dissabte, 18 de gener de 2014

Algunas consideraciones generales sobre la exclusión social. Nota para Olga Arilla, estudiante del Máster en Antropología y Etnografía de la UB

La foto es de JosuST y procede de flickr.com/photos/josust
La bibliografía y las teorías disponibles a propósito de la exclusión son variadas. Si tuviéramos que buscar algún elemento compartible sería aquel que establecería que la exclusión es un mecanismo que hace que ciertos seres humanos, más poderosos o simplemente más numerosos expulsen o impidan a otros el acceso a recursos y libertades fundamentales.  Todo ello como resultado de que, entre los diversos conjuntos sociales se han visto marcadas a menudo por la convicción de que alguno de esos conjuntos era intrínsecamente indeseable y merecía una descalificación global, y muchs veces, eso ha implicado la marginación, la inhabilitación, la persecución, y en los casos más extremos, el exterminio físico. A lo largo de varios siglos, un número incalculable de individuos han sido prejuzgados, estigmatizados, perseguidos o castigados no por lo que habían hecho sino por lo que eran. ¿Cuáles han sido los motivos de ese rechazo que no necesita pruebas para justificarse o que es capaz de inventarlas para justificar la negación al otro del derecho a la igualdad, a la libertad o a la vida sólo por sus diferencias? ¿Cuáles son los mecanismos que permiten esa construcción social del otro como enemigo que hay que neutralizar?

El primer tópico que debemos descartar es el que considera las actitudes excluyentes en términos psicológicos, de forma que los fenómenos de segregación o persecución pueden atribuirse erróneamente a la personalidad de los agresores. Estas explicaciones rehuyen la comprensión profunda del problema. A veces, porque naturalizan el rechazo, al considerarlo una proyección del recelo instintivo que todas las especies experimentan hacia el extraño (Jacquard). Se trata de una visión que muestra el racismo y la xenofobia como resultados de una tendencia natural del ser humano a temer y a protegerse de todo lo desconocido, y en consecuencia, a rechazarlo. Esta línea argumental suele reforzarse con razones extraídas de la etología animal o la sociobiología. Otras lecturas subjectivistas más sofisticadas consideran que el otro rechazado representa una proyección de los elementos inconscientes que no queremos aceptar de nosotros mismos, nuestro propio «yo oscuro». En otras ocasiones, analizan las conductas persecutorias como expresiones de una «personalidad autoritaria» (Adorno), o sencillamente, como el síntoma de una patología psiquiátrica que agudiza la agresivi­dad.

Frente a esta clase de interpretaciones, que dejan de lado los factores contextuales, lo que corresponde son lecturas del racismo, la xenofobia o la estigmatización, y otras formas de exclusión, que los consideran asociados a unos sistemas de acción y representación sociales. Es decir, cabe verlos como consecuencia más que la causa de las relaciones entre sectores sociales que son considerados o que se consideran a sí mismos incompatibles o antagónicos. Las variantes de la exclusión social no están en el origen de las tensiones o de las contradicciones sociales, sino que a menudo son su resultado. ¿Cuál es su tarea? Racionalizar, a posteriori, la explotación, la marginación, la expulsión, la muerte o el oblicuamiento y la negación que una parte del género humano puede imponer a otra.

La explicación del apogeo de las prácticas excluyentes en nuestra sociedad implica reconocer la confluencia de varias circunstancias singulares del mundo actual, todas las cuales tienen forzosamente relación con la función política y económica que cumplen. En primer lugar, porque las sociedades industrializa­das avanzadas han vivido una intensificación del elemento crónicamente conflictivo que toda sociedad sitúa en la misma base de su funcionamiento.

Cada uno de los grupos que se autodiferencia o que es diferenciado por los otros representa un punto dentro de una red de relaciones sociales donde la distribución del espacio, los requerimientos de la división social del trabajo y muchas otras formas de conducta competitiva son fuentes permanentes de colisión de intereses y entre las identidades donde estos intereses se refugian tan a menudo para legitimarse. Así pues, la frecuencia y la intensidad de los contactos físicos, territoriales, culturales y económicos estaría en la misma base del aumento de la conflictividad entre colectivos humanos, una conflictividad que, obviamente, siempre acabará beneficiando al agente comunitario que ocupe la posición hegemónica. En este caso, muchas veces, la identidad colectiva ‑étnica, religiosa, política‑ sólo es una subrogación que oculta relaciones de clase o de casta. Eso explica la verticalidad que se impone a las relaciones entre un colectivo diferenciado y el otro.

Se podría establecer que los dispositivos de la exclusión, que podríamos encontrar a distintos grados en otras sociedades y momentos históricos, se han agudizado en una última fase de la evolución de las sociedades modernizadas, como consecuencia paradójica del apogeo del igualitarismo. En efecto, las ideologías de la exclusión ‑prejuicio, marginación, racismo, xenofobia, estigmatización...‑ funcionan como una fuente de justificaciones para el desmentido de la igualdad de derechos y oportunidades que sufren constantemente las relaciones sociales reales. Todas las modalidades de exclusión encuentran, por esta vía, un vehículo para naturalizar una jerarquía en la distribución de privilegios y en el acceso al poder político y a la riqueza económica que los principios democráticos que orientan presuntamente la sociedad moderna nunca podrían legitimar.
           
Otra cosa que has de tener en cuenta es que los mecanismos de exclusión conocen varios niveles de intensidad y de elaboración. Pueden configurar un estado de opinión difuso o llegar a ser asumidos como ideología oficial del Estado. Sus formalizaciones pueden ser fragmentarias y contradictorias, pero también pueden apoyarse en teorías que parecen sazonadas con el máximo rigor «científico». Las lógicas de la exclusión pueden limitar los efectos a un desprecio y una hostilidad latentes, que eventualmente pueden provocar disturbios aislados por parte de grupos minoritarios, pero también pueden movilizar masas y desencadenar agresiones generalizadas, linchamientos o pogromos populares. Finalmente, la exclusión puede llegar a definir la política de un gobierno, institucionaliz­arse e instalarse como violencia oficial del Estado, y dar pie a auténticos macroprogramas de exclusión, como en la Suráfrica del apartheid, o de deportación y exterminio, como en el caso más extremo de todos: la Alemania nazi.




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