diumenge, 20 de juliol de 2014

"¿Vas con mujeres? ¡No olvides el látigo!". Sobre algunas visiones de Nietzsche sobre la mujer y el feminismo. Nota para Emma Alarí, estudiante del Màster en Antropologia i Etnografia de la UB

"Lady Godiva", de John Collier (1896)
[Comentario sustictado a raíz de un mensaje de Emma Alari, estudiante del màster de Antropología y Etnografía de la UB, dirigido al grupo de investigación -OACU- a propósito de la misoginia que delatan algunos poemas de Baudelaire]

Quien tenía una espléndida imagen de la mujer era Nietzsche. Mirad lo que escribe en Así habló Zara­tustra:


"Todo en la mujer es un enigma, y todo en la mujer tiene una única solución: se llama embarazo.

Dos cosas quiere el hombre auténtico: peligro y juego. Por ello quiere él a la mujer, como el más peligroso de los juguetes.
El hombre debe ser educado para la guerra, y la mujer, para la recreación del guerrero: todo lo demás es tontería... Y la mujer tiene que obedecer y tiene que encontrar una profundidad para su superficie. Superficie es el ánimo de la mujer, una móvil piel tempestuosa sobre aguas no profundas.
Pero el ánimo del hombre es profundo, su corriente ruge en cavernas subterráneas: la mujer presiente su fuerza, mas no la comprende...
¡Es extraño, Zaratustra conoce poco a las mujeres, y, sin embargo, tiene razón sobre ellas! ¿Ocurre esto porque en la mujer nada es imposible?
"¡Y ahora toma, en agradecimiento, una pequeña verdad! ¡Yo soy lo bastante vieja para ella!
Envuélvela bien y tápale la boca: de lo contrario grita a voz en cuello, esta pequeña verdad".
"Dame, mujer, tu pequeña verdad!", dije yo. Y así habló la viejecilla:
"¿Vas con mujeres? ¡No olvides el látigo!".‑


En la misma obra, mira lo que Nietzsche decía del matrimonio y del papel que en desempeñaba la mujer:

Digno me parecía a mi ese hombre, y maduro para el sentido de la tierra: mas cuando ví a su mujer la tierra me pareció una casa de insensatos.
Sí, yo quisiese que la tierra temblase en convulsiones cuando un santo y una gansa se aparean.
Este marchó como un héroe a buscar verdades, y acabó trayendo como botín una pequeña mentira engalanada. Su matri­monio lo llama.
Aquél era esquivo en sus relaciones con los otros, y seleccionaba al elegir. Pero de una sola vez se estropeó su compañía para siempre: su matrimonio lo llama.
Aquél otro buscaba una criada que tuviese virtudes de un ángel. Pero de una sola vez se convirtió él en criada de una mujer, y ahora sería necesario que, además, se transformase en ángel.
He encontrado que ahora todos los compradores andan con cuidado y que todos tienen ojos astutos. Pero incluso el más astuto se compra su mujer a ciegas.
Muchas breves tonterías ‑eso se llama entre nosotros amor. Y vuestro matrimonio pone fin a muchas breves tonterías en la forma de una única y prolongada estupidez.

En Más allá del bien y del mal, Nietzsche se destapa no sólo como antifemenino sino como un severo denigrador del recién nacido movimiento feminista. Allí, Nietzsche superpone la repugnancia que le producen los ideales de libertad feme­nina a la indigna­ción por la perspectiva de una mujer que abandone el reducto de actividad poderosa que le es propio, esto es que escape de las iglesias, aquellas "cavernas de dulzona fragancia", como él las llamaba, donde se rinde culto a unos dioses a la altu­ra de la absoluta falta de virtudes de la mujer y apropiados a su espíritu mezquino e insignifi­can­te. La opinión que le merecían las crecientes demandas favo­rables a la emancipación de la mujer queda aquí reflejada:


La mujer quiere hacerse independiente, y para comenzar quiere enseñar a los hombres la esencia de la mujer, que es uno de los más odiosos progresos del embrutecimiento general de Eu­ropa. ¡Qué cosas tan feas saldrán a la luz en estas expe­­rien­cias con que la mujer quiere ponerse al desnudo! Hartos moti­vos tiene la mujer para ser pudorosa: ¡hay en ella tanta su­perficialidad, tanta superabundancia de cosas aprendidas en la escuela, de cosas pequeñas, presuntuosas, desenfrenadas e inmodestas!... ¡Tantas cosas que hasta hoy no tuvieron otro freno que el miedo al hombre! ¡Ay de nosotros si el eterno fastidioso de la mujer hallase ancho campo! ¡Si la mujer tu­viese que olvidar su modestia y sus artes, que son la gracia, el amor, el disipar los cuidados, el hacer agradable la vida, el enseñar a no tomarla nunca en serio y si tuviese que de­samparar su fina maña de despertar apetitos deleitosos!



Oyese un clamor de voces femeniles que ¡por San Aristó­fanes! mete miedo; óyense amanazas de un precisión médica acerca de lo que la mujer exige y exigirá al hombre. ¿No es cosa de mal gusto esto de que se meta a sabia? Hasta hoy, gracias a Dios, el explicar las cosas era oficio de los hom­bres, era un dote de los varones, y así todo quedaba "en fa­mi­lia". Por lo demás... ¡qué le importa a la mujer la verdad! Desde que el mundo es mundo, para la mujer no hay cosa más extraña, más antipática y enemiga que la verdad; su gran arte consiste en la mentira; lo que más le preocupa es la aparien­cia, la belleza... Y finalmente, pregunto yo: ¿hubo jamás una mujer que concediese profundidad a una cabeza de mujer, justicia a un corazón femenil? Y en tesis general, ¿no es cierto que quienes menosprecian a la mujer fueron siempre las mujeres mismas? Nosotros de ninguna manera. Los hombres de­seamos que la mujer no comprometa su porvenir con las luces del progreso.


Y de nuevo en Así habló Zaratustra:

Desde la Revolución acá se ha ido disminuyendo la influencia de la mujer, a medida que aumentaron sus pretensiones: la emancipación de la mujer, en cuanto querida y favorecida por las mismas mujeres, se revela como un síntoma curioso de la debilitación de los instintos esencialmente femeninos.



Hay en tal movimiento una estupidez casi masculina, de la cual debería avergonzarse toda mujer sensata. Perder los medios que más conducen a la victoria; descuidar el ejercicio de las armas que son propias de las mujeres; mancharse con "el libro", en la fe del hombre en el "eterno femenino", la creencia en un ideal diverso del suyo y oculto en la mujer; tratar de persuadir al hombre de que la mujer no es ya un animal doméstico más delicado, fiero y agradable, que reclama ser mantenido, protegido y complacido; acumular y exhibir todas las formas de esclavitud a que está sometida la mujer (como si la esclavitud no fuera una condición necesaria de toda gran civilización)... ¡Y que haya tantos amigos y co­rruptores imbéciles de la mujer entre los asnos doctos del género masculino (...) que quieren rebajar a la mujer hasta el nivel de la cultura general, de la lectura de periódicos y del politiqueo! ¡Y se las quiere hacer espíritus libres, lit­eratas, como si una mujer irreligiosa no fuese, aun para el hombre ateo, algo repugnante y ridículo!



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