dissabte, 2 de novembre de 2013

Mead: símbolo y acción. Apuntes complementarios para la clase de Antropología de los espacios urbanos del 29/10/13

Foto de Francesc Melcion, publicada en ara.cat
En clase me quedaron por seguir los apuntes que llevaba para continuar lo que llegué a explicar del utilitarismo y el pragmatismo como escuelas filosóficas para entener las aportaciones de la Escuela de Chicago en el ámbito de las perspectivas situadas, que son las que se emplearían en una eventual antropología de los espacios urbanos, entendidos, no lo olvidéis, como espacios para ese tipo específico de sociabilidad que estamos llamando urbana.

El tema que me quedó por abordar es el del aporte de uno de esos miembros la corriente pragmática: el psicólogo social George H. Mead (1863-1931), que no publicó ningún libro y que se dedicó preferentemente dar clases y conferencias, casi todas en la Universidad de Chicago y su entorno.
Mead es uno de los exponentes de la influencia duradera del pragmatismo norteamericano y sin duda uno de los principales responsables intelectuales de su difusión. De hecho, debemos, en último término, a su psicología social, fuertemente conductista, todas las interpretaciones que se han hecho del ritual en clave comunicacional y los planteamientos generales del interaccionadme simbólico. Muy en la línea pragmática, Mead establecía en 1934 que "cuando hablamos de significación de lo que hacemos, estamos convirtiendo en un estímulo para la acción la reacción que estamos a punto de ejecutar". Esta cita la he sacado del libro del que leí en cuenta varios fragmentos en clase: Espíritu, persona y sociedad (Paidós), que es una recopilación de artículos.

Mead no hace otra cosa que llevar a sus últimas consecuencias la premisa de Dewey según la cual la significación no puede surgir sino como resultado y por medio de la comunicación interhumana, a la que premisa se añade la convicción, toma de Peirce, que la simbolización constituye objetos cuya existencia no sería posible si no fuera por el contexto de la relación social en que se produce esta simbolización. Así, cualquier símbolo presupone, para ser significativo, el proceso social de la experiencia común y la conducta de que surge, un universo de raciocinio dentro del cual el símbolo adquiere una significación compartida. La teoría del símbolo en Mead se inserta en el contexto más amplio de la solución reflexiva de problemas que nos plantea una situación futura y que una diciendo orientación de nuestras reacciones actuales nos permitirá afrontar con éxito. El símbolo, en tanto que es mediador entre el espíritu y el ambiente, nos hará posible identificar, gracias a la experiencia acumulada que encarna, «esto como lo que conducirá a aquello», a través siempre de un determinado control sobre la conducta.

Los símbolos, entonces, permiten «escoger las características particulares de la situación, a fin de que la reacción ante estas pueda estar presente en la experiencia del individuo ». Como veis es más que ostensible la relación directa de estos principios con los del reflejo condicionado behaviorista. Su enfoque es behaviorista, conductista, aunque no en el sentido de Watson. El ser humano debe ser estudiado en función de sus acciones, tanto ocultas como manifiestas. Ahora bien, en la medida en que estas acciones se ven complicadas en una serie de iniciativas conjuntas con otras personas, sus actos pueden ser más bien considerados como segmentos de transacciones más amplias. La sociedad es un proceso constante que consiste en actos sociales. Por acto social Mead entendía una transacción en la que intervienen dos o más personas entre las que existe una división del trabajo. Las contribuciones de los diversos individuos están coordinadas para conseguir unos objetivos que aporten gratificaciones de cualquier tipo para todos ellos.

En lugar de considerarse como suele hacerse en ciencias sociales- la acción humana como producto de factores que influyen en ella o actúan a través suyo, Mead la concibe como su propio producto y como explicable a partir y en función de sí misma. En vez de considerar al individuo como un simple medio para la actividad de los factores determinantes que influyen sobre él , interpreta que es un organismo activo que afronta , asume y actúa respecto a los objetos señalados . La acción es, pues, una conducta elaborada por el actor, y no una respuesta prefigurada de su organización personal.

Esta coordinación entre individuos aislados y motivados de forma independiente es posible gracias a la asunción del papel, es decir, a la capacidad de cada uno para considerar su propia actuación desde el punto de vista de los demás. Cada persona es capaz de comprender la transacción entera, de ubicarse dentro de ella y de regular sus contribuciones de forma que se ajusten al modelo general. La coordinación depende, pues, del autocontrol de cada uno de los que intervienen en una determinada situación social. Cuando hablamos de significación de lo que hacemos estamos convirtiendo en un estímulo para la acción la reacción que estamos a punto de ejecutar.

Mead lleva a sus últimas consecuencias las aserciones de dos teóricos del pragmatismo:  1. Peirce - la simbolización constituye objetos cuya existencia no sería posible si no fuera por el contexto de la relación social en que se produce esta simbolización. 2. Dewey - la significación no puede surgir más que como resultado y por medio de la comunicación humana. La sociedad existe en la comunicación.

Así, cualquier símbolo presupone, para ser significativo, el proceso social de la experiencia común y la conducta de que surge, es decir un universo de raciocinio dentro del cual el símbolo adquiere una significación compartida.La teoría del símbolo en Mead se inserta en el contexto más amplio de la solución reflexiva de problemas que nos plantea una situación futura y que una adecuada orientación en nuestras acciones nos permitiría afrontar con éxito. El símbolo como mediador entre el espíritu y el ambiente, nos hace posible identificar, gracias a la experiencia acumulada que encarna, "esto como lo que conducirá a lo otro".

Mead es conocido sobre todo por su teoría sobre el yo o self. El self no es el cuerpo del individuo sino un objeto perceptivo. Dado que la mayoría de actos son componentes de transacciones más anchas, los agentes son interdependientes. Los impulsos del individuo no pueden consumarse sin la cooperación de sus asociados. Cada participante se convierte así interesado en las posibles reacciones de los demás hacia él, ya que no puede hacer nada que comprometa su apoyo. Cada persona forma un objeto de sí mismo mediante la asunción de un papel o rol, al pasar revista a su conducta desde el punto de vista de aquellos con los que está comprometido en un objeto común. La conducta se constituye en una serie de ajuste por los que una persona se responde a sí mismo tanto como a su campo porcentual, lo de estados orgánicos, imágenes y reacciones previstas de otras personas. El dominio de uno mismo implica que cada uno se adecua de antemano a la situación en que se ve envuelta, y lo hace mediante una autorregulación continua, hecha de correcciones y reorientaciones en la acción.

Os mencioné que Mead concedía una importancia especial a los juego, en el que los niños pequeños asumían papeles específicos y imitaban a los individuos que conocen. Haciéndolo comienzan a comprender la perspectiva de los demás y formularse una orientación de sí mismos como objetos. En los juegos de equipo o de sociedad las respuestas de los demás están organizadas y la actividad procede del acuerdo con las reglas. Además, se debe estar en condiciones de asumir el papel de cualquier otro jugador.

Otro asunto importante es el de la interacción social. Hay dos tipos de interacción: la no -simbólica y la simbólica. En la primera el ser humano responde directamente a las acciones, mientras que en la segunda interpreta los actos recíprocos y actúan basándose en el significado que se extrae de esta interpretación. A esta interpretación le sigue un proceso de definición, o transmisión de indicaciones a otra persona sobre cómo debe actuar. Una asociación humana es un proceso constante de interpretación y definición a través del cual los participantes se acomodan sus propios actos los ajenos.

Las pautas establecidas de la vida de grupo existen y perduran únicamente gracias al continuo empleo de los mismos esquemas de interpretación, y estos a su vez sólo se mantienen por ser constantemente confirmados por la práctica. Las pautas establecidas de la vida de grupo no perviven por sí mismas, sino que su continuidad depende de una recurrente definición afirmativa. En el curso de la vida del grupo se multiplican las oportunidades de redefinir los actos recíprocos. La redefinición confiere un carácter formativo a la interacción humana, haciendo que en este o en aquel momento o punto de la interacción surjan nuevos patrones de conducta. En resumen, la interacción humana es un proceso en desarrollo, y no el mero resultado o producto de estructuras sociales o psicológicas.

El acto social es una unidad fundamental de la misma, por eso los análisis de la sociedad revelan su naturaleza genérica. Una acción conjunta no puede reducirse a un patrón común o idéntico de comportamiento por parte de los participantes. Cada uno de ellos ocupa necesariamente una posición diferente, actúa desde ella y realiza un acto individual y distintivo. Es el entrelazamiento de estos actos y no su calidad de comunes de lo que constituye la acción conjunta. Esta ordenación no se produce por medio de una simple acción mecánica, ni mediante una adaptación inconsciente, sino que son los propios participantes quienes acoplando sus actos, primero determinando el acto social en el que están a punto de comprometer, y segundo, interpretando y definiendo los actos ajenos al constituir la acción conjunta, es decir lo que los demás están haciendo o están a punto de hacer. Es esto lo que permite formar indicaciones sobre lo que debe hacerse.

La esencia de la sociedad reside en un proceso constante de acción, y no en una determinada estructura de relaciones. La definición común proporciona a cada uno de los participantes una guía decisiva, al dirigir estos sus propios actos de manera que se adecuen de manera que se ajuste a los de los demás. Hay que tener en cuenta que la trayectoria de las acciones conjuntas puede crear numerosas posibilidades de incertidumbre.

Se considera que una sociedad está compuesta de personas que afrontan la diversidad de situaciones que sus condiciones de vida les ofrecen. Para encarar estas situaciones se planean acciones conjuntas en las que cada uno de los participantes debe ordenar sus propios actos acuerdo con los ajenos. Para ello, interpreta los actos de los demás, y al mismo tiempo les hace indicaciones sobre cómo deberían actuar.

En virtud de la interacción consigo mismo, el ser humano es un organismo activo que afronta las situaciones en lugar de limitarse a responder a la influencia de los factores, y su acción se convierte así en algo que él elabora y dirige para hacer frente a las situaciones, en lugar de un despliegue de reacciones provocadas en él. La sociedad no es una estructura establecida sino un conjunto de personas que afrontan sus condiciones de vida. La acción social no emana de la estructura societaria, sino que es creación de los agentes humanos. La sociedad no es un sistema, un equilibrio, sino una enorme variedad de acciones conjuntas en curso, muchas de ellas estrechamente vinculadas entre sí y otros sin nexo común: muchas prefiguradas y repetitivas, y otras orientadas hacia nuevos rumbos, pero todas encaminadas al servicio de los propósitos de los participantes y no de las exigencias del sistema.

Eso no quiere decir que no exista una estructura social, sino que su importancia no reside en una pretendida determinación de la acción ni en su supuesta existencia como parte de un sistema societario que funciona por su cuenta. Su importancia reside que interviene en el proceso de definición e interpretación del que proceden las acciones conjuntas. La manera y grado de esta intervención puede variar enormemente según las situaciones, lo que las personas tomen en consideración y la manera en que lo enjuicien. Toda la obra de Mead se plantea la cuestión de cómo las personas se ven impulsadas a ordenar sus actos ante diferentes situaciones, en lugar de presumir que estos requieren y emana de compartir valores comunes. El carácter de la socialización pasa de ser una eficaz interiorización de normas y valores, a ser una cultivada capacidad de asumir eficazmente los papeles de los demás.

El cambio social, en lugar de ser una consecuencia episódica de hechos externos que influyen en una estructura establecida y en equilibrio, es en Mead un proceso interno continuo en la vida del grupo. Este permanece siempre en un estado de desarrollo constante e incompleto, en lugar de ir pasando de un estado completo a otro. De Mead el libro que tenemos al alcance es el de Paidós que llevaba a clase al otro día y que he referenciado más arriba. También traje un estudio sobre su obra: la de Ignacio Sánchez de la Yncera, La mirada reflexiva de GH Mead (CIS). Está muy bien, por si desea una introducción general sobre su obra y su influencia.


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