diumenge, 27 de juliol de 2014

Sobre el turista como flâneur y el valor eterno de lo efímero. Mensaje para Fernando Vilches, doctorando y turista en Viena

La fotografía es de Jen Xi
No me negarás que tiene algo de despectivo y triste ser turista, como todos y yo mismo lo somos varias veces al año. El turista tiene mala reputación, comparado al menos con los perfiles mucho más dignos que se le atribuyen al viajero o al cosmopolita. Mema distinción, por cuanto nada les distingue en realidad, a no ser la convicción que éstos puedan albergar de que algún tipo de predisposición especial y más elevada permite hacer de ellos extranjeros distinguidos, ese decir distinguibles tanto del nativo como del mero visitante adocenado que va dónde le llevan, sin pensar, sin entender nada, sin gozar verdaderamente de las joyas que contempla... Distinción inútil, porque todo viajero lucha, sin conseguirlo, porque no le confundan con lo que en realidad no deja de ser: un turista altivo. Pero si todo viajero es un turista, todo turista reúne las cualidades del viajero, entre las cuales está la de no poder dejar de pensar sobre las implicaciones del estar aquí y del estar allí, de haberse dislocado para que la experiencia de un lugar le permita distanciarse, tomar perspectiva, para evaluar de la del otro, aunque sea sólo durante unos días, incluso durante unas horas. El alejamiento y el ocio dan a cavilar y por ello, por mucho que se le desprecie, todo turista es un peregrino místico disfrazado de superficialidad, a su manera un filósofo, puesto que no hay viaje –por banal que se antoje– que no sea, por definición, filosófico

No olvides que no pocos pensadores emplearon el desplazamiento turístico como fuente de inspiración para algunas de sus mejores aportaciones. Fue a turistas a quienes debemos visiones acertadas y profundas de su experiencia breve y en apariencia superficial como transeúntes extranjeros, de paso por lugares en los que todo devenía de pronto significativo. Por eso te pedía que me describieras tus primeras impresiones. Todos ellos le dieron la razón al explorador por antomasia, el capitán Richard Burton, que, en sus Vaganbundeos por el Oeste de África (1862; publicado por Lartes)– aconsejaba pasear unas horas por una ciudad –como él por Funchal o Santa Cruz de Tenerife–, permanecer en ella apenas un par de días, para que se propiciase una percepción espontánea de sus cualidades sensibles, una intuición sobre su naturaleza singular que quizás una estancia más prolongada no permitiría: «No desdeñes, amable lector, las primeras impresiones de un viajero. La mayor parte de los autores de guías justifican su autoría con los argumentos de una “estancia prolongada”, un “conocimiento práctico” y una “experiencia de quince o veinte años”. Es su manera de ridiculizar al intruso audaz que, tras unas pocas horas de ronda y de cháchara, se inmiscuye en su terreno. Sin embargo, estoy convencido de que si se quiere trazar un esbozo perspicaz, bien definido, hay que hacerlo inmediatamente después de llegar al lugar, cuando la apreciación del contraste se encuentra bien fresca en la mente». Algo parecido apunta Merleau-Ponty sobre la impresión que recibió de París en el momento justo de salir de la Gare du Nord. Lo hace en su Fenomenología de la percepción (Península).

No olvides que fueron de esa naturaleza las apreciaciones obtenidas por quienes aplicaron su talento a la breve visión de otra ciudad:  Baudelaire en Bruselas, Céline en Londres, Lord Byron en Lisboa, Stendhal en Milán, Paul Klee en Génova, Nietzsche en Turin, Nerval en Basilea, Ruskin o Thomas Mann en Venecia, George Sand o D. H. Lawrence en Nápoles, Lorca en Nueva York... ¿O es que Fernando Pessoa no escribió una guía turística –ciertamente particular, es cierto– sobre aquella Lisboa que tanto amó? Lo tienes en Lisboa. Lo que el turista debe ver (Endymon).

Hay libros de pensamiento importantes, escritos en la última mitad del siglo XX,  cuyos autores son turistas. Por ejemplo, Pour l´Italie, de Jean-François Revel, que no sé si está traducido. Algunas de las observaciones más lúcidas de Ronald Barthes derivan de su experiencia como turista en Tokio –El imperio de los signos (Mondadori), o en Marruecos –Incidentes (Anagrama), y acaso una de las obras más capitales del pensamiento contemporáneo, La invención de lo cotidiano (Iberoamericana), de Michel de Certeau, alcanza su punto culminante cuando su autor lanza una mirada de turista sobre Nueva York desde lo alto del hoy desaparecido Word Trade Center. Varios de los trabajos de prestigio que aquí se han mencionado –América, de Jean Baudrillard (Anagrama); El viaje imposible, de Marc Augé (Gedisa)– son el resultado de viajes de sus autores que no cabría dudar en calificar de turísticos.

El cine también ha sabido hacernos pensar sobre la falsa intrascendencia del viaje turístico y sobre su importancia en orden a hacer reflexionar sobre las relaciones de cada cual consigo mismo, con los demás y con el mundo en que vive y del que momentáneamente se ha alejado, sea en clave dramática –como en De repente, el último verano, de Joseph L. Mankiewicz (1959), según la pieza de Tennesse Williams– o de aparente comedia –Vacaciones en Roma, de Wyliam Willer (1953) o Locuras de verano, de David Lean (1955). Como deber te puse una visión urgente de esa obra maestra absoluta que es Te querré siempre (Viaggio en Italia), de Roberto Rossellini (1953), cuyo tema no es otro que el balance vertiginoso de sí misma a que se abandona su protagonista –Ingrid Bergman– a través de sus desplazamientos por Nápoles, bajo el aspecto de una  turista aparentemente ociosa. Tampoco son una excepción las estancias cortas como la tuya. En la magistral On the Town, de Stanley Donen (1949), los tres marineros que esperan pasar una jornada de permiso  en Nueva York visitando como buenos turistas los lugares emblemáticos, se ven rápidamente desviados del itinerario prefigurado por su guía turística, atrapados por distintos imprevistos que les arrastran a una deriva por las calles y el metro de la ciudad, un torbellino en que vivirán encuentros insospechados, amores a primera vista, situaciones inopinadas, aventuras a la vuelta de la esquina. Ya sabes: lo urbano.

Los turistas en el fondo somos unos marginado, puesto que –a pesar de las comodidades que nos brindan– los locales en gran medida nos marginan de sus intercambios, nos mantienen a distancia, nos desprecian. Somos justamente lo que hablábamos: guiris, seres que se suponen adocenados, sin criterio, fáciles de engañar, torpes, ridículos con esa vestimenta que permite ser distinguidos enseguida, circulando en cohortes parecidas a rebaños por los lugares más previsibles. A pesar de los privilegios que se nos deparan, estamos en la banda más baja del escalafón de los viajeros. Sabemos que somos un recurso pero también un estorbo, y quizás por ello, y ya que no nos dejan participar, no nos queda más remedio que abandonarnos a la tarea –convulsiva casi– de mirar.

Somos, lo volverás a descubrir hoy, una forma radical del flânneur baudeleriano, ese personaje central en la modernidad que se abandona a la pura travesía diletante de la ciudad, por el placer de caminar y sin otra tarea que la de gozar de las virtudes del puro observarlo todo. Pero somos más que paseantes ociosos: somos sobre todo merodeadores. No sólo miramos, sino que buscamos y encontramos, como Barthes advertía, ante todo signos, es decir nudos entre un significado que traíamos con nosotros y significantes que deberían estar ahí, como esperándolo. Por ello, nuestra tarea —tu tarea hoy— no se limita a observar, sino que, como merodeador queeres, emplearás todo tu tiempo en labores de reconocimiento, que –en el sentido original de la palabra– tienen que ver con un cierto fin de pillaje. Según el Salvat Universal, el merodeador es, en efecto, el soldado que se aparta de su destacamento «para vagar en busca de algo que coger o robar». Por extensión, el merodeador es «aquel que, sólo o en cuadrilla, vaga por el campo viviendo de lo que consigue recoger o lo que hurta». En un sentido todavía más amplio, el merodeador es quien «vaga por las inmediaciones de algún lugar o va repetidamente al mismo sitio, sin un fin determinado o para observar, espiar u obtener algo».

Ese es ser turista. Eso eres tú. Te pasarás el día de hoy en la labor de localización de exteriores, explorando los lugares y los momentos de los que te apoderarás con tus fotos o tus miradas. Raptarás sitios, recolectarás instantes y los convertirás en instantáneas. Pero esa labor no es menos digna; avisa sobre el valor que le concedemos a lo irrepetible, puesto que responde a la certeza que tenemos de que todo cuanto pase no volverá a pasar. Vivirás de lo vivido, puesto que cuando tú ahora y aquí este entonces y allí, cuando quienes te acompañen no estén o se hayan ido, entenderás el valor eterno de lo fugitivo.



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