dissabte, 12 de juliol de 2014

Lectura recomendada: Ruddy Ricciotti, "La arquitectura es un deporte de combate" (Arquine, 2013)

Lectura recomendada: Ruddy Ricciotti, La arquitectura es un deporte de combate. Traducción de Alejandro Hernández Gálvez, Arquine, México DF, 2013, 80 páginas.

Con este título el arquitecto Rudy Ricciotti arrecia con todo en un libro-manifiesto en forma de conversación con el crítico David d´Équainville. Se trata de un relato animado con juegos de palabras y fórmulas provocadoras para rechazar frontalmente las convenciones de la arquitectura contemporánea azotada, según Ricciotti, por el minimalismo de supermercado, la pornografía arquitectónica reglamentada, y la obsesión por las azotas verdes.

Rudy Ricciotti, nació en Argel en 1952, se crió en la Camarga, en la Provenza, en Marsella, en las riberas del Ródano y en las playas del Mediterráneo, tatareando Sympathy for the Devil de los Rolling Stones. Ha sido galardonado con el Gran Prix nacional de arquitectura en 2006, es miembro del consejo editorial de la revista Architecture d´Aujourd´hui y autor de varios libros. Resistente a la globalización donde todo es intercambiable, Ricciotti es un apologista del concreto, un defensor de la sabiduría de los artesanos locales y demuestra con sus obras su posición beligerante: el centro coreográfico de Aix-en-Provence, el puente del Diablo en Gorges de Hérault, el museo Cocteau en Mentón o el Museo de las civilizaciones de Europa y del Mediterráneo en Marsella, recientemente inaugurado.

Este pequeño libro es una gran bomba: es un manifiesto provocador y saludable que no deja títere con cabeza, donde sus colegas arquitectos, los políticos o los maestros quedan absolutamente desprestigiados. Los unos sometidos al minimalismo anglosajón que favorece el consumo de tecnologías sofisticadas, disfrazadas de ecológicas y verdes (distinguiendo entre arquitectos tipo “pollo en la autopista” o “conejo en el bosque”). Otros atrapados entre la urgencia y los manejos turbios de una política alejada de los ciudadanos. Y los maestros de las escuelas de arquitectura, cool-ciclistas-vegetarianos-aeróbicos-no-fumadores, que encumbran las arquitecturas minimalistas, verdes y sustentables, alejados de la práctica, de la obra y de los oficios.

Para este francés meridional, transformar la realidad no debe ser una utopía y la arquitectura debe asumir su dimensión política, ya que no deja de ser su petrificación. El tono altanero, soberbio y ausente de toda modestia de su discurso se sustenta con una obra también soberbia. En el Estadio Jean-Bouin de París el volumen toma las alturas máximas autorizadas por el reglamento municipal -distintas en función de cada frente- obteniendo un testimonio formal, que es la representación arquitectónica de las contradicciones del plan de urbanismo, y uno de los edificios públicos más interesantes de la capital francesa. El puente del Diablo es una pasarela de setenta metros sin ningún apoyo. Una barra de concreto de alta resistencia, donde la estructura nanotecnológica de las fibras que lo componen permiten compresiones extremadamente altas. En la memoria está la osadía de Leonardo da Vinci o de Eugène Freyssinet (inventor del pretensado) y en la obra, un ratio de un ingeniero por cada tres obreros consiguen sacar a relucir las virtudes plásticas del concreto. En este puente aúna la dimensión primitiva de la materia y la ingeniería más espectacular, donde conviven naturaleza y artefacto.

En Marsella llevó a cabo el MuCEM (Museo de las civilizaciones de Europa y del Mediterráneo). Resultado de un concurso en el participaron Rem Koolhaas, Zaha Hadid, Steven Holl y el parisino Patrick Berger, Ricciotti fue el único mediterráneo. Consciente del reto, se alejó de todo guiño formal y su apuesta fue ideológica, apelando al sentido de la navegación, a la autonomía y a la permeabilidad. Una caja de encajes que es piel y es celosía, alude pero no cita, dialoga con las fortificaciones portuarias sin someterse, para convertirse en el nuevo ícono del puerto marsellés. Cuando pareciera que estaba todo dicho, Ricciotti propone una forma simple y porosa que alberga la complejidad de una cultura milenaria con veintitrés países y quince lenguas alrededor de un cuenco.

Este Howard Roark que interpreta Ricciotti -en lugar del galán Gary Cooper de El Manantial- está convencido que debe transformar la realidad con acciones acordes a sus convicciones. Y con toda la insolencia defiende una arquitectura de combate. Bravo.




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