diumenge, 13 d’octubre de 2013

"Tarados y científicos". Un texto de Mikel Fernandino a propósito de una etnografía sobre los avistamientos de ovnis en Montserrat

Encuentro para el avistamiento de ovnis en Montserrat. 
La foto procede de mundoparapsicologico.com//

El pasado curso se defendió en el Departament d'Antropologia Social de la UB el trabajo de investigación para la obtención del título de máster de Mikel Fernandino. El título de su trabajo —que empezó siendo una labor de curso para la asignatura Antropología Religiosa— fue Luces en el cielo: aproximación etnográfica a un culto ufo en Montserrat. La tesina fue valorada con la mejor calificación, que era sin duda la que merecía. Mikel me mando ahora unas notas a propósito de sus —en ocasiones, nuestras— visitas a Montserrat para participar en avistamiento de ovnis las noches del 11 de cada mes. Mikel me ha dado permiso para colgar sus impresiones en este blog.


TARADOS Y CIENTÍFICOS Mikel Fernandino 
“Antropólogos y científicos sociales: ¡Mirad! ¡Un ovni!” 


Colegas, aceptad que no somos pocos los que nos hemos encontrado durmiendo al raso y hemos descubierto una tímida luz que nos ha sobrecogido y a la que, casi instintivamente, hemos denominado con la tan inconcluyente definición de ovni, casi entre el juego y el temor. Todo ello con la sombra de lo irracional trazando la frontera de las tan racionales formas de cualquier humana (o europea) mente, más aun si antropológica. La versión extraterrestre de una luz nocturna asusta siempre, por muy básica que sea la estructura celular del grado al que os matriculasteis hace ya unos meses, pensando que encontraríais respuestas, y ofreciéndoos más dudas. Sobre todo sobre vuestro futuro. 

Ahora imaginen que la decisión de alimentar esa sombra -supongo que en aras de lograr una mayor definición entre lo racional y lo irracional, o quizás como mero juego de sombras chinescas- mueve cada 11 de cada mes a al menos un centenar de personas a las faldas de la montaña montserratina. No pensemos que están todos locos aunque lo creamos, digamos que han adquirido una tendencia religiosa salvacionista con claros rasgos de Nuevos Movimientos Religiosos y New Age cercanos al culto cargo, milenarista y esperanzador, con tintes cristiano-reformistas, fruto del nuevo gran despertar americano. O algo semejante que se os ocurra. 

El once, en Montserrat. Las templadas noches primaverales arropan discusiones que mañana simplemente no podrían darse porque la noche lo impide. Pero imaginen todas aquellas vidas a granel que la mañana del doce, cruzan las puertas de una oficina, gris como sus felices vidas, y acallan su deseo de ofrecer una explicación de los aletargados pasos, de sus miradas ojerosas, de su mañana más matutina de lo habitual. Y ellos que, aun somnolientos, sueñan con relatar la historia de aquello que observaron la noche anterior en el cielo de Montserrat. Que fue poco en el cielo y bastante más en tierra. 

Alguno quizás aprovechase la ocasión para dar nuevas sobre un tarado más en este mundo, que cada día 11 ofrece respuestas un tanto grotescas sobre la divinidad, la Moreneta, Hitler o Gandhi, la segunda guerra mundial o los viajes astrales, las constelaciones sistémicas, la confabulación interplanetaria o los restos estupidizantes del motor de los aviones al pasar, la paz universal, los Anunnakis, los hummitas o un origen de las especies que nada o poco tienen que ver con Darwin. En suma, mil razones más para dudar de nuestros mandatarios o de las sopas Campbell, Lucky Strike o de lo que sea, pero dudar ¡coño! Y Dios quiera que mil razones más para darse a la bebida y hacerse con un cóctel molotov en condiciones y reventar, a la Guy Fawkes, todo resquicio de normalidad, cubriendo de gris ceniza, el gris de sus felices vidas. 

Y luego tarado llamarán a aquél que desea imaginar civilizaciones en planetas habitables (me refiero a habitables de verdad y no sostenibles, amigos socialdemócratas), darles un nombre-un pasado-una historia. Jugar a ser un poco como dios, proponiendo sistemas de parentesco en los que follar con tu prima cruzada sea simplemente saludable. Discutir sobre ciborgs humanoides que suplan los deseos más brillantes de nuestras zonas más oscuras, hablar de agujeros negros, agujeros con gusano, exopolíticas o mundos que nos lleven a odiar el nuestro tanto como para acabar queriéndolo nuevo. O, finalmente hablar de mundos que nos ayuden a entender un poco mejor el tuyo y el mío (que no por fuerza son el mismo). Con esta frase digna del manual de “porqué estudiar antropología”. 

¿Será aquello un disco volante del tipo cigarro puro o será ésta la forma de parentesco de tipo esquimal? Lo importante es tener algo con lo que pasar el rato, la pregunta es irrelevante. Sean Mulder o Scully, levi-strauss o Geertz quienes te la respondan. 

Y luego dirán que importa demasiado si esas sociedades existieron y dirán que eso no es posible y que hablemos de los !kung del kalahari, que de reptilianos no queremos saber nada. Colegas, ante todo tenemos un legado científico natural que tenemos que corroborar aunque no haya Atlante que lo sostenga y aunque tu tío el fisicocuántico se ría de tu pretensión científica en el cumpleaños de la madre que lo parió. Pero nos guste o no, el colonialismo ha hecho más posible estudiar marcianos que indios hopi. 

Miren, quise estudiar lo que ocurre en ese lugar donde se estudia lo que ocurre donde la vista no alcanza. Y acabé donde tenía que acabar, comprendiendo que la vista tampoco a mí me alcanzaba. Observando civilizaciones desastrosas y tiñéndolas de rosa fucsia para corroborar que, “todo ritual tiene su función y toda tradición su estructura” (cita requerida). Piensen sino qué nos separa a los antropólogos de los locos de los hummitólogos entre berrinches epistemológicos, en conversaciones acaloradas en despachos acalorados con lo bien que estaríamos en la playa o en congresos donde todos nos queremos mucho pero queremos mucho más las becas que nuestros colegas, a los que queremos mucho, quieren tanto como nosotros o más. Mientras, esto de la universidad toma el cáliz de la republica intergaláctica de Star war: al punto de imperio. 

Si en el fondo la verdad es como Beetlejuice. Como Verónica: aparece cuando se la nombra tres veces frente al espejo (el que sostiene a duras penas toda una comunidad científica). Si lo importante es adornar el árbol de navidad que presentamos como tesis, con guirnaldas brillantes y marcos teóricos esplendorosos y como colofón, en lo más alto, una estrella de belén con forma de bonita firma de un director en segunda fila de playa del mar del academicismo más rancio. A ver si cae el gordo u os toca la primitiva (a no, perdón… ya no se estila esa palabra) y os pagan un viaje a Brasil para estudiar tarados en taparrabos que de poco os importan. ¿Aun llevan taparrabos por allá? Es igual, ya se lo preguntaréis a vuestro codirector en la facultad de Sao Paolo, si es que los ha visto, claro. Lo importante es poner cara de que todo te va bien, de que aceptas todas las diferencias culturales y el derecho del indígena que lucha por su planeta cual Ewok furibundo. Lo que importa es salir de Barcelona y vivir experiencias inolvidables, ya volverás con algún kilo menos y habiendo visto la muerte de cerca. Luego tesis, vasito de leche y a dormir en vuestro lecho académico. Con musiquita étnica en los oídos. 

Qué momentos aquellos, ¿eh? ¿Os acordáis cuando estuvisteis en Lacandona? 

Ya sé que ya nadie pretende ofrecer verdades redondas u objetivismos en ciencias sociales, pero aun queda mucho rezagado con plaza fija, conque no se me ajetreen si les aseguro que subir cada 11 y ver al grupo de contactados y algún que otro abducido, no es muy diferente de bajar hasta el edificio de la UB del Raval -que está tan enfermo como lo que alberga dentro- y charlar con mis compañeros comprometidos con mil causas honrosas. Tanto científicos como charlatanes evangelistas cuentan maravillas de sus últimas vacaciones. Que más da si entre mapuches o pleyadianos. 

En nuestro caso, el rigor científico solo es un requisito extra para poder pasarlo putas o pasarlo en grande y al final, tener algo que contar a nuestros padres, a nuestros nietos y, por supuesto, al tribunal, claro. Al menos a los abducidos se la suda el empirismo, el marco teórico, los precedentes y los objetivos de su proyecto etnográfico; pasan directamente al trabajo de campo. 

“A no, coño…¡si era un avión!” 



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