dilluns, 28 d’abril de 2014

Los límites del anonimato y el mito del espacio público. Apuntes para Dario Suárez, doctorando en la UB

La foto procede de facebook.com/Yanidel
Empecemos con los atributos supuestos teóricamente a eso que se viene denominando "espacio público". Tomado en un plano meramente teórico —el único en el que el espacio público existe en realidad— esa comarca se define como lugar en que debería espacializarse, hacerse espacio, el pacto social basado en referente que le prestan los valores de la publicidad ilustrada, que define la esfera pública como aquella que permite a todos –sin excepción– autopostularse como concertantes –es decir, sociables– a partir de su reconocimiento como seres individuales libres e iguales, que hacen uso adecuado de su razón, que pueden definir su identidad aparte. Ello implica que la experiencia de la vida pública nunca pierde de vista que quienes la constituyen son personas diferenciadas y diferenciables y que esas diferenciaciones son superables a través de la concertación basada en la reserva. Dicho de otro modo, la sociabilidad pública supera –siempre en teoría, no se olvide– la distancia y la singularidad, sin negarlas. Esa concepción ideal presupone que los individuos van a poder gozar del presupuesto de igualdad e indiferenciación del que dependen esos tres ingrediente que se acaban de mencionar como fundando y ordenando la vida pública. El protagonista de este tipo de escenario seria un personaje abstracto y universal –emparentado con aquel a quien la tradición liberal designa como ciudadanoque disfruta de las habilidades que le permiten ejercer como ser responsable, educado y versátil. Desde luego, se da por supuesto que cualquier individuo estaría en condiciones de demostrar su capacidad para ser reconocido como ser socialmente aceptable, a partir de su capacidad de comportarse o saber estar adecuadamente.

En la vida pública –vida en público; vida expuesta a la mirada ajena– el extrañamiento mutuo, esto es el permanecer extraños los unos a los otros en un marco tempo-espacial restringido y común, es –o debería ser– un ejemplo de orden social realizado en un determinado espacio de actividad. En estos casos, los presupuestos de inferencia para la acción adecuada no sólo no requieren –o no deberían requerir– que el otro se presente –salga de su anonimato–, sino que pueden dar –o deberían poder dar– por descontada la indeterminación de su estatus social, de sus pensamientos, de sus sentimientos, de su género, de su ideología o de su religión. Es entonces cuando se hace –o se debería hacer– manifiesta la manera como ese principio de urbanidad que Goffman presentaba como desatención cortés o indiferencia de cortesía es una forma de atención, una manera de tener bien presente la presencia de aquellos a quienes se ignora.

Relacionado con ese principio de reserva y distanciamiento que debe organizar –a la manera de una auténtica institución– las relaciones en público, Goffman, sobre todo en Frame Anaylisis (CIS) nos invita a distinguir entre las focalizadas y las no focalizadas. En las no focalizadas la coordinación de las acciones recíprocas se lleva a cabo sin que se constituya actividad cooperativa alguna, lo que no implica que los interactuantes se ignoren. En el caso de que la interacción sea focalizada la comunicación se organiza bajo un régimen de anonimato más relativo y de una indeterminación menor, como ocurre en el caso de las relaciones de servicio, por ejemplo. En una interacción focalizada los agentes deben modelar mutuamente sus acciones, hacerlas recíprocas, garantizar su mutua inteligibilidad escenográfica, distribuir la atención sobre unos componentes más que sobre otros, ajustarla constantemente a las circunstancias que vayan apareciendo en el transcurso de la relación.
Como ves, estoy empleando la forma condicional para referirme a estos principios de sociabilidad entre desconocidos. Eso es porque está bien claro que —y ahí entra tu asunto— a muchas personas y a determinados colectivos se les niega ese derecho al distanciamiento y a la reserva y no se pueden desprender, ni siquiera en un espacio público en teoría de todos y de nadie, de los marcajes que los inferiorizan en las otras parcelas plenamente estructuradas y jerarquizadas de la vida social. Es en cuanto una relación pasa de no focalizada a focalizada que se desvanece la ilusión que pudiera haberse generado de que el espacio urbano está a salvo de las estructuras que en la sociedad asignan lugares subordinados para ciertas personas por razón de su edad, de su género, de su clase o de su identidad étnica, ideológica, religiosa o lingüística, es decir no tanto por lo que hacen, como por lo que son o se supone que son.

En efecto, unas tabulaciones clasificatorias que hasta aquel momento podrían haberse limitado a distinguir entre la pertinencia o no de las actitudes percibidas inmediatamente y de su resultado inminente, pueden, en cuanto la focalización se ha producido, dejarse determinar por un marcaje reconocido o sospechado en aquel o aquellos con quienes se interactúa. Éstos pierden los beneficios del derecho al anonimato y dejan de resultar desconocidos que no suscitan ningún interés, para pasar a ser detectados y localizados como individuos cuya presencia –que hasta entonces podía haber pasado desapercibida– acaba suscitando situaciones de contacto generadores de malestar, inquietud o ansiedad. Esos climas son los que pueden convertir en cualquier momento una relación focalizada en diversas formas de negación de personas previamente estigmatizadas por una razón u otra, formas que van desde las más agresivas –la humillación e incluso la agresión– a otras mucho más sutiles, como la tolerante y comprensiva, no menos certificadoras de un estatus de inferioridad que la tendencia igualizadora de la vida urbana no ha podido escamotear.


En principio es en esa obra fundamental para las ciencias sociales de la desviación que es Estigma (Amorrortu) donde Goffman más enfatiza el peso que sobre la situación ejercen estructuras sociales inigualitarias. A la mínima oportunidad, una serie de tabulaciones clasificatorias que hasta aquel momento podrían haberse limitado a distinguir entre la pertinencia o no de las actitudes percibidas inmediatamente y de su resultado inminente, pueden, en cuanto se desencadena la focalización, dejarse determinar por una identidad social reconocida o sospechada en aquel o aquellos con quienes se interactúa. El identificado como portador de un rasgo minusvalorizante –pertenencia a un segmento social considerado bajo o peligroso, adhesión cultural inaceptable, discapacidad física o mental; el caso de los musulmanes es sin duda emblemático– pierde automáticamente los beneficios del derecho al anonimato y deja de resultar un desconocido que no provoca ningún interés, para pasar a ser detectado y localizado como alguien cuya presencia –que hasta entonces podía haber pasado desapercibida– acaba suscitando  malestar, inquietud o ansiedad. Un relación anodina puede convertirse entonces, y a la mínima, en una nueva oportunidad para la humillación del preinferiorizado, para un rebajamiento que puede adoptar diferentes formas, que van de la agresión o la ofensa a, como tú misma apuntabas ayer, una actitud compasiva, tolerante e incluso “solidaria”, no menos certificadoras de cuán ficticia era la tendencia ecualizadora de la comunicación entre desconocidos en contextos públicos, allí donde estamos viendo que se despliega "lo urbano".

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