diumenge, 27 de juliol de 2014

El lugar de la cultura en las dinámicas de transformación urbana. Referencias teóricas y bibliográficas para Alesya Sidorenko

Exterior de la Tate Modern. Fotografía de Alastair Ross
Sea cual se el enfoque que le quieras dar al papel de las grandes instituciones culturales, la premisa que no puedes olvidar en hasta qué punto se entremezclan en un mismo campo, en la actualidad, los valores asociados al arte y la cultura en general, por un lado, y, por el otro, grandes dinámicas de mutación urbana presentes a nivel planetario. Las políticas de reconversión y reforma urbana derivadas de la nueva era postayloriana, que están transformando la fisonomía tanto humana como morfológica de las ciudades, consisten en favorecer la revitalización de barrios que fueron populares y que se había dejado deteriorar o antiguas zonas industriales o portuarias ahora abandonadas y que se recalifican como zonas residenciales de categoría o se colocan al servicio de las nuevas industrias tecnológicas que exigen las lógicas globalizadoras. Esos grandes procesos de transformación urbana se llevan a cabo hoy, casi sin excepción, acompañados de todo tipo de actuaciones que invocan los altisonantes principios abstractos que se supone que deberían orientar la marcha de la Humanidad. En ellos las políticas de promoción urbana y competencia entre ciudades encuentran un valor refugio con que dotar de singularidad funcional lo que en la práctica son estrategias de mercado, además de fuentes de prestigio para las instituciones políticas ante la propia ciudadanía.

Entre esos valores universales representados como incontestables verás que destaca el de la Cultura, entendida como una instancia en cierto modo sobrehumana y con efectos casi salvíficos s0bre la gente que entra en contacto con ella. En ese sentido, es importante que al resultado de las intervenciones que se presentan como regeneradoras del tejido urbano quepa asignarles el atributo de creativas, dando a entender que han ido acompañadas de la radicación de industrias e instituciones en condiciones de proveer de bienes y servicios que se presumen también como culturales, así como que han servido para habilitar grandes polos de atracción simbólica. De ahí que cada gran proceso de especulación urbanística —disfrazado con todo tipo de eufemismos del tipo rehabilitación, recuperación, reforma...— haya incluido la inscripción en el territorio de espacios y en el tiempo de acontecimientos programados para escenificar discursos y retóricas que camuflan la gestión conjunta de interés privado y gestión pública en orden a hacer las ciudades competitivas como macroproductos de consumo. El resultado final de esas movilizaciones tempo-espaciales son las ciudades creativas, es decir las urbes que han sido proyectadas, en términos de márketing, no solo como nicho de instituciones culturales de renombre y escenario de grandes eventos —exposiciones universales, forums universales de las culturas, capitalidades culturales, congresos científicos o tecnològicos internacionales...—, sino también y acaso ante todo como núcleos hiperactivos de producción de imágenes y significados, que colocan el dinamismo intelectual, incluso eventualmente rupturista, en el centro del vestido de marca con que se comercializan en el mercado de ciudades. Tienes varias obras que te pueden ser útiles al respecto y que tienes en la biblioteca, ya sea la nuestra en el Raval o la de Económicas, en Pedralbes: Charles Landry y Franco Bianchini, La ciutat creativa (Diputació de Barcelona); Sharon Zukim, The Cultures of Cities (Blackwell), Graeme Evans, Cultural Planning: An Urban Renaissance, (Routledge), aunque acaso la más emblemática sea la de Richard Florida, Las ciudades creativas (Pòrtic).

Ese protagonismo argumental asignado a la imaginación y la creatividad se corresponde con lo que está siendo la creciente desmaterialización de las fuentes de crecimiento económico, cada vez más envuelto de todo tipo de acompañamientos estéticos, informacionales, artísticos, semióticos, etc. Una perspectiva teórica general sobre cómo las transformaciones urbanas actuales atienden las demandas del nuevo capitalismo cognitivo y la producción de bienes inmateriales, la puedes encontrar en varios trabajos. Te recomiendo que empieces por el artículo de Beatriz García que te adjunto, "Política cultural y regeneración urbana en las ciudades de Europa occidental", Revista de Investigaciones Políticas y Sociològicas, VII/1 (2008): 111-125. Luego tienes un librito que sacó hace años el MACBA que está muy bien como introducción. Es de dos clasicos del pensamiento urbano, Neil Smith y David Harvey, Capital financiero, propiedad inmobiliaria y cultura. Te adjunto el texto de Harvey, "El arte de la renta". 

Después de estos textos de introducción, puedes pasar a más cosas. Por ejemplo, Scott Lash y John Urry, Economías de signos y espacios (Amorrortu); George Yúdice. El recurso de la cultura (Gedisa); Allen J. Scott, The Cultural Economy of Cities (SAGE). Contamos con compilaciones que reúnen ejemplos concretos de esa relación. Por ejemplo, Monica Degen y Maloolm Miles, eds., Culture & Agency (University of Plymouth Press), o Blanca Fernández y Juan Pedro Lorente, eds., Arte en el espacio público. Barrios artísticos y revitalización urbana (Prensas Universitarias de Zaragoza). La mayoría de estos libros están en la biblioteca.

Lo que no has de olvidar es que esa misma Cultura, fetichizada y mistificada, no solo ha pasado a constituirse en parte de la infraestructura económica de las ciudades y en un incentivo para la inversión inmobiliaria o turística, sino que también se ha convertido en las últimas décadas en una auténtica religión de Estado, como ha defendido desde una perspectiva liberal Marc en El Estado cultural (Acantilado). En una intersección entre ambas funciones –la de motor del desarrollo capitalista y la de fuente de legitimación casi sobrenatural de los poderes instituidos– vemos proliferar macroiniciativas urbanísticas que nunca dejan de incluir, como ingrediente indispensable, enclaves especiales consagrados a la cultura, muchas veces distritos enteros presididos por lo que vendrían a ser verdaderos templos —museos, grandes teatros, auditorios, centros culturales polivalentes...— con funciones no muy distintas a la de las antiguas catedrales, encargados siempre a arquitectos famosos y que se imponen de manera arrogante, sin dialogar con ellos, brindado servicios a un público distinto del hasta entonces avecindado en la zona, al que la nueva presencia contribuirá probablemente a expulsar como consecuencia del aumento en el precio del suelo. En efecto: de este tipo de dinámicas se derivan importantes consecuencias en la valoración del espacio intervenido artística o culturalmente, entendiendo valoración no sólo en el sentido de elevación de la calidad ética o estética que se desea atribuirle, sino en el mucho más prosaico del precio del suelo, es decir de su rentabilidad.

El ingrediente “cultural” cumple por tanto varios objetivos. Por una parte, se impone un hito poderoso que irradia prestigio y elegancia y que convierte de pronto en atractivo un determinado sector de la ciudad hasta hacía poco deteriorado o en decadencia. Por otro lado, instaura un elemento de sacralidad y pureza que, evocando el papel de las antiguas catedrales medievales, se instaura de forma autoritaria sobre el territorio, dotándolo de una plusvalía simbólica que enseguida devendrá dineraria. Lo hace "desinfectándolo", por así decir, es decir contribuyendo a esas dinámicas para las que se emplea el eufemismo de "higienización", limpieza de lo que de sucio determinaba una zona urbana, incluyendo entre los objetivos de saneamiento un vecindario considerado de alguna manera inmundo. También este tipo de intervenciones rescata los sectores afectados de lo que podríamos llamar “el diablo urbano”, es decir la tendencia de la vida en la ciudad al enmarañamiento y la opacidad. El “factor cultural” actúa así en dos sentidos –uno sustantivo; el otro intangible– que son en realidad complementarios, indispensables el uno para el otro: contribuye a “limpiar” el territorio, a clarificarlo, tanto en el plano de las prácticas sociales consideradas inconvenientes para los proyectos de desconflictivización urbana, pero hace lo propio con las representaciones imaginarias que habían contribuido a estigmatizar un determinado sector. La Cultura funciona así al mismo tiempo como negocio y como exorcismo y expiación, puesto que sólo puede convertirse en dinero una ciudad que haya sido previamente liberada de las potencias malignas que la poseían –las nuevas y viejas formas de miseria, la tendencia a la ingobernabilidad, las grandes y pequeñas luchas– y que todavía son reconocidas como activas o al acecho.

Por supuesto que hay una enorme cantidad de ejemplos de cómo operan y obtienen resultados en forma de plusvalías este tipo de intervenciones urbanísticas asociadas a la ubicación de grandes centros de arte y de cultura y la generación de barrios de ambiente intelectual, bohemio y hasta "alternativo". Te escribiré algo sobre el caso que tienes más a mano, bien emblemático, que es el barcelonés, pero te adelanto algunos ejemplos en el Estado español: el caso del impacto de La Casa Encendida, del Reina Sofía y otras instalaciones artistico-culturales en el barrio madrileño de Lavapiés (Jorge Sequera, "Gentrificación en el centro histórico de Madrid: el caso de Lavapiés, en Rodrigo Hidalgo y Michael Janoschka, eds., La Ciudad neoliberal (Traficantes de Sueños; este te lo adjunto); el de la Ciutat de les Arts en la "invención" del barrio de Penya-Roja en Valencia (Josepa Cucó, "A la sombra de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias. Gentrificación en Penya-Roja", en Josepa Cucó, dir., La ciudad pervertida (Anthropos), o la misión encomendada al Guggeheim en el proyecto por convertir Abandoibarra en el distrito financiero de Bilbao (Andeko Larrea y Gorikoitz Gamarra, Bilbao y su doble (Gatzka Gunea) y el indispensable Joseba Zulaika, Crónica de una seducción. El museo Guggenheim-Bilbao (Nerea).


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