dimarts, 15 de desembre de 2015

Breve elogio del descampado

La foto es de Adriana López San Feliu

Comentario para Luca Giordani, doctorando de antropología urbana en la UB

BREVE ELOGIO DEL DESCAMPADO
Manuel Delgado

No sé si has tenido tiempo de gozar y pensar en esa especie de regiones desalojadas en las periferias urbanas, pero también en plena ciudad, entre las formas plenamente arquitecturizadas, a la manera de intermedios territoriales olvidados por la intervención o a su espera. Algunos arquitectos han demostrado por esa realidad –el terrain vague– una fascinación especial, como el catalán Ignasi de Solà-Morales o el quebequés Luc Lévesque. Atracción estupefacta por lugares amnésicos a los que la ciudad no ha llegado o de los que se ha retirado y que encarnan bien una representación física inmejorable del vacío absoluto como absoluta disponibilidad. Una pura intemperie, en la que uno se va encontrando, entre una  naturaleza desapacible, escombros, esqueletos de coches, casas en ruinas y los más inverosímiles objetos perdidos o abandonados.

De hecho, Ignasi de Solà Morales dedicó una de las secciones del congreso internacional de arquitectura del 96 en Barcelona a ese tema. A Ignasi ­—murió de un infarto hace unos años; que pena— le fascinaba ese concepto: terrain vague, que contenía una ambigüedad y una multiplicidad de significados para aludir a lugares, territorios o edificios que participan de una doble condición: por un lado, vague en el sentido de vacantes, vacios, libres de actividad, improductivos, obsoletos; por el otro, vague en el sentido de imprecisos, indefinidos, vagos, sin límites determinados, sin ningún horizonte futuro. Territorios residuales en los que no hay nada: ni pasado, ni futuro, nada que no sea el presente, hecho diagrama, de quienes lo cruzan. Espacios también para el juego, espacios de y para la infancia, porque, pareciendo decrépitos, acaso son en realidad la infancia de todo territorio. Esas zonas no domesticadas y pasionales parecen conectarse entre sí a través de senderos que han trazado los propios caminantes.

No sé si conocer a un artista que se llama Robert Smithson. Inventó lo que llamó earthwork, en concreto una obra que tituló “Passaic River”, de 1967, que trata de una excursión a los alrededores marginales de su ciudad, Passaic, Nueva Jersey. A esa región disgregada, “panorama cero”, la llama no en vano non-site. La obra es una pieza interminable, hecha con los objetos obtenidos en el viaje, las fotografías, los vídeos, los mapas, las anotaciones del artista, pero también de quienes acudieron a su invitación de llevar a cabo idéntico desplazamiento a ese lugar sin lugar, para gozar de sus extraños monumentos. Esto lo ví en un catálogo de la exposición sobre él que hicieron en el IVAM de Valencia en 1993.

¿Sabes? Una vez —hará tres o cuatro años— había ido a una mesa redonda que montaban en un centro social okupado cerca de Sagrada Familia —me acuerdo que con el historiador Bernat Muniesa y el arquitecto José Luis Oyón— y estaba en la barra tomándome una cerveza y de pronto me descubrí charlando con un italiano —siempre italianos, dios mío­— que, en un momento dado, hablando, hablando, se me presentó y resultó ser Francesco Careri, el autor de un libro que me entusiasma y que hacía poco que había leído: Walkscapes. El andar como práctica estética (Gustavo Gili). Te lo recomiendo. Muy bueno.

Francesco Carieri es el animador de un grupo de arte urbano que se llama Stalker y que tienes que conocer. Se dedican a deambular por descampados encontrando objetos portentosos, una especie de derivas por suburbios abandonados de cualquier ciudad. Tienen una página web buenísima. Este grupo adopta el nombre de una película que es indispensable que veas y que se titula precisamente Stalker, de Andrej Tarkowsky (1979), basada a su vez en una de las magníficas expresiones de la literatura de ciencia-ficción soviética: Picnic al borde del camino, de Arkadi Strugatski y Boris Strugatski, que publicó Ediciones B en castellano. La obra narra la historia de unos extraterrestres incomprensibles que aterrizan para hacer un picnic y que al partir dejan abandonados unos misteriosos desperdicios que convierten el lugar en un sitio portentoso y terrible, dotado de conciencia y al que se le debe temor y respeto. Los stalkers son precisamente personajes que se aventuran a penetrar en ese paraje en descomposición –la Zona– en que se encuentran desperdigados los misteriosos despojos, algunos de reputadas cualidades mágicas..

Por eso te mandé el homenaje que Nani Moretti le rinde a Pier Paolo Pasolini en Caro diario. A Pasolini y al descampado en que le mató un chapero. Pasolini es el director de los descampados,  esas comarcas sin nada a las que hacía jugar un papel tan importante en films dirigidos –Accatone, Mamma Roma, Uccellacci e uccellini...– o en su guiones –Le notti di Cabiria, de Fellini. Son esos espacios por los que merodean o deambulaban personajes siempre extraños y ambiguos, generando caminos y atajos por los que tienen lugar todo tipo de actividades clandestinas, amores sórdidos y los crímenes más atroces, entre ellos –no se olvide– el suyo propio. En efecto, el cuerpo de Pasolini apareció asesinado el 2 de noviembre de 1975, en ese paraje abandonado a unas decenas de metros de la playa de Ostia que ves en la escena que te mandé de la película,un escenario idéntico al que Pasolini había descrito en su novela Una vida violenta (Seix Barral).



Canals de vídeo

http://www.youtube.com/channel/UCwKJH7B5MeKWWG_6x_mBn_g?feature=watch