dimecres, 20 d’agost de 2014

Algunas impresiones intranquilas sobre el espacio público en Medellín.

Planetario y Parque de los Deseo, Medellín
Consideración para la arquitecta Isabel Correa, arquitecta

Usted conoce mi escepticismo y hasta mi hostilidad ante el tipo de discursos en que ahora se está empleando, reificándolo, el concepto de "espacio público". En su caso lo que le sugiero es que lo problematice más, que no lo dé como un hecho, como algo que está ahí, sino que advierte la profundidad de ese concepto en cuanto a sus concomitancias políticas. Recuerda: espacio público es una categoría tomada de la filosofía politica; no es un "sitio". Yo le ayudo en esa génesis y le doy algunas pistas, aunque le llevan solo a introducir la cuestión en el planteamiento inicial de su tesis, a la hora de presentar sus premisas teóricas. Hannah Arendt y Habermas deben aparecer en algún momento, puesto que es de ello que emana ese concepto, repito, politico, de espacio público.

En cuanto a Medellín yo no soy otra cosa que un visitante enamorado. Lo sabe bien. No puedo ofrecer que una impresión superficial y le pido que tome lo que le diré como tal. La autorizo a que me desautorice si lo cree oportuno.

Pero el caso es que cuando yo llegué por primera vez a Medellín en 1994, para al Congreso de Antropología en Colombia, le prometo que nadie hablaba de "espacio público". Es más, cuanto intervine e hice alguna referencia a esa noción en mi intervención en el congreso alguien me reprochó que este correspondía a un universo urbano completamente ajeno a la ciudad latinoamericano. "En Medellín -me dijeron- no hay espacio público".

Usted sabe también que he ido yendo a su ciudad de manera más o menos regular y, entre los grandes cambios, me fui encontrando crecientemente con un discurso político que empezaba a emplear esa retórica que podríamos llamar "ciudadanista" de manera constante, y no solo para etiquetar cierto tipo de intervenciones urbanisticas, sino para hacer una especie de didáctica de las "buenas prácticas", es decir de una especie de virtuosismo basado en una suerte de "amor civil" o algo por el estilo.

Entre las primeras cosas que me inquietaron fue lo que vi en el entorno de la iglesia de La Veracruz, todo lo que fue la iniciativa de generar Ciudad Botero, aquella especie de despanzurramiento de la zona de lo que fue el Palacio Municipal, hoy Museo Botero, un asunto, por cierto,  que motivó un magnífico texto de Jairo Montoya que le recomiendo:  “Arte urbano, espacios terroríficos”, Sileno, 13 (diciembre 2002), pp. 118-130. Si no lo puede conseguir, yo se lo envio. Ese vaciado del núcleo histórico de Medellín –“recuperación”, se dijo– se planteo desde el principio como una actuación de saneamiento, no sólo de cualquier presencia edificada que pudiera antojarse inadecuada al nuevo entorno a generar, sino de toda humanidad inconveniente para un paisaje urbano hecho de Arte y de una determinada manera de entender el arte urbano en particular. Recuerdo que tuve noticia de  una operación policial previa a la inauguración del entorno se encargó de “limpiar” el sector de vendedores ambulantes, prostitutas, drogadictos, parados y sospechosos en general. Decorar la ciudad volvía a ser, de nuevo, purificarla, liberarla de sus estigmas y de sus estigmatizados, por mucho que en realidad esa higienización no hiciera otra cosa que desplazar esa mugre humana indeseable que se extendía en la plaza a la parte posterior de lo que en la actualidad es el Museo Botero, tal y como pude comprobar más tarde.

O el Parque de los Pies Descalzos, frente al edificio de las Empresas Públicas, una especie de parodia de espacio zen que continua siguiendo el modelo de plaza dura que ha exportado Barcelona, con jardín, laberinto, estanque..., a disposición de unos usuarios. Me espeluznó ver a una especie de monitores dando instrucciones a los usuario acerca de cómo usar correctamente cada elemento del parque. Llegué a la conclusión de que encontraba en Medellín lo que había dejado atras en Barcelona: una obsesión para asegurar una permanente custodia  que haga inconcebible cualquier actuación “incívica” y asegure que los concurrentes serán atendidos por guías especializados que les acompañaran en todo momento. Ningún destrozo, ninguna alteración, ni el más mínimo grafito, en espacios solemnes, pretenciosos, súbitamente pacificados, que contrastan con la tumultuosa y problemática vida real que los rodea, no sólo en el sentido de que los envuelve, sino en el de que los tiene sitiados.

Lo mismo cuando Felipe Uribe me llevó a ver un trabajo suyo que usted conoce bien: el Planetario. Allí me encontré con monitores parecidos que me dijeron que se dedicaban a impedir utilizaciones "inadecuadas" del espacio. Me informaron que, entre otros usos inaceptables, era el de que las parejas se besasen.

La misma me impresión me dio el Parque Los Deseos, frente al Planetario y al lado de los terrenos de la Universidad de Antioquia, que tiene a sus espaldas el barrio Lovaina, sitio de prostitución y venta de drogas.   O, por último, la Plaza de la Luz, ocupando –redimiendo– lo que fue la parte más dura del barrio de Guayaquil, cuya población marginal ha sido debidamente desplazada a recovecos más discretos del centro de la ciudad. Sabes, me dio la impresión que aquel espacio tenía la vocación de ser una especie de cortafuegos o colchón que evitara un contacto excesivo entre el centro administrativo, la Alpujarra, y lo que queda de Guayaquil. Pero fue una impresión.

Por cierto, no sé si le conté que dirijo una tesis sobre la "reforma" de Moravia. Es muy interesante, sobre todo porque tengo la impresión de que ha conseguido dar el pego y merecer el elogio incluso de arquitectos inequivocamente progresistas.

Pero el colmo fue cuando fui en el 2012 y me encontré con auténticos destacamentos de jovenes con una camisetas de color verde -creo- que ponía "Cultura del espacio público" o algo por el estilo. Me estrimecí. Junin lleno de monitores-policia que se dedicaban básicamente a hostigar a los vendedores informales. Luego leí información institucional y me pareció alucinante. Una prueba clara de cómo el discurso del "espacio público de calidad" estaba sirviendo en su ciudad lo mismo que en la mía: para funcionar como un colosal mecanismo de exclusión social. Piense en lo que han sido aquí las "normativas civicas" y su aplicación, evocando exactamente ese mismo discurso.

En fin, yo solo le digo que son impresiones y como tal debe tomarlas. 






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