dilluns, 28 de juliol de 2014

"La confluencia y la memoria". Un artículo de Alberto López Bargados (GRECS-UB)

La fotografia es de Jordi Secall y es de 2004

 LA CONFLUENCIA Y LA MEMORIA

Alberto López Bargados
GRECS-UB

Desde hace algunas semanas, las apelaciones enfrentadas a la memoria y a la desmemoria son, una vez más, un campo de batalla en la lucha por Barcelona. Eso no constituye, por supuesto, una novedad, ni tampoco es un signo distintivo de los conflictos que tienen lugar en la ciudad. También esta vez, como tantas otras en el pasado, la llama de la controversia prende en las trincheras excavadas en el campo de las izquierdas, y se declina sobre el horizonte apasionante que se abre a raíz de la crisis de autoridad que parece afectar al régimen del 78. Me refiero, como sin duda imaginarán, al debate generado en torno a la necesidad de estimular una confluencia de fuerzas políticas de izquierdas con el fin de articular una candidatura capaz de conquistar la alcaldía. En las declaraciones por momentos agrias que se han intercambiado en las últimas semanas, en la prensa y sobre todo en las redes sociales, tres parecen ser los personajes centrales de la trama: el proyecto Guanyem Barcelona, encabezado visiblemente por Ada Colau, que adopta la posición de un demiurgo al suscitar ese debate en virtud de su propia aparición, la Candidatura d'Unitat Popular (CUP), y finalmente Iniciativa per Catalunya-Verds/Esquerra Unida i Alternativa, en particular la primera de las fuerzas que componen esa coalición. 

Para entrar en el debate, diría que lo discutible del escenario de confluencia que se diseña estos días es que algunos de sus promotores -y la mayoría de quienes lo secundan- parecen concebirlo como una operación en abstracto entre objetos políticos puros que perseguirían un fin común, una estrategia requerida para dejar atrás la política del rencor y el locus de la derrota y avanzar en la fase definitiva de conquista del poder. Dejando al margen el acierto de semejante diagnóstico sobre las posibilidades de una victoria electoral al fin y al cabo frentista, la propuesta demanda una especie de suspensión de la memoria, una tabula rasa con todas las afrentas y deudas -sí, también con las deudas- acumuladas que sólo se justificaría por el advenimiento de un proceso constituyente que entierre a la vieja política de partidos y dé paso a una solución surgida de la combinación del carisma de ciertas figuras sobresalientes con el dinamismo desbordante del movimiento. En esas condiciones, los sujetos políticos en confluencia emulan a ese actor rabiosamente racional que realiza un frío cálculo de la situación, maximiza sus recursos y coopera con entusiasmo renovado en pro de un interés común. La negociación que demanda esa concurrencia se quiere presentar, pues, como la única opción posible ante la inminencia de un orden nuevo que surgirá del naufragio de formaciones y estructuras obsoletas. Quien no sea capaz de comprender eso, se nos repite una y otra vez, se ahogará sin remedio en el remolino que arrastrará a la vieja política.

Con frecuencia se dice que no conviene abrir una vía de negociación con los muertos encima de la mesa, porque entonces ésta se convierte en un memorial de reproches mutuos en el que una reparación satisfactoria se vuelve imposible, lo que sólo puede abocar a la frustración. La voluntad de negociación exige, de seguir ese razonamiento, un acto de desmemoria, al menos temporal, una voluntad de poner en suspenso el cálculo de agravios en provecho de un pacto que se antoja prioritario y cuya propia realización clausura la lista de demandas anteriores. En el estado español conocimos un acuerdo semejante en 1977, con ocasión de los llamados Pactos de la Moncloa, cuando las fuerzas políticas que canalizaron la lucha antifranquista, y en particular el PCE, renunciaron a todo propósito de rendición de cuentas por los crímenes cometidos durante la dictadura en el horizonte de una reconciliación histórica y de una normalización institucional. También entonces se exigió una enorme generosidad de parte de los agraviados, la interrupción de su juicio histórico bajo la promesa de que el régimen político que se avecinaba justificaba el sacrificio en virtud del carácter expiatorio de su propia cristalización.

A tenor del legado que nos ha reservado el deshonroso pacto de 1977, no merece la pena insistir en que el reguero de la devastación provocada por un acuerdo injusto genera al menos tanta frustración como la que en ese caso hubiera suscitado la falta de un acuerdo. Espero que se entienda el marco lógico en el que se inscribe esta comparación. No pretendo frivolizar con una analogía perversa entre las consecuencias del acuerdo que sentó los fundamentos de la cultura de la transición y la falsa alternativa que se ofrece estos días a quienes, como la CUP, dudan en incorporarse en Barcelona a una candidatura municipal que incluiría a algunos de los artífices de la esperpéntica "marca Barcelona". Al fin y al cabo, se dirá, aquel pacto pretendía reconciliar bandos enfrentados al menos desde el alzamiento militar de 1936, mientras que el que ahora nos ocupa dirime su esfera de actuación en la casa común de la izquierda, en definitiva entre compañeros de viaje... por bien que unos y otros se hayan enfrentado, no hace demasiado tiempo, en las trincheras de resistencia abiertas en la ciudad.

Si tengo evidentes reservas sobre quién pertenece aquí al bando amigo o quién al enemigo no es por causa de una rabieta pueril de actor destronado por las nuevas caras que conquistan la admiración del público o por una incapacidad para reinstalarme en la frecuencia de una nueva política que no acaba de parecerme tan nueva por mucho empeño que ponga en ello. Los eslóganes de ruptura, novedad y transgresión, al fin y al cabo, también forman parte del marketing político, y no tiene sentido demonizar la simplificación que ponen en práctica porque imagino que en eso debe consistir el intercambio de framings en la comunicación política. Lo que me parece comparable de uno y otro pacto, del que se urdió entonces y del que ahora pretende trenzarse, lo que suscita en fin mi desconfianza ante la virtuosa hermandad que ahora se invoca, es la convicción de que la frustración no tendrá su origen en las falsas expectativas que bien puede albergar el pacto por la alcaldía de Barcelona, ni siquiera en el pliego de renuncias que deberá asumir un sector de la izquierda por congraciarse con quienes sólo parecen aspirar a conservar su hegemonía en medio de las aguas agitadas tras el 15M. Tiempo al tiempo: todo eso ya se verá. Lo que despierta mis recelos es la desigualdad estructural profunda, infranqueable, entre unos y otros firmantes de ese eventual pacto.

Si los exorcismos en política tienen alguna esperanza de éxito, no es sólo porque, por emplear el símil terapéutico, sus curanderos logran convencernos con sus coreografías dramáticas de que el mal ha sido extirpado del cuerpo social y súbitamente los síntomas han mejorado sin que sepamos muy bien cómo, sino porque proceden a una operación previa de restitución, porque identifican a la víctima doliente y de ese modo dignifican su condición, predisponiéndola con ello a percibir el rito terapéutico como un modo de reconocimiento, como un homenaje implícito al sentido que aquélla había sabido encontrar en su propio dolor. Cuando esos gestos promueven una forma de catarsis en política es porque antes que nada respetan las demandas de las distintas partes en liza y tratan de restañar el abismo abierto entre ellas buscando un reconocimiento de la deuda contraída, del mal provocado, generando con ello una situación de reequilibrio entre los actores diversos que de ese modo son convocados a exponer sus demandas sin ocultarlas con el argumento de que son inoportunas o, peor aún, trasnochadas. Esa liturgia funciona al fin y al cabo al modo de una doble confesión: no pretende tanto neutralizar el conflicto banalizando su gravedad sino permitiendo su exposición por parte de los agraviados, y exigiendo una reparación que sea consecuencia de la asunción de culpa por parte de los agraviantes.

Nada de eso tuvo lugar, como ya sabemos, en 1977. La promesa de un proceso constituyente que en su propia virtualidad anularía la felonía que unos cometieron sobre los otros impuso una ley de silencio cuyos estragos sufrimos todavía. Apenas se hizo nada por dar voz a los ultrajados, y la impunidad fue la norma general con la que se obsequió a los ultrajantes. Nadie imploró el perdón, como nadie reconoció sus culpas, y fueron pocos, muy pocos, los que pagaron sus deudas para con la sociedad a la que habían traicionado. El resto es una historia conocida.

Sin duda será cierto que el paisaje político municipal de la Barcelona post-olímpica carece del peso dramático de todos esos acontecimientos. Aquí no identificamos las fosas que nos quedan por exhumar ni estamos hablando de la brutal expropiación de la memoria sufrida por todos los pueblos que componen el estado español. Sin embargo, el punto de partida para ese malabarismo político al que se nos conmina a sumarnos so pena de ser sencillamente borrados por el vendaval de la historia no es, en absoluto, alentador. Aquí se cuentan por centenares las corruptelas y las falsas contabilidades, y el compadreo ha sido la tónica general, más allá de retóricas denuncias y de alguna que otra renuncia. Aquí contamos con responsables directos de una gestión municipal que casi ha asestado un golpe de gracia a lo que queda de urbano en nuestra ciudad. Aquí los torturadores se pasean distraídamente por las calles, amparados en el uniforme que consagra su manual de instrucciones y en la anuencia de los gestores que callan y otorgan. Aquí hace demasiado tiempo que se nos ha perdido el respeto, y ahora, simplemente, se nos quiere invitar a ver las cosas de otro modo, a hacer borrón y cuenta nueva, a confiar en quienes hasta el momento han ofrecido pocos argumentos para merecerlo. Cuando, invocada la hora de las confluencias, nos pidan guardar silencio en nombre de una nueva forma de hacer política, deberíamos recordar que, bajo tales condiciones, esa política no puede ser más que un giro del lenguaje del que sabrán sacar provecho los oportunistas para prosperar una vez más y exhibirse complacidos con nuestro educado silencio. Vistas esas reglas de juego, la nueva política tal vez no sea sino la política de siempre.

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