divendres, 8 d’agost de 2014

Hubo un sabio que nunca fue capaz de escribir un novelita de aventuras. Sobre la admiración de Lévi-Strauss por Pierre Mac Orlan. Comentario para Eduardo Santillana, estudiante de la ESCAC

Bien, muy lo que dices de la novela de aventuras y del ensueño. Sobre lo primero, te diré que en la entrevista en Cahiers, Lévi-Strauss reconoce que reencuentra en los westerns y en los grandes melodramas muchas de las cualidades estructurales de esa ópera que tanto le apasiona. En “Picnic”, por ejemplo, reconoce una construcción que es inequívocamente operística, “con sus arias, sus recitativos, sus valentías, sus conjuntos corales e instrumentales”. El cine, en efecto, le hubiera permitido a la ópera alcanzar su vocación de gran espectáculo, puesto que sobre un escenario todo lo que puede llegar a mostrar es “miserable, absolutamente miserable, al lado de lo que un film permitiría”. Es más, Lévi-Strauss llega a sostener que, en el fondo, “tengo la impresión de que los grandes creadores de ópera –Wagner y algunos otros- concibieron y desearon, por anticipación, algo que sólo el cine, si hubiera existido en su época, hubiera sido capaz de darles: es decir, gracias a la técnica, gracias a todos los artificios de luz, de montaje, etc., la posibilidad de mostrar —y atención hay— la sustancia de los sueños y de hacerla plausible”. La sustancia de los sueños. 

Luego de la novela de aventuras. Completamente de acuerdo contigo. La inclinación de Lévi-Strauss por un tipo de cine que las elites intelectuales han tendido a despreciar es congruente con preferencias suyas en materia literaria que también podrían resultar y que fueron el origen de una de sus grandes frustraciones.

Lo que te conté es algo que aparece en otra entrevista de Lévi-Strauss, concedida en este caso a Didier Eribon. Me parece que no está traducida al español, pero sí al catalan: De prop i de lluny (Orión). Es ahí donde Lévi-Strauss, al evocar el gran eco que obtuvo la publicación de Tristes trópicos, reconocía que entre el alud de elogios recibidos uno le conmovió especialmente: el de Pierre Mac Orlan, un autor de canciones populares y escritor de novelitas de aventuras ­–algunas llevadas al cine, como “La bandera” o “Le quai des brumes”- del que confesaba que había marcado su juventud y que estaba seguro de que si le había gustado su libro era porque, sin esperárselo, había encontrado en sus páginas “cosas que venían de él”.

Ahí está la parte más conmovedora de su evocación, cuando Lévi-Strauss admitía que su gran pesar había sido siempre no haber sido capaz de escribir una obra literaria. Es en ese momento que nos hace partícipes de una confesión: la explicación del misterio de los renglones impresos en itálica en el capítulo VII de Tristes trópicos en los que describe una puesta de sol desde la cubierta de un barco. El trato tipográfico diferenciado era una forma de marcar la presencia en el libro de lo que había sobrevivido de una frustrada novela de aventuras exóticas, que abandonó porque “era demasiado mala” y de la que sólo sobrevivieron el título de la obra­ –Tristes trópicos­– y aquellas pocas páginas.

Lévi-Strauss intentó escribir una novela y tuvo que comprobar como lo que había acabado produciendo era “drama filosófico”, reconocía con pesar a Didier Eribon. Su objetivo no había sido ese, sino un libro de aventuras “a lo Conrad”, cuyo argumento de base era una noticia que había leído en la prensa en la que se informaba de unos estafadores que habían intentado estafar a los indígenas de una remota isla del Pacífico, con “un fonógrafo que les hacía creer que sus dioses volvían a bajar a la tierra”. Los protagonistas deberían haber sido refugiados políticos y otros de orígenes diversos, que vivirían todo tipo de dramas entre ellos; unos protagonistas que, por cierto, recuerdan inevitablemente a los de películas tan presentes en aquel  momento como “Casablanca” o “Tener o no tener”, dos pelis geniales con Humphrey Bogart, de igual manera que el argumento de la historia no era muy distinto del de las novelitas baratas por entregas que podían adquirirse en cualquier puesto callejero de cualquier ciudad. Lévi-Strauss no tiene inconveniente en reconocerlo: “¡Una buena obra de bulevard es el súmun del género!”.

Por cierto, quien fuera mi maestro y de la mayoria de antropólogos catalanes, Claudi Esteva Fabregat me dejaba que muchas noches le acompañara en coche hasta su casa, en la Vall d'Hebron. No me cogía de paso, pero siempre me contaba cosas interesantes. Era su forma de devolverme el favor. Aprendí mucho en aquellos desplazamientos. Una vez me confesó cómo decidió hacerse antropólogo. Fue leyendo novelitas del oeste protagonizadas por Zane Grey, de esas que vendían en los kioskos. 

Yo amaba las novelas de Salgari. Todavía las amo. ¿Y sabes que libro me marcó la infancia?: El veranillo de San Martín, de Rafael Sabatini. Que hubiera sido de mi sin aquella lectura es todo un misterio que nunca conseguiré resolver.




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