diumenge, 20 de juliol de 2014

La visión del krausismo y de Ferrer y Guardia a propósito de la necesidad de elevar intelectualmente a las mujeres para que cumplan con sus deberes de esposas y madres. Notas para la gente del OACU


Continuando con lo que os decía de Nietzche, su concepción de la mujer, como la de Shopenhauer, habrán de ser determinante de un cierto pensamiento reformista liberal que concibió la mujer como alguien de quien depende la felicidad del marido, la educación de los hijos y el bienestar de la familia, y en cuanto a la hija, se entiende que se la debe preparar para reproducir el paradigma que su madre ha encarnado en el escenario doméstico. De hecho, las figuras de la esposa y de la hija se intercambian en el fantasma social –que la literatura naturalista y realista del XIX invoca una y otra vez– de la muchacha que ha de ser formada, educada por un esposo-padre del que el referente literario podría ser el Pigmalión de Bernard Shaw (1913). El desempeño de este estratégico papel de la mujer en el seno de la familia y la sociedad se enfrenta con su tendencia endémica a la credulidad excesiva, al ritualismo vacío y la superficialidad en la conducta, defectos que pueden resultar fatales en la formación de los hijos, asuntos que recordaréis que trataba en la parte de mi tesis doctoral que apareció publicada como Las palabras de otro hombre (Muchnik). Es por culpa de tales defectos que los varones devienen, por esa vía, víctimas inocentes de una educación preñada de los prejuicios supersticiosos y antimodernos de los que la madre ha sido, por su vulnerabilidad mental y por su dependencia respecto del cura, vehículo. 

La premisa era en cualquier caso clara: la mujer, por su singular constitución mental, naturalmente inferior y más frágil, está a merced de la perversidad manipuladora de la Iglesa. La mujer no sabe ni puede pensar por si misma. Todo los tópicos del antifeminismo feroz del reformismo burgués del XIX aparecen a lo largo y ancho de una cierta literatura, cuyo primer exponente acaso fuera, a finales del XVIII , el Cornelia Boroquia –no en vano el relato de una muchacha raptada por un arzobispo y reclamada por su padre–, que sigue luego en la década de 1840 con las novelas de Huet y Allier, Garrido, Robello y Vasconi o Ayguals de Izco. Un resumen de esto lo tenéis en el libro de J.I. Ferreras Los orígenes de la novela decimonónica, 1800-1830 (Taurus). 

Ese asunto de la urgencia de una educación de la mujer con lo que son sus dificultades para elevarse sobre su pobre condición intelectual natural aparece en el krausismo. Fernando de Castro, que había inaugurado en febrero 1869 unas jornadas universitarias sobre la educación de las mujeres, en las que proclamó que la mujer tenía una importancia vital como «cédula social» básica, y, por lo tanto, «debe educarse, ante todo, para ser esposa y madre». Castro fue autor de un libro titulado elocuentemente La educación de la mujer, publicado en aquel mismo 1869, y dónde se recogían lo que debían ser las materias principales de la formación femenina: «La Religión y la Moral, la Higiene, la Medicina y la Economía domésticas, las labores propias de su sexo y las Bellas Artes, forman la base fundamental de su instrucción [...] la Geografía y la Historia, las Ciencias Naturales, la Lengua y Literatura patrias, con algunas nociones de la Legislación Nacional en lo relativo, especialmente, a los derechos y obligaciones de la familia». Estas citas las tomo de una cosa deliciosa que encontra de Ferandez de Castro titulado Conferencias dominicales sobre la educación de la mujer, de 1869, que estaba dentro de un libro de un tal Ch. H. Berkowitz, La biblioteca de Benito Pérez Galdós, publicado nada más y nada menos que por El Museo Canario en 1951. Una joyita.

Fernando de Castro es, sin duda, uno de los exponentes más conspicuos de la obsesión krausista por ligar la constitución de matrimonios equilibrados y competentes para encabezar la reforma general de las costumbres con una instrucción de las mujeres que hiciera de ellas una especie de remanso de paz en que el marido pudiera confirmar su naturaleza de rey de la creación. Esto es de las conferencias dominicales que os acabo de mencionar «Es imposible que por mucho tiempo esté contenta una mujer ignorante al lado de un hombre instruido, ni que éste sea feliz junto a una mujer privada de aquellos conocimientos absolutamente indispensables para mantener una vida de íntima y continua relación con la que es su esposa y la madre de sus hijos, y debiera ser además su consejera, su amiga y la depositaria de sus pensamientos y aspiraciones».

Lo que ocurre es que esa influencia acaba siendo capital para uno de nuestros referentes políticos y éticos: Ferrer i Guàrdia, cuya Escuela Moderna tiene una enorme deuda con la krausista Institución Libre de Enseñanza. No me extenderé por no complicarme la vida ni pelearme con nadie, pero Ferrer y Guardia tuvo un papel crucial en la incorporación a la ideología del movimiento libertario de doctrinas del reformismo burgués, incluyendo sobre todo su inevitable ingrediente anticlerical. Ferrer i Guàrdia estaba convencido de que sus postulados pedagógicos sólo eran viables si el hogar servía de complemento al ambiente científico y librepensador que el niño encontraría en el nuevo modelo de colegio que propugnaba. Ello resultaría posible integrando a las mujeres en la nueva escuela a través de la enseñanza mixta. Arrebatar a las niñas de la educación religiosa o de la influencia de sus propias madres, eliminar la infausta influencia en el hogar de unas mujeres teledirigidas hasta entonces desde la abyección clerical, era la única garantía de que los futuros hombres, «llegada la edad viril», no notarían la nefasta simiente dejada en ellos por una educación familiar desviada. Mirad lo que Ferrer y Guardia escribía en su La escuela moderna (Júcar), publicado en 1901.

"El agua fuerte de ideas más racionales, sugestionadas en el comercio social o efecto de privativos estudios, podrá tal vez raspar de la inteligencia del hombre los conceptos erróneos en la niñez adquiridos... Porque no hay que olvidar que quedan, después de todo, escondidos en los pliegues recónditos del corazón aquellas potentes afectivas inclinaciones que dimanan de las primitivas ideas. De donde resulta que en la mayoría de los hombres, entre su pensar y su hacer, entre la inteligencia y la voluntad existe una antítesis consumada, honda, repugnante, de donde derivan la mayoría de las veces los eclipses del bien obrar y la paralización del progreso. Ese sedimento primario dado por nuestras madres es tan tenaz, tan duradero, se convierte de tal modo en médula de nuestro ser, que energías fuertes, caracteres poderosamente reactivos que han rectificado sinceramente de pensamiento y de voluntad, cuando penetran de vez en cuando en el recinto del yo para hacer el inventario de sus ideas, topan continuamente con la mortificante sustancia de jesuita que les comunicara la madre."


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