dissabte, 19 d’abril de 2014

Sobre las presencias intrusas en el espacio público y el papel de la policía al respecto. Nota para el doctorando Eusebio Falcone

La foto procede de blog.yanidel.com
Lo que te explicaba esta mañana es que, en principio, los sitios públicos se supone que son un escenario en el que, en condiciones normales, lo que es sometido a un orden taxonómico no son las identidades grupales, ni las afiliaciones de cada cual, sino las señales de adecuación del comportami.ento propio y ajeno, así como los distintos indicativos de calma o de peligro. El viandante solicita de sus cogéneres que de todas las propiedades que detecten en él, sólo retengan y hagan significativas aquellas que les incumben, aquellas que eventualmente pudieran llegar a afectarles en un momento dado. En él cuentan más las pertinencias que las pertenencias.

Pero es eso lo que es una quimera. El agente de policía o el vigilante jurado pueden pedir explicaciones, exigir peajes, interrumpir o impedir los accesos a aquellos que aparecen resaltados no por lo que hacen en el espacio público, sino tan sólo por lo que son o parecen ser, es decir por su «identidad» real o atribuida. En estos casos, los encargados de la "seguridad" pueden acosar a personas que no ponen en peligro esa seguridad pública, que ni siquiera han dado signos de incompetencia grave, que no han alterado para nada la vida social. Su tarea es exactamente la contraria de la que desarrolla en condiciones normales el usuario ordinario de los espacios públicos. Si éste procura pasar desapercibido y evitar mirar fijamente a los demás con quienes se cruza, el agente del orden se pasa el tiempo mirando a todo el mundo, enfocando directamente a aquellos que podrían parecer sospechosos, no tanto de haber cometido un delito o estar a punto de cometerlo, sino tan sólo de no tener sus papeles en regla, es decir no merecer el derecho de presencia en el espacio público que como ser humano le deberían corresponder.

Estos «agentes del orden» pueden interpelar de forma nada amable y a veces violenta a personas a las que ya les «habían echado el ojo encima» por su aspecto fenotípico o, como nos interesa en especial, su vestimenta o la fe religiosa que hace pública, rasgos que dan cuenta de una identidad inquietante tanto para las mayorías sociales como para el Estado y sus leyes de extranjería y seguridad.


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