dijous, 2 de gener de 2014

Algunas consideraciones sobre la definiciòn de lo urbano. Consideraciones para Rosa Calvet, estudiante del Máster en Antropologia y Etnografía de la UB

La foto es de Luís Rodríguez
Bueno. Empecemos. Recuerda: tu asunto es cómo cierta literatura intenta responder al reto de Baudelaire de un nuevo tipo de lenguaje que sea capaz de reflejar eso que él llamaba "la modernidad". Era cosa de conseguir que el creador fuera capaz —en cualquiera de las artes— de convertirse en aquel "pintor de la vida moderna" que Baudelaire reclamaba que fuera Constantin Guys. Esa labor es la que convertía a quien la ensayase en un protoetnógrafo que, a través de sus formalizaciones estéticas, insinuara la manera de acercarse a un tipo específico y singular de vida social, que es la que estamos defiendo como urbana. Tu trabajo consiste en mostrar como Musil, por ejemplo, existe en paralelo a Simmel.

Esa literatura, sin quererlo, sugiere maneras de resolver el problema que Simmel plantea de cómo capturar lo fugaz y lo fragmentario de la realidad, cada uno de sus detalles, la imagen instantanea de la interacción social, todo lo que denomina las “formas de sociación” y que la sociología formal no era capaz de captar ni analizar. Para Simmel, en efecto, la sociedad es mucho más una interacción de sus elementos moleculares que una substancia. La sociedad existe “cuando ciertos individuos entran en interacción y forman una unidad temporal o permanente”. Las formas sociales más complejas son extensión de interacciones más simples entre los individuos. Esto se traduce en una atención preferente o exclusiva por los “procesos moleculares microscópicos del material humano, que exhiben a la sociedad, por decirlo así, statu nascendi. Esos “delicados e invisibles lazos que se tejen entre una persona y otra son accesibles mediante la microscopía psicológica". No se trataba de analizar las “estructuras de orden elevado y supraindividuales”, sino también los lazos sutiles, invisibles, que vinculan a los individuos entre sí, los “fragmentos fortuitos de la realidad social”. Toda la Filosofía del dinero —de la que Capitán Swing acaba de sacar una reedición— se asienta sobre esa “posibilidad de encontrar en cada uno de los detalles de la vida la totalidad del significado de ésta”. Te mando el texto que para ti más fundamental debería ser de Simmel en relación con tu proyecto: "Las grandes urbes y la vida del espíritu".

Lo que Simmel está planteando —y tras él y con él toda la Escuela de Chicago, sobre la que tiene una influencia enorme— es la cuestión, en efecto, de "lo urbano". Digamos que lo urbano —recuerda el texto que os mandé de Louis Wright a principios de curso— era un estilo de vida marcado por la proliferación de urdimbres relacionales deslocalizadas y precarias. Hay una definición que me gusta: la urbanización es «ese proceso consistente en integrar crecientemente la movilidad espacial en la vida cotidiana, hasta un punto en que ésta queda vertebrada por aquélla». Es de Jean Remy Remy y Lilian Voye, y está en La ville : vers une nouvelle definition? (L´Harmattan). La inestabilidad se convierte entonces en un instrumento paradójico de estructuración, lo que determina a su vez un conjunto de usos y representaciones singulares de un espacio nunca plenamente territorializado, es decir sin marcas ni límites definitivos.

En los espacios urbanizados los vínculos son preferentemente laxos y no forzosos, los intercambios aparecen en gran medida no programados, los encuentros más estratégicos pueden ser fortuitos, domina la incerteza sobre interacciones inminentes, las informaciones más determinantes pueden ser obtenidas por casualidad y el grueso de las relaciones sociales se produce entre desconocidos o conocidos «de vista». Desde presupuestos cercanos a la Escuela de Chicago, Robert Redfield y Milton Singer asociaron lo urbano a la forma de ciudad que llamaron heterogénetica, en tanto sólo podía subsistir no dejando en ningún momento de atraer y producir pluralidad. Era una ciudad ésta que se basaba en el conflicto, anómica, desorganizada, ajena u hostil a toda tradición, cobijo para heterodoxos y rebeldes, dominada por la presencia de grupos cohesionados por intereses y sentimientos tan poderosos como escasos y dentro de la cual la mayoría de relaciones habían de ser apresuradas, impersonales y de conveniencia.

Lo opuesto a lo urbano no es lo rural –como podría parecer–, sino una forma de vida en la que se registra una estricta conjunción entre la morfología espacial y la estructuración de las funciones sociales, y que puede asociarse a su vez al conjunto de fórmulas de vida social basadas en obligaciones rutinarias, una distribución clara de roles y acontecimientos previsibles, fórmulas que suelen agruparse bajo el epígrafe de tradicionales o premodernas. En un sentido análogo, también podríamos establecer que lo urbano, en tanto que asociable con la puesta a distancia, la insinceridad y la frialdad en las relaciones humanas con nostalgia a la pequeña comunidad basada en contactos cálidos y francos y cuyos miembros compartirían –se supone– una cosmovisión, unos impulsos vitales y unas determinadas estructuras motivacionales. Visto por el lado más positivo, lo urbano propiciaría un relajamiento en los controles sociales y una renuncia a las formas de vigilancia y fiscalización propias de colectividades pequeñas en que todo el mundo se conoce. Lo urbano, desde esta última perspectiva, contrastaría con lo comunal.

Ahí tenemos una cosa en la que he insistido mucho a lo largo del curso. De lo urbano cabría decir también que su ser otra cosa consiste en reconocerse como una labor, un trabajo de lo social sobre sí : la sociedad «manos a la obra», produciéndose, haciéndose y luego deshaciéndose una y otra vez, empleando para ello materiales siempre perecederos. Podría decirse, en otras palabras, que lo urbano está constituido por todo lo que se opone a no importa qué cristalización estructural, puesto que es fluctuante, aleatorio, fortuito..., es decir reuniendo lo que hace posible la vida social, pero antes de que haya cerrado del todo tal tarea, justo cuando está manos a la obra, como si hubiéramos sorprendido a la materia prima societaria en estado ya no crudo, sino en un proceso de cocción que nunca nos será dado ver concluido. Si las instituciones socio-culturales primarias –familia, religión, sistema político, organización económica– constituyen, a decir de Pierre Bourdieu, estructuras estructuradas y estructurantes –es decir sistemas definidos de diferencias, posiciones y relaciones que organizan tanto las prácticas como las percepciones–, podríamos decir que las relaciones urbanas son, en efecto, estructuras estructurantes, puesto que proveen de un principio de vertebración, pero no aparecen estructuradas –esto es concluidas, rematadas–, sino estructurándose, en el sentido de elaborando y reelaborando constantemente sus definiciones y sus propiedades, a partir de los avatares de la negociación ininterrumpida a que se entregan unos componentes humanos y contextuales que raras veces se repiten.

Una etnografía urbana, entendida como de lo urbano, debería presentarse entonces más bien como una antropología de lo que define la urbanidad como forma de vida: de disoluciones y simultaneidades, de socialidades minimalistas y frías, de vínculos débiles y precarios conectados entre sí hasta el infinito, pero en los que los cortocircuitos no dejan de ser frecuentes. Esa antropología urbana se asimilaría en gran medida con una antropología de los espacios públicos, es decir de esas superficies en que se producen deslizamientos de los que resultan infinidad de entrecruzamientos y bifurcaciones, así como escenificaciones que no se dudaría en calificar —conoces mi fijación en esta analogía— de coreográficas.

¿Su protagonista? Todo aquello en que se fijaría una eventual etnología de la soledad, pero también grupos compactos que deambulan, nubes de curiosos, masas efervescentes, coágulos de gente, riadas humanas, muchedumbres ordenadas o delirantes..., múltiples formas de sociedad peripatética, sin tiempo para detenerse, conformadas por una multiplicidad de consensos «sobre la marcha». Todo lo que en una ciudad puede ser visto flotando en su superficie, estructuras líquidas, ejes que organizan la vida social en torno suyo, pero que raras veces son instituciones estables, sino una pauta de fluctuaciones, ondas, situaciones, cadencias irregulares, confluencias, encontronazos...

Ahí está la clave de tu indagación. Esa etnografía de lo urbano como  etnografía de las inconsistencias, inconsecuencias y oscilaciones no puede pretender partir de cero. Antes bien, debería reconocer su deuda con las indagaciones y los resultados aportados por corrientes sociológicas que, desde las primeras décadas del siglo, anticiparon métodos específicos de observación y de análisis para lo urbano: entre otros, Simmel y los teóricos de la Escuela de Chicago. Estos teóricos de la inestabilidad social tampoco surgieron a su vez de la nada. En cierto modo vinieron a formalizar en el plano de las ciencias sociales todo lo que antes, y en torno a la noción de modernidad, había prefigurado una tradición filosófica que, constatando la creciente disolución de la autoridad de la costumbre, la tradición y la rutina,  se fija en lo que ya es ese «torbellino social» del que hablara por primera vez Rousseau. Esa misma impresión será organizada ideológicamente por Marx y Engels –«inquietud y movimiento constantes..., todo lo sólido se desvanece en el aire», como rezaba el Manifiesto comunista y nos recordara más tarde Marshall Berman–, pero también por Nietzsche. Y ahí entran, ya sabes, Baudelaire, Balzac, Gogol, Poe, Dostoievski, Dickens, Kafka...


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