divendres, 30 de maig de 2014

Los violentos son los otros. Sobre la presencia de extranjeros en las protestas contra el desalojo de Can Vies en Sants

LOS VIOLENTOS SON LOS OTROS
Manuel Delgado

Como era previsible, las protestas contra el desalojo de Can Vies en Sants han desembocado, una vez más, en la agitación del espantajo de "la violencia" a cargo de incontrolados antisistema, okupas salvajes y demás fantasías mediáticas. Por supuesto que es inútil discutir con un discurso autista, incapaz de cualquier reflexión crítica, como la que advertiría de hasta qué punto es miles de veces más desoladora la violencia urbanística que lo que se presenta como "violencia urbana", o como si el Ayuntamiento no hubiera interrumpido la demolición del centro social y los medios de comunicación no se hubieran hecho eco de la problemática como consecuencia de que se hayan quemado contenedores y apedreado bancos. 

Pero permítaseme llamar la atención sobre la reaparición en escena de un viejo asunto, ahora más pertinente que otras veces desde el punto de vista de las castas políticas y mediáticas dominantes en este país. Me refiero al señalamiento de "extranjeros" como los ejecutores de actos de violencia. La prensa ya se ha ocupado de subrayar la presencia de italianos, holandeses o latinoamericanos entre los detenidos, lo que no debería extrañar en una ciudad que se presume tan cosmopolita. El argumento no es nuevo. La denuncia de la actividad de grupos subversivos animados desde el extranjero ya fue un tema repetido en la propaganda franquista y lo ha continuado siendo hasta ahora, sobre todo en lo relativo a un legendario nido de anarquistas italianos en Barcelona. Recuérdese el delirante artículo en La Vanguardia de Enric Juliana hace un par de años.

Lo que pasa es que ahora ha aparecido un nuevo factor que le añade a este asunto de los violentos venidos de fuera una importancia estratégica en el actual contexto político definido por el llamado proceso soberanista. Ahora se trata de insinuar y afirmar que todo es cosa de una oscura conspiración urdida por los servicios secretos españoles en orden a mostrar ante el mundo una Catalunya crispada y violenta. Ese se ha escuchado explicitamente en el caso de las declaraciones de Xavier Sala i Martín y se ha asomado de manera más o menos velada en otros comentarios, tanto en la prensa como en ciertas redes sociales nacionalistas. Es interesante como se renueva con ello un viejo tópico del nacionalismo reaccionario que tan bien representa Convergència i Unió y seguramente algún que otro sector de ERC. El lugar común que vemos reiterar hoy es el de que el "pueblo catalán" es naturalmente pacífico y negociador, cultivador del diálogo y el consenso y casi genéticamente incompatible con cualquier cosa que se parezca a la violencia insurrecional y no digamos revolucionaria.

La violencia es entonces representada como la irrupción intrusa de una sustancia extraña en el seno de una colectividad entre cuyos rasgos genuinos estuvo siempre la vocación de convivencia pacífica. Este tipo de lugares comunes, relativos a la presunta naturaleza sosegada, pactista y conciliadora de los catalanes -el mito del "seny"- han sido frecuentados desde las nociones hegemónicas de lo que se da por hecho que ha sido, es y debe continuar siendo la esencia misma de la catalanidad. Esa especie ha sido cultivada en relación con otras circunstancias. Hemos escuchado sostener, por ejemplo, que los efectos devastadores de la contienda del 36 en Catalunya fueron la consecuencia de una guerra civil “de ellos” -es decir de “los españoles”-, que tuvo la fatalidad de desarrollarse atrozmente “aqui”, pero que sin duda nunca jamás hubiera complicado a un pueblo tranquilo y negociante como el nuestro de no ser porque resultó arrastrado por circunstancias histórico-políticas impuestas. 

Es fácil ver las fuentes de ese razonamiento que piensa como entrometida, anómala e incompatible con el “nuestra forma de ser” cualquier forma de violencia política o social. Se trata sencillamente del triunfo de una noción de catalanidad deudora de la que otrora fue patrimonio e invención del nacionalismo burgués-conservador de la Renaixença y de su consecuencia política, la Lliga Regionalista, inspiradora en buena medida de la actual derecha nacionalista catalana. El extrañamiento de la violencia en la estructuración de la identidad nacional catalana podría encontrar precedentes históricos en la consigna lanzada por Prat de la Riba a los “buenos patriotas”  para que delataran a los alborotadores de la Semana Trágica de 1909, en nombre de criterios de autodefinición del tipo: "Como ciudadanos de un país cuyas instituciones representativas dan camino a la ordenada manifestación de la voluntad y de los sentimientos populares, como catalanes enamorados de nuestra tierra, condenamos las violencias contra las personas y contra las propiedades..." O: "Es preciso buscar la implantación del propio ideal, no en la imposición violenta, brutal, de una minoría, basada en un acto de fuerza, realizado desde el poder o desde abajo, sino en la evolución suave de las instituciones actuales, correspondiente a la sucesiva transformación de los sentimientos y de las aspiraciones colectivas". Las citas son de dos artículos en La Veu de Catalunya, en agosto y septiembre de 1909, citados por Jordi Solé Turá,

Hoy, la convicción de que todo acto de violencia es en esencia ajeno al presunto carácter nacional catalán, definido por las inclinaciones negociadoras y contemporizantes, constituye un principio innegociable de la manera como instituciones y ciudadanos tienden a autopercibir su catalanidad. "Ser verdaderamente catalán" implica que, en las actuales circunstancias, la independencia solo se conquistará por la senda de la libre y pacífica expresión de un pueblo sensato, "asenyat", que aborrece la violencia y que no concibe la consecución de ningún objetivo que no sea como resultado del cultivo de las virtudes universales del diálogo ciudadano.



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