diumenge, 6 d’abril de 2014

Recuerdo de Medellín a propósito del concepto de "cicatriz urbana". Nota para José Mansilla, en relación con una consulta de su amigo Salvador Padilla

La verdad es que he mirado y ni en Sociedades movedizas, ni en El animal público empleo la expresión "cicatrices urbanas". Sí que la reconozco como propia, aunque es posible que, como tantas de nuestras ideas, la haya recogido de algún sitio o de alguien. Donde la empleo es en una cosa que expliqué en las II Jornadas de Arte Público que se celebraron en Vitoria en febrero de 2005 y que luego aparecieron publicadas. Te mando el texto, que titulé "Arte público y desolación urbana". Igual es allí donde Salvador la leyó.

En concreto ya verás que hacía referencia a mi experiencia en Medellín, una ciudad con la que sabes que me siento muy unido. Allí, el 10 de junio de 1995, una bomba atentó contra una fiesta por la paz que se desarrollaba en el Parque de San Antonio, uno de los espacios recuperados de la ciudad de Medellín, que se extendía sobre un aparcamiento subterráneo y que reproducía miméticamente el modelo de plaza dura barcelonesa que hemos visto generalizarse en decenas de ciudades. A pesar de ello, el lugar fue reconquistado por los usos populares y acabó constituyéndose en escenario para conciertos gratuitos y lugar de destino de todo tipo de público, desde clases medias que acudían a comprar a los almacenes Éxito a gente humilde que bajaba a pasear por el centro desde las comunas del norte de la ciudad. Los domingos por la tarde viene siendo lugar de reunión de la población negra  procedente de la costa caribeña.

El artefacto fue colocado junto a una estatua de Fernando Botero, Pájaro, que quedó gravemente dañada por la explosión. Hubo 23 muertos. Se suscitó un debate a propósito de cuál debía ser la suerte de la obra semidestruida, si debía permanecer allí —y ahí es donde empleo el término—  "como cicatriz urbana de una ciudad atormentada" o si cabía sustituirla por un duplicado que el propio artista había preparado. Por fin se decidió adoptar las dos decisiones al mismo tiempo: se instaló la nueva justo al lado de la destrozada, que fue mantenida en su lugar original. El monumento destruído se ha convertido en una especie de imagen religiosa en la que mucha gente que pasa deja monedas para pedir favores por ellas mismas y por el alma de quienes fallecieron. Como escribieran Jairo Montoya y Jaime Xibillé (De la villa a la metrópoli), es precisamente la vieja, la desfigurada, la que alcanzó por esa vía la condición de verdaderamente urbana y verdaderamente pública, “marca evidente de un espacio público ciudadano, convirtiéndose así, por vez primera, en un símbolo urbano verdadero”.



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