ello, puede conocer desarrollos imprevistos y de efectos estratégicos. Su escenario serían espacios esencialmente de paso, sobre todo, claro está, la calle y la plaza, pero también otros como parques, centros comerciales, transportes públicos, bares y otros lugares de ocio, playas, vestíbulos, etc. En la práctica, de acuerdo con ello, la antropología de los espacios urbanos sería equivalente a una antropología de las calles o, más precisamente, la vida en las acercas.

 Así entendida, la cultura urbana sería más bien una tupida red de relaciones crónicamente precarias, una proliferación infinita de centralidades muchas veces invisibles, una trama de trenzamientos sociales esporádicos, aunque a veces intensos, y un conglomerado escasamente cohesionado de componentes grupales e individuales. Por ello, una antropología urbana no podría sino aparecer condenada a atender estructuras líquidas, ejes que organizan la vida social en torno suyo, pero que no son casi nunca instituciones estables, sino una pauta de instantes, ondas, situaciones, cadencias irregulares, confluencias, encontronazos, fluctuacio­nes... Es ahí, en esa insistencia en basarse en lo inconstante y en la oscilación continua, en lo que podríamos hallar la distancia fundamental en la que insistí, y que trataremos más adelante, entre lo urbano y la ciudad.

Como procuré explicar, de lo urbano cabría decir más bien que su ser otra cosa consiste en reconocerse como una labor, un trabajo de lo social sobre sí, como la sociedad urbana «manos a la obra», haciéndose y luego deshaciéndose una y otra vez, hilvanándose con materiales que son instantes, momentos, circunstancias... Podría decirse, en otras palabras, que lo urbano está constituido por todo lo que se opone a no importa qué estructura solidificada, puesto que es fluctuante, aleatorio, fortuito, escenario de metamorfosis constantes, es decir por todo lo que hace posible la vida social, pero antes de que haya cerrado del todo tal tarea, justo cuando está ejecutándola, como si hubiéramos sorprendido a la materia prima de lo social en estado todavía crudo y desorganizado, en un proceso, que nunca nos sería dado ver concluido, de cristalización.

Lo mismo podría aplicarse a la distinción entre la historia de la ciudad y la historia urbana. La primera remite a la historia de una materialidad, la segunda a la de sus utilizadores, es decir sus usuarios. La primera habla de la forma, la segunda de la vida que tiene lugar en su interior, pero que la trasciende. La primera atiende a lo estable, lo segundo se refiere a las transformaciones o a las mutaciones, o, todavía mejor, lo que la escuela de Chicago cifraba como la característica principal de la urbanidad: el exceso, la errancia, el merodeo. En cierto modo la antropología de lo urbano se colocaría en la misma tesitura que pretende ocupar la antropología del espacio a secas: una visión cualitativa de éste, de sus texturas, de sus accidentes y regularidades, de las energías que en él actúan, de sus problemáticas, de sus lógicas organizativas... Un objeto de conocimiento que puede ser considerado, con respecto de las prácticas sociales que alberga y que en su seno se despliegan como una presencia pasiva: decorado, telón de fondo, marco...; pero también como un agente activo, ámbito de acción de dispositivos que las determina y las orienta, a la que los contenidos de la vida social se someten dócilmente. El espacio: algo que las sociedades organizan, algo que las subyuga.

Ahora bien, en todos los casos, casi, la antropología del espacio ha sido casi siempre una antropología del espacio construido, es decir del espacio habitado. A diferencia de lo que sucede con la ciudad, lo urbano no es un espacio que pueda ser morado. La ciudad tiene habitantes, lo urbano no. Lo urbano está constituido por usuarios. Por ello, el ámbito de lo urbano por antonomasia, su lugar, es, no tanto la ciudad en sí misma como su espacio, ese espacio urbano en que se va a centrar la asignatura. Es el espacio urbano donde se produce la epifanía de lo que es específicamente urbano:  esa reunión de extraños, unidos por la evitación, la indiferencia, el anonimato y otras películas protectoras, expuestos, a la intemperie, y al mismo tiempo, procurando permanecer a cubierto, camuflados, mimetizados, invisibles. El espacio urbano es vivido como espaciamiento, esto es como espacio social regido por la distancia.

La antropología urbana se presenta entonces más bien como una antropología de lo que define la urbanidad: disoluciones, socialidades minimalistas, frías, vínculos débiles y precarios conectados entre sí hasta el infinito, pero también constantemente interrumpidos, simultaneidades y dispersiones. La antropología urbana, esto es la antropología no de la ciudad, sino de todo lo incalculable que pudiera encontrar uno en una ciudad. O, lo que viene a ser lo mismo, esa antropología urbana no podría ser entonces otra cosa que una antropología del espacio urbano, es decir de las superficies hipersensibles a la visibilidad, de los deslizamientos, de escenificiaciones que no deberíamos dudar en calificar de coreográficas. ¿Su protagonista? Evidentemente, ya no comunidades coherentes, homogéneas, atrincheradas en su cuadrícula territorial, sino los actores de una alteridad que se generaliza: paseantes a la deriva, merodeadores, extranjeros, viandantes, trabajadores y vividores de la vía pública, disimuladores natos, peregrinos eventuales, viajeros de autobús, enemigos públicos, individuos a la intemperie, pero también grupos compactos que deambulan, nubes de curiosos, masas efervescentes, coágulos de gente, riadas humanas, muchedumbres ordenadas o delirantes..., múltiples formas de sociedad peripatética, apenas institucionalizada, conformada por un multiplicidad de consensos que se producen, y nunca mejor dicho, "sobre la marcha".

Hice referencia a varios autores y textos, de los que os doy la referencia. En primer lugar, os dije que toda la asignatura estaba formulada en honor a dos nombres que la inspiran. Son Jane Jacobs y Henri Lefebvre. Hablaremos más de ambos, pero como iniciación a su aporte, os remito a dos obras suyas publicadas recientemente en español. De Jane Jacobs, Muerte y vida de las grandes ciudades, publicada originalmente en 1961, y de Henri Lefebvre, La producción del espacio, del 1974. Las dos obras han sido editadas muy recientemente por Capitán Swing. También mencioné a otro autor de referencia, que es Erving Goffman. Os recomiendo, para empezar, Relaciones en público (Alianza). Y dos manuales: de antropología urbana Exploración de las ciudades (FCE), y para las perspectivas teóricas que suelen concurrir en el tipo de estudio del que hablaremos, Marco  Wolf, Sociologías de la vida cotidiana (Cátedra). Me referí de manera abundante a la Escuela de Chicago. Una introducción a lo que decía lo tenéis en uno de sus clásicos: Robert Ezra Park, La ciudad (Serbal).

Por último, al referirme al "local social" de nuestro grupo de investigación, la Reina d'Àfrica, en Vallcarca, me remití a una novela reciente que lo tiene como protagonista. Os expliqué la significación de ese lugar en relación con la expansión gentrificadora de Gràcia. De eso habla la novela. Se titula Emet o la revuelta (Duomo). El original catalán, Emet o la revolta, lo sacó La Magrana, Es  de Sebastià Jovani. Os mando la reseña que sobre la obra publicó El Mundo http://www.elmundo.es/elmundo/2012/04/09/novelanegra/1333966038.html.



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