dijous, 14 d’agost de 2014

Sobre ciertos locales de salsa como espacios sagrados. Consideraciones para Alba Marina González, doctoranda

Lo que está claro es que para su trabajo sobre la salsa brava y su público en Barcelona, Bourdieu es insustituible. Estamos hablando de gustos y nada más y nada menos que de gustos musicales. ¿Qué implica esa preferencia musical y de baile que quiere escrutar? ¿En qué forma le da la razón a Bourdieu a la hora de hacernos ver cómo, a pesar de lo que parece, no tiene nada de "emocional" o "vivencial"? Porque, no se engaño, con lo "vivencial" pasa lo mismo que con el placer estético puro, la conmoción ante lo sublime que Kant nos hizo pensar que era autónomo, que configuraba una especie de Reino de la Verdad que podía existir aparte del mundo real.

La premisa teórica la conoce bien: los criterios del gusto personal permiten a los individuos ejercer una adhesión a cada uno de los niveles en que pueden ser divididas las producciones estéticas o intelectuales, de los cuales sólo el más elevado aparece como merecedor de una máxima legitimación. Estas orientaciones del gusto individual tienen una doble virtud ordenadora. Es cierto que por un lado reflejan con bastante exactitud la división social en clases económicas, pero al mismo tiempo generan un entramado social paralelo a partir de su capacidad taxonómica propia, que permite que las personas se enclasen a partir de su grado de adscripción a los énfasis de cada uno de los estratos culturales reconocibles.

Pero vayamos por partes. Volvamos a aquello que al principio de su andadura académica en relación con la tesis fue la conexión entre salsa brava y ritos de trance. Eso es correcto manténgalo. Es verdad. Está claro que hay una pretensión de que la experiencia al tiempo somática y subjetiva de la salsa remita a una estética y una ética de la posesión. No pierda ese viejo anclaje, pero ayúdeme a darle una torsión, una visión que la vea desde otro punto de vista.

Cuanto hablábamos de esa dimensión como mística, soteriológica, inciática... de la salsa y de los ambientes salseros, especialmente en su versión no comercial, sino "auténtica", la salsa brava, lo que hacíamos era otorgarle un estatuto cuasi de culto que sin duda le convenía, sobre todo a ojos de sus informantes, incluyendo a Madam Kalalú. Es una cuestión a la que siempre volvíamos. Madam Kalalú era una auténtica oficiante y sus presentaciones tenían algo o mucho de auténtica misa. Recuerde su presentación en la Reina. Pero, ¿qué implicaba ello?

Permítame remitirle a la perspectiva que Weber nos brindó acerca del lugar de los sentimientos religiosos en orden a proveer tanto de sentido a la experiencia individual como de legitimidad a las relaciones de dominación. Imagínese que, en tanto campo ritualizado, que trasmite una especie de verdad de la raíces negras ­—reales o imaginarias— de quienes participan en la liturgia, la experiencia salsera tuviera algo o bastante de fuente de satisfacción para ese imperativo que Weber suponía impeliendo a los seres humanos a combatir el absurdo de su existencia y aliviar las insuficiencias de su dimensión profana, lo que se traducía en la importancia concedida a los bienes de naturaleza inmaterial, a partir de los cuales podía ordenarse, justificarse y jerarquizarse la experiencia de la vida y la dota de una plausibilidad que no poseía, insertándola además en un camino de rescate de las imperfecciones del mundo material.

Imagínese que junto a esa demanda individual de redención, la salsa y su mundo no fuera ajenos a, como Weber proponía, no estuviera del todo desconectada de la necesidad que los sistemas de poder y las clases dominantes tienen de mostrar su autoridad fundada en argumentos numinosos, aportando recursos doctrinales, pero también escenográficos y rituales, que prestando una significación a la existencia humana, actúen como poderosos mecanismos de control social, a la vez que procuran coartadas trascendentes para actuaciones públicas o privadas de gran calado.

La concepción del ambiente salsero como forma de una cierta espiritualidad casi religiosa se aprovecha de la ambigüedad crónica de sus límites y de sus contenidos, como si la inefabilidad fuera parte consustancial de su naturaleza. Se postula, de entrada, la existencia de un espacio declarado franco por el que pululan hechos, personalidades y productos que se definen por la imposibilidad de definirlos, hasta tal punto remiten a un dominio de lo inclasificable y lo inconmesurable y asumen una condición de sagrados, en el sentido de radicalmente distintos de todo lo irrelevante que configura la vida vulgar de los individuos ordinarios, el infierno tenebroso de lo material, todo lo que se amontona en las cotidianidades y aparece carente de significado real, el mundanal ruido. Sagrados también en el sentido de que todos esos acontecimientos, personajes y producciones suscitan una actitud que debe ser ritual, es decir litúrgica, sometida a protocolos de aproximación o evitamiento que advierten de cada ejecutante como individuo dotado de cualidades mediúmicas que le permiten entrar en contacto con dimensiones de la percepción y del conocimiento inaccesibles a las demás personas, y al espectador como individuo consagrado a una forma de ejercicio espiritual, o, como lo planteaba Bourdieu, “una especie de participación mística en un bien común”.

Además de Weber, y sin perder de vista a Bourdieu, aceptemos también la premisa materialista de que toda adhesión estética, y no digamos si se disfraza de una cierta trascendencia, es ideología encubierta y encubridora. Y si decimos que tiene algo de religiosa, entonces tendremos que pensar con Durkheim y Mauss que lo que está haciendo es fetichizar relaciones sociales, es decir actuando haciéndonos ver representados los vínculos humanos reales –fuertemente determinados por intereses económicos y de poder– como basados en principios desinteresados y libres, fundamentados en la pura vivencia de la salsa como una instancia sobre o extrahumana.

En tanto que servicio, la oferta salsera atiende esa necesidad de lo "innecesario", por volver a la clave bourdiana. Los suyos bien podríamos decir que son servicios espirituales, en un sentido literal, puesto que atienden lo que se supone que se opone y es ajeno a lo mundano, expresión de un nuevo tipo de pietismo que confía en la presunta naturaleza ajena las contingencias de lo social del disfrute emocional u sensitivo que proporciona el contacto con lo sublime que la salsa vehicula, que permite a los participantes pensar que pueden escapar del lugar objetivo que ocupamos en una no menos objetiva estructura social, dejarla atrás para reconciliarnos en un ideal mundo en que el buen gusto nos hace momentánea aunque verdaderamente libres e iguales.

Siguiendo con esa tipificación en tanto que pseudoreligiosidad. Los gestores o especialistas se constituirían en parte de una especie de clericato, profesionales cuya función sería administrar tanto espiritual como materialmente todo lo relacionado con el numen. De igual manera, las figuras del artista, el músico o los bailadores más virtuosos, corresponderían, en efecto, a las de personajes que han sido literalmente poseídos por una instancia sobrehumana que se manifiesta, que puede ser interpelada y que se encarna en ellos o los convierte en instrumentos vicariales de su acción. Asistir al espectáculo del artista —siempre pienso en Madam Kalalú— implica contemplarlos entrando en trance para desplazarse a o dejarse invadir por ese mundo paralelo donde reside el sentido último de las cosas y al que los demás mortales que le rodean o asisten a su éxtasis no tendremos jamás acceso. En cuanto a los técnicos y especialistas —administradores, críticos, curadores, promotores, técnicos— actúan a la manera de mediadores también, aunque lo sean de manera funcionarial y no, como ocurre con el artista, carismática.

Seguiré más adelante con más consideraciones. 



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