dijous, 9 de gener de 2014

Sobre la reconquista de los centros históricos para que lo sean de veras. Respuesta al arquitecto Vicente Patón a propósito de las obras de reforma de la Puerta del Sol de Madrid

Muchas gracias por tus consideraciones. Lo que yo pienso es que porque es realmente histórico, el centro urbano es un bien patrimonial, no de las instituciones que relatan a través suyo su propio pasado, ni de las iniciativas mercantiles que quisieran verlo traducido en negocio, sino de la sociedad que lo habita y lo emplea y, por descontado, de los colectivos que encuentran en él el marco en que proclamar que existen y no callan sus agravios. Es la sociedad en su conjunto, y en especial sus fracciones más dinámicas y creativas, quienes toman de manera cotidiana o excepcional un espacio que consideran su patrimonio, entendiendo patrimonio en su sentido estricto, lo que una generación hereda de la que le precede y le permite reproducirse, porque hereda no solo el pasado, sino también el futuro; también lo propio, en tanto que apropiado y apropiable; lo que se posee por derecho, en este caso por el derecho adquirido que concede su usufructo intenso y continuado. Al respecto, indispensable: El centro histórico como lugar para el conflicto, de mi compañero de facultad, Pere López Sánchez (Publicacions de la Universitat de Barcelona, 1986). El títullo de la entrada es un reconocimiento de la influencia que he recibido de Pere, de este libro y de lo demás que ha venido escribiendo hasta ahora.

El tema de la Puerta del Sol me parece paradigmático. Fue el 15M el que hizo de ese lugar un lugar realmente histórico. Los centros urbanos encuentran en su naturaleza de escenarios para la confrontación social una de las claves de su centralidad simbólica. Es a ellos a los que segmentos sociales acuden para expresar ante los poderes y ante el conjunto de la sociedad sus quejas y reclamaciones. En todos los casos se ha tratado no de ocupaciones transitorias que obedecían el formato tradicional de la marcha o la concentración, sino de auténticas tomas de larga duración, que se planteaban más bien como reapropiaciones, es decir recuperación de espacios que consideraban propios —en tanto que de todos— y que rescataban de su enajenación o usurpación por las instituciones, la especulación inmobiliaria, la zonificación consumista o/y el turismo de masas.
 
Ocupación de la Puerta del Sol por el 15M (2011). La foto es de Ofelia de Pablo
Y no solo en Madrid. Piensa en el formato que ya estaba prefigurado en alguna de las llamadas "revoluciones de colores" en la Europa del Este, consistentes en una ocupación persistente de un centro urbano, como en los casos de la Trg Republike de Belgrado en el año 2000 o de Maidan Nezalezhnosti Kiev en 2003. Y ya más recientemente, ya sabes plaza Sintagma en Atenas, la plaza Al Tagir en Saná, la plaza Tahrir en El Cairo, la Puerta del Sol en Madrid, ante la catedral de Saint Paul en Londres, Gezi Park en Estambul, la Praça do Rossío de Lisboa, la plaza Habima de Tel Avi, Zucotti Park en Chicago..., etc. Hace cuatro días la  Maidan Nezalezhnosti de Kiev otra vez.

Estas corrientes de acción colectiva han tenido motivaciones distintas en contextos diferenciados, pero todas han compartido rasgos distintivos que les proporcionaban un carácter propio e inédito. Uno de esos elementos de originalidad es que el protagonismo le ha correspondido tanto a los movimientos en sí como a los  escenarios que escogían para escenificarse y cuyo valor simbólico aparecía sobremanera enfatizado: centros urbanos con elementos patrimoniales oficialmente reconocidos como tales —edificios singulares, puntos de atracción turística por su pintoresquismo, núcleos con valor artístico o cultural...—, que eran vindicados por sectores en conflicto en términos litigantes y haciendo un uso polémico de ellos.

Pero hubo más en este tipo de apropiaciones insolentes de centros urbanos. No se trataba, como tantas veces antes, de repetir la apropiación civil y con frecuencia inamistosa de un centro urbano para hacer de él un telón de fondo sobre el que ejercer la libertad de expresión, obteniendo eco político, ciudadano y mediático. Ahora, los lugares en que se emplazaban los campamentos de protesta asumían el papel de auténticas entidades políticas autónomas y soberanas, a las que se conferían funciones interlocutoras y negociadoras propias a través del sistema asambleario de que se dotaban. Era como si papel principal no le correspondiera tanto a comunidad social reunida como al espacio en que se habían fijado. Los centros urbanos involucrados—siempre incluyendo atractivos patrimoniales y turísticos— ya no eran meros receptáculos o contenedores de una contestación social, sino instituciones súbitamente vivificadas que convertían a sus ocupantes en instrumentos al servicio de una indignación que ya no era de los ciudadanos, sino de la ciudad misma. La palabra no era la de los congregados en la plaza, sino de la propia plaza como reificación espacial de la sociedad civil en su conjunto.

Esa operación de reconquista del centro histórico para que se convirtiera de veras y hasta las últimas consecuencias en histórico lo era también de patrimonialización, esto es de requisa por parte de quienes lo consideraban herencia recibida de otros y otras que, antes y allí mismo, demostraron que la historia es la historia de las luchas sociales. Se ponía de manifiesto hasta qué punto es el espacio urbano, y en especial sus áreas centrales, las que se estaban convirtiendo en mucho más que escenarios pasivos a los que la historia sale o de los que es expulsada o mantenida a raya. Ahora son esos mismos centros históricos los que se convierten en campos de batalla simbólicos en lo que se dirime la cuestión esencial no sólo de para qué sirven y de quién son, sino sobre todo qué es lo que significan y para quién. Si las fracciones política y económicamente hegemónicas hacen de esos centros el lugar de su triunfo sobre el conflicto —tan anhelado como imposible—, el conflicto acredita su perseverancia volviendo una y otra vez a recuperarlo para imponer su propia recomposición socio-espacial, que también es, a su manera, de patrimonialización. La apropiación se impone entonces ya no molecularmente, como de ordinario, sino ahora masivamente sobre la propiedad y nos he dado asistir a una apoteosis, tan momentánea como rotunda, del valor de uso del espacio sobre su valor de cambio.

Esa manera de reclamar como propio —en el sentido de apropiado y apropiable— un centro urbano para convertirlo en lo que se dice que es —histórico— advierte también de cómo el concepto de patrimonio —de vocación pacificadora y destinado a atenuar el ruido semántico propio de la vida urbana y calmar su tendencia natural a devenir polémica— puede acabar convirtiéndose él mismo en conflictivo. No son solo las instituciones las que pueden imponer sus criterios de recalificación de ciertas áreas urbanas homologándolas como "de interés", es decir de interés para los intereses que representan y ejecutan. También los sectores más inquietos —y por ello más inquietantes para según quien— de la sociedad pueden tener su propia idea de en qué consiste revalorizar y considerar "históricas" ciertas calles, plaza y avenidas. La irrevocabilidad y la transmisibilidad de un espacio urbano no vienen dadas solo por un procedimiento jurídico-administrativo o un dictamen experto que deciden etiquetarlo como a proteger al fin y al cabo de sí mismo, es decir de las dinámicas que lo convierten en espacio viviente. Los propios actores sociales pueden considerar que esos lugares son los marcos de su memoria colectiva, pero también de la grandeza microscópica de su vida ordinaria o de sus despliegues tumultuosos en la fiesta y la revuelta. En eso consiste entender el valor de un patrimonio al que le convendría un calificativo que nunca le acompaña, que es el de "social". Es así que esa otra definición de patrimonio le permite a los lugares a los que se atribuye una eficacia simbólica no aplicarla en el sentido oficialmente esperado —puesta a distancia del pasado y anulación del presente y el futuro en un espacio sin tiempo—, sino en el contrario: invasión constante, molecular o masiva, del acontecimiento; memoria no momificada, sino activa, vigente, actual; anuncio de que el futuro ya ha llegado y está entre nosotros.

Es en función de quién y para quién ese espacio aparezca saturado de valor que allí podremos reconocer bien la descontextualización absoluta proyectada por las instituciones y los intereses económicos, bien la hipercontextualización que supone la pluralidad inmensa de las actividades societarias reales. Frente a las calificaciones y clasificaciones jurídico-administrativas que embalsaman los centros históricos para convertirlos en oferta de consumo, muchas veces o de vez en cuando, se levanta el desacato innumerable de las prácticas y las poéticas ordinarias o excepcionales, molares o moleculares, de una sociedad real que una y otra vez hace suyos, porque son suyos, muchos de esos puntos resaltados en los mapas turísticos y en los catálogos de bienes culturales, los apea de su solemnidad, los desviste de su arrogancia, les arranca de su pedestal, los emancipa de quienes, afirmando preservarlos, los tenían secuestrados.




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