dijous, 23 de gener de 2014

"La ciutat de la diferència". Una exposición en el CCCB, 1996. 2. El argumento central

Esta era la primera parte del texto que recibían los visitantes de La ciutat de la diferencia como introducción al sentido de la muestra. 

LA CIUDAD DE LA DIFERENCIA

El argumento central de La ciutat de la diferència establece que las metrópolis contemporáneas son espacios en los que convergen para convivir estilos distintos de hacer, de pensar, de creer, se sentir y de decir. Lejos de extinguirse, la pluralidad humana ha encontrado en las grandes ciudades su último refugio ante los grandes procesos de homogeneización cultural.

La expansión de la cultura occidental a lo largo y ancho del globo sólo fue posible -es difícil negarlo- a costa de aniquilar o dejar reducido a su mínima expresión aquel extraordinario patrimonio humano que en otro tiempo fuera la diversidad de las culturas, la riqueza de formas mediante las que los pueblos de la Tierra imaginaban distintas soluciones a unos mismos problemas, a acaso idénticos enigmas. La colonización del planeta por los europeos pareció, en efecto, exigir y obtener de las sociedades con las que se iba encontrando en su marcha una renuncia a sus maneras de entender la vida y su lugar en el universo, para, de la mano de la fascinación a la vez que de la fuerza, acabar dando por buena la visión que de las cosas traían consigo los conquistado­res. En esa tarea de imposición del monocultivo, se borraron pasados, rasgos, señales, rastros, textos..., todo cuanto hubiera podido recordar lo que de singular e irrepetible tenían los sometidos, pueblos amnésicos, arrastrando el injusto castigo de vivir desterrados en su propio país, abominando de sus propias riquezas, mostradas ahora por los nuevos señores como supersticiones necias o toscas costumbres. La homogeneización cultural del mundo pudo antojarse un día, en efecto, un proceso irreversible, irrefrenable, que arrastraba consigo la variedad de que los humanos se habían valido hasta entonces para enorgullecerse de sí mismo y de quienes tenía como los suyos.

Pero, como burlándose de quienes pensaron en alguna ocasión que era posible que los humanos abdicaran de su derecho y su necesidad de sentirse ellos mismos entre los otros, aquella diferencia condenada a desaparecer ha venido a resucitar donde menos se la esperaba y a donde nadie la había invitado. Han sido las propias ciudades de la sociedad mundial las que han visto desmentidos aquellos augurios que aseguraban una única cultura planetaria. Son hoy, en efecto, las grandes aglomeraciones metropolitanas las que han visto aparecer entre sus intersticios la acción de ese antiguo impulso que durante miles de años había llevado a los seres humanos a dotarse de una identidad propia y, al mismo tiempo, compartida, un "nosotros" sin el cual el mundo ni podía ser pensado ni merecía ya ser vivido.

Frente a la tendencia de la sociedad de masas a diluir lo original y lo distintivo en una amorfa multitud sin matices ni pliegues, frente a la manera como la sociedad individualista induce en los sujetos ilusiones buscadas o temidas de soledad, múltiples formas de identidad colectiva se despliegan a nuestro alrededor reclamando su derecho a existir. Son los sentimientos de que proveen los que permiten humanizar la vida en las ciudades, los cambios vertiginosos de un mundo en constante movimiento, las inestabilidades y las incertidumbres con que los humanos pagan su condición de "civilizados".

¿Quiénes son los protagonistas de ese crisol que vemos surgir de entre lo que parecía uniforme? De un lado los grandes movimientos migratorios han instalado fuera de su origen a millones de personas, que, a pesar de su exilio, han permanecido fieles a su identidad, tantas veces lo único que les ha permitido sobrevivir en un ambiente ajeno y casi siempre hostil. Muchos de esos desplazados, que han venido al encuentro de un refugio de la miseria que nutre nuestro bienestar, han traído consigo -con frecuencia como único equipaje- modos de entender el mundo, costumbres, signos de identidad y de orgullo a los que se aferran como el único vehículo con que evitar el naufragio, al tiempo que el instrumento que les habrá de permitir, con el tiempo, hacer suyo un mundo que a su llegada no lo era.

Son gentes de países o incluso de continentes remotos, miembros de aquellas sociedades que en otra hora estudiaron los antropólogos y que hasta hacía poco eran motivo de la curiosidad que despierta lo raro y lo lejano; aquellos mismos a los un día pudimos llamar "salvajes", y que ahora son nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo o nuestros clientes, seres con quienes nos cruzamos en la calle, que se sientan a nuestro lado en el metro o en la escuela. Ahora están aquí para devolvernos la visita que un día les hicimos. Y lo exótico es ya cotidiano.

Pero no se trata ya únicamente de ellos, los emigrantes. De entre nuestros propios iguales surge ese mismo deseo de afirmarse en la distinción, de ser quienes son. Al lado de las identidades trasplantadas, y de otras, viejas conocidas, que han mantenido su personalidad a pesar de los embates de la modernidad, nos encontramos con otras nuevas, recién nacidas muchas veces, en las que también se deposita el principio humano que construye y reconstruye constantemente los "nosotros". Tales etnicidades de nuevo cuño ya no se fundamentan, como sus precedentes, en una historia, una lengua, una tradición o unas redes de parentesco comunes, sino que se han confeccionado en base a urdimbres simbólicas y códigos de comunicación compartidos. Las culturas juveniles o aquellas otras que se vertebran en torno a la música o el deporte, minorías sexuales, ideológicas o religiosas de todo tipo, se presentan ellas mismas a la manera de auténticas sociedades primitivas -en el sentido de elementales- que se dotan de sus propias formas de entender y habitar la existencia.

De todo ello es de lo que está hecha nuestra sociedad actual. Son esas humanidades diferenciadas -mundos en que nuestro mundo se divide- las que conforman la Humanidad contemporánea, las que alimentan la sustancia de las ciudades. No podemos eludirlas, puesto que en cierto modo las necesitamos para ser nosotros mismos también distintos en algo a alguien. Son indispensables. El futuro, por ello, está lleno de esas humanidades paralelas o perpendiculares a la nuestra, al tiempo que contemporáneas y coexistentes con ella. De alguna manera esas microsociedad diferencias son ese futuro, porque el mundo es cada vez más pequeño y el proceso de crecimiento demográfico nos obligará a vivir cada vez más juntos, cada vez más mezclados. Y es en ese sentido que conviene recordar que gran parte de los problemas que habrán de venir tendrán que ver con esa situación en que la tendencia a la homogeneización cultural se verá compensada por una cada vez mayor intensificación en los procesos de diferenciación cultural en el seno mismo de las sociedades urbano-industriales. Cuanto más las circunstancias parecen imponer la indiferenciación, más los grupos generan los puentes y barreras que les permiten mantenerse unidos por aquello mismo que los separa. Entrecruzados, sobrepuestos, pero nunca confundidos del todo, nunca sin renunciar a su condición distinta.

A partir de este punto, se despliegan diferentes unidades expositivas, cada una de ellas consagrada a un tema mayor en el debate sobre la pluriculturalidad en las ciudades contemporáneas. Cada uno de estos ámbitos merece un tratamiento formal singularizado, con lo que la misma variedad de recursos explicativos brinda una imagen precisa de aquella pluralidad cultural que constituye el asunto central de la muestra.


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