dilluns, 7 d’abril de 2014

Sobre la función del urbanismo en la constitución de la polis moderna. Nota para Norma Caselli, doctoranda

La foto es de mobiliari urbà de Jeppe Hein a la ciutat flamenca de De Haan.
Està presa de magicalurbanism.com/
Se trata de la diferencia de la que te hablaba entre polis y urbs, que se parece a otras ya planteadas, como ciudad concebida y ciudad practicada, o el espacio público como espacio político y espacio público como espacio socializado. Digamos, de entrada, que la polis vendría a ser el orden político, encargado de la administración centralizada de la ciudad, y la urbs lo que estamos llamando todo el tiempo lo urbano —lo moderno, para Baudelaire, recuerda, que sería más bien el proceso que la sociedad urbana lleva a cabo, incansable, haciéndose a sí misma, sin que —y ese es un requsito— tal labor vea nunca alcanzado su objetivo, puesto que la urbana es, casi por definición, una sociedad inconclusa, interminada e interminable. Por plantearlo como ha propuesto Isaac Joseph: «La urbanidad designa más el trabajo de la sociedad urbana sobre sí misma que el resultado de una legislación o de una administra­ción, como si la irrupción de lo urbano... estuviera marcada por una resistencia a lo político... La ciudad es anterior a lo político, ya está dada» (El transeúnte y el espacio urbano, Gedisa).
           
La polis actual resultaría de ese momento, a finales del siglo XVIII, en que la ciudad empieza a ser concebida como lugar de organización, regulación, control y codificación de  la madeja inextricable de prácticas sociales que se producen en su seno, a la vez que de racionalización de sus espacios al servicio de un proyecto de ciudad, como señalaba Caro Baroja, «aséptica, sin misterios ni recovecos, sin matices individuales, igual a sí misma en todas partes..., fiel reflejo del poder político» (Paisajes y ciudades, Taurus).

En ese contexto el topos urbano queda en manos de todo tipo de ingenieros, diseñadores, arquitectos e higienistas, que aplican sus esquemas sobre una realidad no obstante empeñada en darle la espalda a los planes políticos de vida colectiva ideal y transparente. Aplicada a la red viaria –calles, plazas, avenidas, bulevares, paseos– la preocupación ilustrada por una homogeneización racional de la ciudad se plantea en clave de búsqueda de la «buena fluctuación». Es el modelo arterial lo que lleva a los ingenieros urbanos del siglo XVIII a definir la convivencia feliz en las ciudades en términos de movimiento fluido, sano, aireado, libre, etc. Léete el libro de Richard Sennett, Carne y piedra (Alianza), sobre la historia de las analogías orgánicas de la ciudad.

Con el fin de diluir los esquemas paradójicos, aleatorios y en filigrana de la vida social en las ciudades se procura, a partir de ese momento, una división clara entre público y privado, la disolución de núcleos considerados insanos o peligrosos, iluminación, apertura de grandes ejes viarios, escrutamiento de lo que compone la población urbana, censos... Programas de toma o requisamiento de la ciudad, que no hacían sino trasladar a la generalidad del espacio urbano los principios de reticularización y panoptización que se habían concebido antes para  instituciones cerradas como los presidios, los internados, los manicomios, los cuarteles, los hospitales y, en especial, las fábricas. Objetivo : deshacer las confusiones, exorcizar los desórdenes, realizar el sueño imposible de una gobernabilidad total sobre lo urbano, sobre la urbs.

Este proceso ha sido descrito por Michel Foucault en Vigilar y castigar (Siglo XXI) como el de la instauración en la ciudad del estado de peste, siguiendo el modelo de las normativas que, siempre en las postrimerías del XVIII, se promulgan para colocar el espacio ciudadano bajo un estado de excepción que permita localizar y combatir los «focos de la enfermedad», «un espacio cerrado, recortado, vigilado en cada uno de sus puntos, en el que los individuos están insertos en un lugar fijo, en el que los menores movimientos se hallan controlados, en el que todos los acontecimientos están registrados, en el que un trabajo ininterrumpido de escritura une el centro y la periferia, en el que cada individuo está en todo momento localizado, examinado y distribuido entre los vivos, los enfermos y los muertos». Todo ello para instaurar una sociedad perfecta que en realidad no es una ciudad sino una contra-ciudad. Alain Finkielkraut nos recordó como ese mismo principio de desactivación de lo urbano por el urbanismo no ha hecho con el tiempo sino intensificar su labor : «La dinámica actual de urbanización no es la de la extensión de las ciudades, es la de su extinción lenta e implacable... La política urbana ha nacido y se ha desarrollad para poner fin a la ciudad». Esta cita es de un artículo titulado  «Le devoir de transparence», que tienes en  Les Temps Modernes, XXXIII (1978).

No sé si conoces un libro precioso que se llama Brujas la muerta, de uno de los más interesantes autores flamenco del XIX, Georges Rodenbach.  Me alegró saber que el año pasado lo reeditaba Vaso Roto, porque yo tengo una edición que sacó Valdemar y que creo que ya no sé encuentra. Si quieres te la paso. Es muy buena y para ti desde luego interesante, casi obligatoria. La novela —breve— presenta Brujas como una especie de alegoría de la difunta esposa del protagonista, Hugues. La ciudad se venga cuando descubre que la han suplantado y que en lugar de ella —y lo que fue su verdad y su belleza— lo que hay es una especie de espacio autoritario, despótico, omnipresente, que busca ante todo hacerse obedecir. Allí te encuentras una excelente descripción de lo que es una ciudad víctima del urbanismo: Lo que resulta del urbanismo es una ciudad no muy distinta de la que describiera Rodenbach: «La ciudad... volvió a ser un personaje, el principal interlocutor de su vida, un ser que influye, disuade, ordena, por el que uno de orienta y del cual se obtienen todas las razones para actuar».


Canals de vídeo

http://www.youtube.com/channel/UCwKJH7B5MeKWWG_6x_mBn_g?feature=watch