dimecres, 16 d’octubre de 2013

Sobre la distinción entre la ciudad y lo urbano en Henri Lefebrve y anuncio de la inminente aparición de "La producción del espacio social" (Capitán Swing). Notas de la clase Antropología de los espacios urbanos del 15/10/13

La foto procede de iso101.blogspot.com.es/
La aparición de Joan Uribe ayer en clase fue providencial, como providencial fue que trajera consigo casualmente —ay, ¡el azar!. como se toma la molestía de demostrarnos que no existe— trajera consigo un ejemplar de Espacio y política, de Henri Lefebvre, en su edición de Península de 1973. También por suerte encontré a la primera uno de los momentos de la obra en que Lefebvre establece esa diferencia en la que estoy centrando la clase hasta ahora, que es la que distingue la ciudad de lo urbano, esa forma específica de organizar y pensar el tiempo y el espacio en general, y no sólo en el marco físico de ese constructo material que es la urbe.

Permítaseme repasarlo para vosotros/as ahora. La ciudad es una base práctico-sensible, una morfología, un dato presente e inmediato, algo que está ahí. La ciudad es lo que ocurre en las calles, en las plazas. Lo urbano es otra cosa: no requiere por fuerza constituirse como elemento tangible, puesto que podría existir y existe como mera potencialidad, como conjunto de posibilidades. En ese sentido, la ciudad es palabra, habla, sistema denotativo. Lo urbano más va más allá: es un lenguaje, un orden de connotaciones, como Lefebvre establece tomando el símil de la glosemática y de la semiótica de Greimas. Lo urbano no es un tema, sino una sucesión infinita de actos y encuentros realizados o virtuales. La vida urbana “intenta volver los mensajes, órdenes, presiones venidas de lo alto contra sí mismas. Intenta apropiarse el tiempo y el espacio imponiendo su juego a las dominaciones de éstos, apartándoles de su meta, trampeando… Lo urbano es así obra de ciudadanos, en vez de imposición como sistema a este ciudadano” (p. 85, de la edición que hojeamos en clase ayer).

Lo urbano es esencia de ciudad, pero puede darse fuera de ella, porque cualquier lugar es bueno para que en él se desarrolle una sustancia social que acaso nació en las ciudades, pero que ahora expande por doquier su “fermento, cargado de actividades sospechosas, de delincuencias; es hogar de agitación. El poder estatal y los grandes interese económicos difícilmente pueden concebir estrategia mejor que la de desvalorizar, degradar, destruir la sociedad urbana…” (p. 99). Lo urbano es lo que se escapa a la fiscalización de poderes que no entienden ni saben qué es lo urbano, puesto que lo urbano “constituye un campo de visión ciego para aquellos que se limitan a una racionalidad ya trasnochada, y así es como corren el riesgo de consolidar lo que se opone a la sociedad urbana, lo que la niega y la destruye en el transcurso del proceso mismo que la crea, a saber, la segregación generalizada, la separación sobre el terreno de todos los elementos y aspectos de la práctica social, disociados los unos de los otros y reagrupados por decisión política en el seno de un espacio homogéneo.” (p.  99)

Ahora bien, a pesar de los ataques que constantemente recibe lo urbano y que procuran desmoronarlo o al menos desactivarlo, sostiene Lefebvre, este persiste e incluso se intensifica, puesto que se alimenta de lo que lo altera; puesto que “las relaciones sociales continúan ganando en complejidad, multiplicándose, intensificándose, a través de las contradicciones más dolorosas. La forma de lo urbano, su razón suprema, a saber, la simultaneidad y la confluencia no pueden desaparecer. La realidad urbana, en el seno mismo de su dislocación, persiste” (esto es de El derecho a la ciudad, Península, 1976). Es más, se antoja que la racionalización paradójicamente absurda que pretende destruir la ciudad ha traído consigo una intensificación de lo urbano y sus problemáticas. De ello el mérito le corresponde a habitantes y usuarios que, a pesar de los envites que recibe un estilo de vida que no deja nunca de enredarse sobre sí mismo, o quizás como reacción ante ellos, “reconstituyen centros, utilizan lugares para restituir los encuentros, aun irrisorios” (El derecho...., p. 100). Frente a un control sobre la ciudad por parte de sus poseedores políticos y económicos, que quisieran convertirla en valor de cambio y que no duda en emplear todo tipo de violencias para ello, lo urbano escapa de las exigencias del valor de cambio, puesto que se conforma en apoteosis viviente del valor de uso. Lo urbano es el reino del uso, es decir del cambio y el encuentro liberados del valor de cambio (de nuevo Espacio y política p. 167) Es posible que la ciudad esté o llegue a estar muerta, pero lo urbano persistirá, aunque sea en “estado de actualidad dispersa y alienada, de germen, de virtualidad.  Lo que la vista y el análisis perciben sobre el terreno puede pasar, en el mejor de los casos, por la sombra de un objeto futuro en la claridad de un sol de levante…”. Un porvenir que el ser humano no “descubre ni en el cosmos, ni en el pueblo, ni en la producción, sino en la sociedad urbana” (p.  120). De hecho, “la vida urbana todavía no ha comenzado” (p. 127).

Lo urbano no es substancia ni ideal: es más bien un espacio-tiempo diferencial. es lo que no pertenece propiamente a la ciudad; es más, se constituye, hace notar Lefebvre, lo que permite confirmar y culminar el viejo postulado que Engels, en el AntiDühring, le permitía restituir lo social al reino de la naturaleza, puesto que lo social ha devenido ya del todo urbano, lo que equivale sostener lo mismo que hemos visto que sostenía Lofland: lo urbano no es ya sino la radicalidad misma de lo social, su exacerbación y, a veces, su exasperación. “Lo urbano, al mismo tiempo que lugar de encuentro, convergencia de comunicaciones e informaciones, se convierte en lo que siempre fue: lugar de deseo, desequilibrio permanente, sede de la disolución de normalidades y presiones, momento de lo lúdico y lo imprevisible” (p. 100)…, es lo que aporta “movimiento, improvisación, posibilidad y encuentros. Es un “teatro espontáneo” o no es nada (p,  157].

Lo urbano es descrito y analizado en esas dos obras (Espacio y poder y El derecho a la ciudad, por mencionar sus ediciones españolas) como un auténtico espacio hipersocial, lo que es congruente con que luego calque sus características a lo que en La production de l’espace social llama simplemente espacio social. Es más, esa identificación es explícita en diversos momentos, como repitiendo lo que en sus dos obras anteriores ya establecía sosteniendo que el espacio social se ha vuelto ya urbano en su conjunto. En efecto, “el espacio social, sobre todo el espacio urbano aparece en su multiplicidad, comparable a la de un hojaldre, mucho más que a la homogeneidad del espacio euclidiano clásico. Los espacios sociales se compenetran, se interfieren, se superponen, incluso cuando se antojan separados por muros, puesto que ni siquiera estos pueden evitar la circulación de los fluidos que no dejan de recorrerlo. En ello consiste su hipercomplejidad, echa de “unidades individuales y particularidades, fijaciones relativas, movimientos, flujos y ondas, unas compenetrándose, las otras enfrentándose, etc.” (Lefebvre, La production de l'espace social, Anthropos, 1974: 106). Aprovecho para compartir con vosotros la gran noticia de la aparición de la versión en español de ese libro, La producción del espacio social, con un prólogo a cargo de Ion Martínez Lorea, de la Universidad de Zaragoza.

Ese espacio que Lefebvre titula urbano, ¿acaso no es ese reino al que Lofland, en aquel libro que os traje el primer día de clase, calificaba como quintaesencia del espacio social mismo, y que no es que sea distinto del espacio ideológico de las místicas del espacio público habermasiano hoy de moda, sino que es justamente lo que debería reconocerse a sus antípodas? Ese espacio es el mismo que, por ejemplo, le permitía a Jane Jacobs (Muerte y vida de las grandes ciudades. Capitán Swing) hablar de la sociedad de las aceras, ese escenario para una compleja y apasionante vida social, en la que las ciudades encontraban el elemento fundamental que hacía de ellas marco para las formas más fértiles y creativas de convivencia humana, formas singulares de sociabilidad que protagonizan los transeúntes o avecindados  que llevan a cabo actividades más o menos ordinarias a lo largo y ancho de la acera de una calle, distribuyéndose en una plaza u ocupando el que consideran su lugar en un parque público, que no sólo constituían una colección fascinante de actos y acciones ordenados de manera casi coreográfica.

Acordaos de lo que os subrayaba anoche en la lectura que hacía del texto de Lefebvre: "En tanto que forma, lo urbano lleva un nombre: es la simultaneidad” (p. 68.) Simultaneidad de percepciones, de acontecimientos, espacio por tanto de hipersocialización, puesto que es la forma concreta que adopta “el encuentro y la reunión de todos los elementos que constituyen la vida social”. En el marco general definido por todo tipo de procesos negativos de dispersión, de fragmentación, de segregación…, lo urbano se expresa en tanto que exigencia contraria de conjunción, de reunión, de redes y flujos de información y comunicación… “Lo que la forma urbana reúne y torna simultáneo puede ser muy diverso. Tan pronto son cosas, como personas, como signos; lo esencial reside en la reunión y en la simultaneidad”. Ese espacio de simultaneidad, ¿no se parece o es idéntico a aquel espacio en el que la señora Dalloway –es decir, Virginia Woolf; os lo leí el primer día de clase–, recibía la impresión, mientras cruzaba Victoria Street,  de que en él “las cosas se juntaban”. 


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