dimecres, 12 de febrer de 2014

Sobre el face work o cómo nunca debes reinvidicar de ti mismo una imagen que no sea la que los demás están dispuestos a aceptar. Consideraciones para Fabio Gómez, estudiante de doctorado en la UB

La fotografia es de Jack Simon
Me detengo en lo que ayer hablábamos a propósito del papel de la face en las relaciones cara a cara, tal y como las contemplar la lingüística interaccional. Te dije que en esta perspectiva se nota el ascendente de Goffman y su idea de face work, el trabajo de fachada, en tanto que práctica consciente, sostiene la constitución de un sujeto único que defiende a toda costa su permanencia y su perdurabilidad. Eso tiene que ver con los ritos de la interacción, elementos de conducta concebidos como espacios socialmente definidos por reglas normativas específicas, establecen esos límites sagrados que no deben ser superados, pues su vulneración pone en peligro y ofende, viola, la siempre frágil identidad. Deben ser, por tanto, sancionados. Se postula en todo momento la sancionabilidad de los atentados contra el individuo, que se conciben a la manera de atentados contra la propiedad privada.

La interacción cara a cara es concebida como una circunstancia social en el curso de la cual los individuos le imponen a las cosas y a los acontecimientos de su entorno cotidiano un orden que debe ser compatible con las normas de aceptabilidad inherentes a un contexto de acción. Las relaciones que los individuos establecen entre los datos de la observación están sometidas a un juego de transformaciones adaptativas que permiten acomodar las significaciones a un criterio no de verdad, sino de verosimilitud. En esa perspectiva de la aceptabilidad, la cuestión de la identidad del sujeto no tiene sitio. Esa autenticidad no se presenta aquí como una cualidad inmanente a un self que asegura, que garantiza la unidad del individuo. Esta unidad es entendida como una propiedad que se confiere al individuo por una audiencia que juega en la actualidad de cada contexto situacional. El self, así pues, no es una entidad semioculta tras los acontecimientos, sino una fórmula variable para comportarse convenientemente». El self, «la puesta en escena del yo, no es, en cualquier caso, sino un trabajo corporal.

Pues bien, es precisamente a través de la noción de rito de interacción que lleva  Goffman a cabo esa disolución del sujeto, y lo hace por la vía paradójica de reconocer su sacralización. Es en tanto que cosa sagrada, en el sentido durkheimniano, que Goffman contempla el sujeto como objeto sagrado al que se le deben todo tipo de protocolos de aproximación y que aparece –como la diosa Isis– siempre entre velos. Para Goffman, la interacción se plantea en primera instancia como un problema de contacto, es decir, de gestión u ordenamiento de una copresencia corporal, más que como un problema de integración de acciones individuales en lo que Mead había llamado «un acto social complejo». Esta copresencia entre cuerpos se debe producir sin que resulte afectado ese objeto de valor último que es la persona. Este planteamiento pone en marcha dos supuestos: 1), la significación de las conductas es esencialmente expresiva, en el sentido de que son producidos y descifrados como expresando alguna cosa de quienes las protagonizan, es decir, su identidad subjetiva; 2), esa identidad subjetiva no es un dato existente a priori, una entidad dada que se aloja en el fuero interno, en el interior del actor. Al contrario, esta identidad subjetiva es el resultado de la confrontación de definiciones de quién es uno mismo reivindicadas y atribuidas. Esa identidad subjetiva está continuamente puesta en cuestión, debe rejuvenercerse a cada situación, se instaura y se mantiene en un vínculo externo, en un entre-deux, el que forman los cuerpos de los participantes en la acción. Goffman habla ahí de flujo de expresión. Pero Goffman no entiende por expresión la revelación de una realidad interior, de la presentación externa de algo interno, experiencias subjetivas a las que el actor tendría un acceso privilegiado. Las personas nunca están en ellas, sino entre ellas.

Como sabes, la pragmática te lo recuerda, la interpretación de las acciones de los demás es posible porque existe un código comunicativo compartido, una norma que permite atribuir un sentido a todo lo que el individuo hace. No obstante, nuestras actuaciones requieren, por tanto, una ratificación, una aprobación. La interacción es un asunto de posicionamientos recíprocos de cuerpos en un mismo tiempo y espacio. Eso es posible porque unos y otros son capaces de no reindivicar otra definición de sí mismos que no sea la que los otros están en disposición de aceptar. Es un poco crudo, pero me temo que es así.


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