divendres, 24 de gener de 2014

"La ciutat de la diferència". Una exposición en el CCCB (invierno 1996). 3. La estructura formal de la muestra

En La ciutat de la diferència se despliegan diferentes unidades expositivas, cada una de ellas consagrada a un tema mayor en el debate sobre la pluriculturalidad en las ciudades contemporáneas. Cada uno de estos ámbitos merece un tratamiento formal singularizado, con lo que la misma variedad de recursos explicativos brinda una imagen precisa de aquella pluralidad cultural que constituye el asunto central de la muestra.

En un primer apartado, se invita al visitante a preguntarse sobre los mecanismos que hacen posible la identidad, empezando por la suya propia. Una batería de ordenadores ubicados en el interior mismo de la torre de Babel que recibe a los espectadores, implican al visitante en una reflexión acerca de quién es él y quiénes son los demás, y en especial porqué insistimos en creer que los diferentes son siempre "ellos".

Para hacer entender qué significa cualquier identidad, se invita al visitante a un ejercicio de introspección, haciéndolo ver que él mismo es una cultura unicelular y puede valer como modelo de cómo el yo -y, por extensión, cualquier nosotros- es siempre una construcción aleatoria de rasgos físicos, costumbrarios e ideológicos. Se explica que la identidad de cada individuo -cada visitante- es, como la de cualquier grupo humano, irrepetible. Pero la personalidad -del individuo y del grupo religioso, étnico, ideológico, etc.- no está hecha de una esencia determinada por los genes ni por los ancestros, sino que es una suma dinámica e inestable de rasgos, de los cuales unos te inscriben como parte de una comunidad y otros en otra. Nadie tiene una sólo identidad compartida. Cada individuo y cada grupo están hechos sólo de conexiones y desconexiones. La identidad abstracta es imposible. Cada cual es lo que es en relación con alguien o algo. O, mejor, no es que se relacione, sino que es esa relación.

De lo que se trata, al fin, es de conducir a la idea de que, en la ciudad todos somos distintos, todos formamos parte de una u otra minoría cultural. La heterogeneidad cultural nos rodea, pero al mismo tiempo nos habita. También nosotros somos, como la propia ciudad, una unidad compuesta.

Más adelante otro espacio sirve para dar a entender que poco o nada hay de genético en las identidades culturales, en tanto es una construcción social, educativa e histórica, un artificio humano y no una condena de la naturaleza, lo que nos hace ser lo que somos. A su vez, se muestra cómo la diversificación tiene la misma función en la naturaleza que en la sociedad: obligar a entidades diferenciadas -grupos o especies- a cooperar, puesto que las comunidades diferenciadas conviven en la ciudad no a pesar de ser diferentes, sino precisamente porque lo son. Luego, frente a las supersticiones relativas a las razas, a las idiosincrasias nacionales o a los estereotipos étnicos, se plantean distintas visiones alternativas a propósito de en qué consiste pertenecer a una etnia, quién es inmigrante en la ciudad, cómo muchos conflictos culturales ocultan rivalidades de intereses, hasta qué punto son visibles las diferencias que cuentan de verdad, etc.

En esta zona didáctica, se intenta establecer una idea central para el conjunto de la exposición. Se procura infundir la convicción -o al menos la sospecha- de que acaso toda identidad no sea otra cosa que un juego todo él hecho de conexiones y desconexiones, en que ningún grupo es otra cosa que el resultado de su relación con otro grupo. Quizá no nos clasificamos a partir de lo que somos, sino que somos lo que somos porque antes hemos sido clasificados. La pregunta que se invitaría a formularse a sí mismo al espectador es: ¿Y si las diferencias no fueran la causa, sino la consecuencia de la diferenciación?

En esa misma dirección, una de las nociones fundamentales para el razonamiento que la exposición pretende compartir con sus visitantes es la de la diferencia cultural como consecuencia de su propia necesidad. En primer lugar, se pone de manifiesto cómo es que la etnodiversidad en las sociedades humanas presenta las mismas ventajas que la biodiversidad en la naturaleza. Además, la diferenciación es contemplada como resultado de las exigencias de la inteligencia, que sólo puede percibir contrastes y pensar relaciones. La diferencia actúa, así pues, para los humanos igual que para el resto de formas de vida: como lo que posibilita cualquier modalidad de información y de organización. Reconocer la pluralidad como condición de la sociedad y del pensamiento implica un nuevo argumento para la causa de la convivencia y el respeto mutuo: la diferencia no es ya el alimento de la diferenciación, sino el producto de su necesidad. En resumen, toda forma de vida es posible sólo a partir de los intercambios de información. ¿Y qué es una información sino la noticia de un contraste, de una discontinuidad, de un cambio? Sin diferencia no hay percepción ni pensamiento.

La defensa de los beneficios de la diversidad comporta, a su vez, una denuncia de las ideologías y las conductas que quisieran verla extinguida bajo un único modelo cultural homogeneizador. En esta área se le propone al visitante un viaje a través de las técnicas y los argumentos mediante los que unos seres humanos son negados, humillados, agredidos, deportados, explotados o exterminados por otros. Se denuncian todas las modalidades de exclusión: perjuicio, discriminación, segregación, marginación, estigmatización, xenofobia, persecución, violencia... Se rebaten también las doctrinas excluyentes: racismo biológico y cultural, sexismo, homofobia, antisemitismo.

Un apéndice final sirve de conclusión y resumen de la muestra. En este espacio se quiere transmitir la idea positiva de que la diferencia sólo es perceptible cuando se recorta sobre la unidad de la que forma parte. Esa apreciación se traduce en el convencimiento de que, si las comunidades diferenciadas pueden convivir, es porque acuerdan marcos de integración: la economía, la escuela, las leyes, los derechos humanos... Quiere eso decir que en la ciudad hay muchas culturas, pero una sola sociedad.

La exposición pretende, por decirlo de una forma concluyente, desmentir la falsa antinomia que enfrenta el particularismo identitario, cuyo conglomerado es lo que llamamos multiculturalidad, con el universalismo. La diferenciación cultural no niega la universalidad de la condición humana, porque lo universal sólo puede existir en lo particular. O, dicho de otro, modo, todos los seres humanos pensamos y sentimos igual, pero no las mismas cosas.        

La situación no es, en cualquier caso, nueva. Ya en otras múltiples oportunidades grupos humanos dispares entre sí se vieron obligados a cohabitar en un mismo espacio y en un mismo tiempo. En cada uno de esos casos las comunidades en contacto pudieron optar por desintegrarse la una en la otra o bien por continuar siendo lo que eran. Dado ese segundo supuesto, pasaba a plantearse otra doble alternativa. La primera consistía en imaginar al otro con el que se entraba en contacto como una fuente de peligro o de contaminación, para luego proceder a su sometimiento, a la destrucción de lo que le hacía desemejante o incluso a su supresión física. Una larga trayectoria de negaciones, falsas acusaciones, persecuciones, matanzas y humillaciones de que han sido objeto las minorías étnicas, religiosas, políticas o sexuales, atestigua como nuestra historia, la historia de Europa, ha sido la de una recurrente y crónica agresividad contra cualquier forma de disidencia cultural que haya cuestionado la hegemonía del grupo mayoritario o más poderoso. La otra vía -no del todo desconocida en el pasado de nuestro entorno- es la de quienes, ante idéntica tesitura, han preferido cultivar el diálogo y el intercambio pacífico con sus vecinos singulares o, simplemente, han guardado para con ellos una tolerante indiferencia.

No cabe lugar para el engaño. El ahora mismo plantea ese antiguo dilema relativo al qué hacer con quienes para nosotros son raros o diversos, y que han pasado a ser, y cada vez en mayor número, parte de nuestro paisaje vital de cada día. El porvenir a buen seguro no hará sino agudizar esa situación, obligando a los grupos copresentes y extraños entre sí a adoptar alguna de las posibles salidas ante las que les situará tal circunstancia.

El momento actual ya conoce ensayos en todas y cada una de las direcciones en las que todavía nos es dado elegir. Acontecimientos muy recientes demuestran hasta qué punto la vieja tradición persecutoria europea contra las comunidades minoritarias está siempre a punto de conocer nuevas reediciones. En otros lugares una convivencia de siglos parece haberse truncado en favor de la intolerancia que busca subyugar o suprimir al otro, viejo conocido.

Al tiempo que eso ocurre, otra tendencia intenta también abrirse paso en nombre de la comprensión, la curiosidad o, sencillamente, el principio de vivir y dejar vivir. La exposición que se propone opta abiertamente por ese segundo camino. Aquello de lo que quiere hablar y en torno a lo que pretende hacer pensar es sobre el valor de dos principios que, pareciendo antagónicos, son requisito el uno del otro: el derecho a la diferencia que separa y que une a los pueblos, y el derecho a su igualdad. Una comunidad sólo puede ser tratada como igual en tanto pueda mostrarse como distinta de aquellas con las que aspira a ser comparada. El combate no es, en cualquier caso, tan sólo el ya tan antiguo por la paz y la tolerancia, sino también el que pone en primer término la necesidad de respetar y proteger ese patrimonio de lo humano que es la diferencia entre las culturas, que nos ha sido dado contemplar floreciendo a nuestro derredor, muy lejos de donde alguna vez creímos verlo fenecer.


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