dilluns, 7 d’octubre de 2013

"Más allá de la ciudad, lo urbano", fragmeno de un texto para Javier Tusell, ed., "Claves de la España del siglo XX" (Valencia, 2001)

La foto está tomada de flickr.com/photos/publikaccion/
Del artículo "La conquista del espacio. La ciudad y lo urbano en la España del siglo XX", en Javier Tusell, ed. Claves de la España del siglo XX, España Nuevo Milenio, Valencia, 2001, pp. 175-181.

MÁS ALLÁ DE LA CIUDAD, LO URBANO
Manuel Delgado

En España se han continuado brindado ejemplos de una misma obsesión por controlar lo que sucede en la ciudad. Las planificaciones, las mapificaciones, las delineaciones viarias, las zonificaciones han vuelto a ser instrumentos que procuran –sin acabar de conseguirlo nunca– fiscalizar lo que ocurre en las calles. El urbanismo continua sin hacer otra cosa que intentar como sea acabar con los esquemas paradójicos y con los azares, aplicando principios de reticularización y de vigilancia que pusiesen fin o atenuasen la opacidad y la confusión a que siempre tiende la vitalidad de las ciudades. Destino último de todo urbanismo: desactivar lo urbano, constituir por fin una ciudad perfecta, es decir una contra-ciudad.

Por suerte, más allá de los proyectos, los planes y los planos, la urbanidad es otra cosa. Es la sociedad que producen los ciudadanos, la manera que estos tenen de gastar los espacios que utilizan. Son los practicantes de la ciudad quienes constantemente se desentienden de las directrices diseñadas, «pasan» de los principios arquitecturales que han orientado la morfología urbana y se abandonan a modalidades de territorialitzación efímeras y transversales. Son ellos quiénes crean y recrean sin descanso un universo poliédrico, hecho de acontecimientos, de descargas energéticas moleculares o masivas. Se sueña con una ciudad digitalizada y se encuentra uno con una ciudad manoseada, caminada hasta la infinito, ávida de esa agitación que la alimenta, gastada por las vidas que la recorren. Los macrocentros comerciales, los nudos de transporte, las instalaciones turísticas, todos los dispositivos espaciales pensados para la alienación y la narcotización de las masas, son reconvertidos por éstas en función de intereses y funciones «otros», sometidos a todo tipo de argucias de apropiación.

Lo complejo de los usos se acaba imponiendo a lo simple de los esquemas proyectados. Las plazas duras más hipnóticas, pensadas para cualquier cosa menos para la amabilidad, han acabado colonizadas por patinadores y practicantes de skateboard. Las inmaculadas paredes de los templos de diseño no se han escapado de los tatuajes y las marcas, indicativos inequívocos de la presencia de una vida que vive de comunicar. De pronto, se ven surgir aquí y allá iniciativas que racionalizan la autoconstrucción, en los que técnicos especialistas y vecinos aunan esfuerzos e intercambian prestaciones. Ahí están para demostrarlo iniciativas como las que se amparan en el Plan de Políticas Alternativas de Vivienda. Por ejemplo, Chiclana (Cádiz) o Villa Blanca (Huelva). La ciudad es interpelada por protestas y movilizaciones civiles, que advierten de que, se quiera o no, el espacio urbano es el espacio natural del conflicto. En la mayoría de oportunidades, los usos de la calle para fines proclamativos han sido pacíficos. En ocasiones realmente masivos, como en la manifestación en Barcelona en favor de la autonomía catalana, en septiembre de 1977; en Madrid, contra el golpe de estado de febrero de 1981, o en tantas ciudades españolas contra el terrorismo en el verano de 1997. A veces, las ocupaciones han sido tumultuosas, como en las huelgas generales de diciembre de 1988 o enero de 1993. Por último, las ha habido también violentas. En Madrid, Barcelona, Bilbao o San Sebastián los altercados han reclamado motivos sociales o políticos de signo radical. En otras oportunidades las causas han podido ser mucho más arbitrarias, hasta peregrinas. A principios de la década de los 90 se extienden graves disturbios en diferentes ciudades españolas como consecuencia de la decisión gubernativa de adelantar el horario de cierre de los bares nocturnos: Huesca, en enero 1990; Zaragoza, en abril del mismo año; Cáceres –los más graves–, en octubre de 1991; Santiago, en noviembre de 1992... En Valladolid, se producen graves enfrentamientos con la policía al prohibirse las hogueras de San Juan a orillas del Pisuerga, en el 2000. Todos esos casos son las evidencias de que no pueden existir ciudades «frías» y que toda metrópolis es una suerte de máquina que requiere de procesos entrópicos para funcionar.

Las dinámicas urbanas han continuado su vida, ajenas en gran medida a las medidas oficiales que creían orientarla. Los recién llegados, los llamados «inmigrantes» –porque, ¿quién puede ser inmigrante en ciudades en que todos sus habitantes lo son o lo han sido?–, nos recuerdan que toda ciudad depende de la pluralidad humana que es capaz de convocar o producir. Los jóvenes generan espacialidades propias, emplean el desplazamiento como una forma de estructuración de la experiencia y de la sociabilidad. Las pintadas, las rutas del ocio, incluso los enfrentamientos, son maneras de territorializar, de reclamar zonas propias que se sobreponen indiferencias a las zonificaciones oficiales. A finales del siglo XX, movimientos sociales de signo radical, como los okupas, restablecen los principios de urbanismo insurrecional que los situacionistas aplicaron en las calles de París en mayo de 1968.  Se dice que estamos en la era de internet y de las pistas informáticas, al tiempo que se multiplican las grandes conexiones viarias basadas en la rapidez. En cambio, los usos lentos de la calle se ven revitalizados como consecuencia paradójica de las nuevas formas de consumo, que propician las peatonalizaciones y los espacios libres de coches. Arquitectos jóvenes –Ábalos, Herreros, Mateo, Miralles...– demuestran una nueva sensibilidad hacia el papel activo de los usuarios en la producción de espacio urbano. Decididamente, la ciudad vive.

Las ciudades españolas han conocido en las últimas décadas mejoras infraestructurales y morfológicas indiscutibles. Pero lo que más enfatizable resulta es que aparecen cada vez más orientadas por la grandilocuencia ornamental, por la ideologización del espacio, por la banalización de unas puestas en escena que priman lo fácil, por la monitorización creciente de la vida civil, por el acoso constante contra toda espontaneidad, y todo ello al servicio de estrategias de centralización política y de incorporación a la mundialización capitalista. Los modelos urbanos –en el sentido de urbanísticos– nunca han dejado de someterse a lo largo de todo el siglo a los intereses político-económicos hegemónicos en cada momento, que nunca han sido los de la mayoría de la población. Hoy, en España, la reordenación de la ciudad en función de la reestructuración capitalista de los espacios mundializados de producción y consumo vuelve una vez más a requerir la urgencia de domesticar lo urbano, que es casi lo mismo que decir de reducir al máximo la complejidad, la anomia, lo diverso, lo disperso de la ciudad. El magma en que hierven, ajenas al poder de lo político, las potencias de lo social.

Desde el punto de vista del político municipal o del planificador, la ciudad es pensable, incluso soñable. Como si no se quisiese admitir la realidad de una sociedad naturalmente alterada, en nombre de la quimera imposible de una sociedad arquitectónica y politizada. A los «especialistas en ciudad» les cuesta reconocer que en realidad lo urbano es ininteligible: dice demasiadas cosas como para que se pueda entender alguna o para que el conjunto aparezca como un todo coherente e interpretable. Estructural, formal o funcionalmente la ciudad puede ser prevista. Lo urbano en cambio no. Lo urbano es, por principio, una articulación indefinida e irregular. A la ciudad planificada se le opone –o le es indiferente– la ciudad practicada. Los despachos de los políticos municipales y los gabinetes de los diseñadores urbanos no saben apenas nada de lo urbano, de las agitaciones que animan las ciudades que trazan y administran, de la intensidad de los cuerpos que la recorren y la moran, de las perturbaciones que la agotan al mismo tiempo que le otorgan vida. Se trata de imponer a toda cosa una ciudad ordenada y embellecida, sometida a las leyes del marketing y la publicidad, y hacerlo sobre una ciudad socializada, contradictoria, compleja, que se alimenta de sus malestares, que vive de lo que la turba. Objetivo final: conseguir en el siglo XXI lo que no se logró en el XX; ciudades urbanísticas, es decir ciudades desurbanizadas, antipasionales, tranquilas, sumisas... Sueño dorado de una ciudad sin rabia, sin sorpresas, sin sitio donde esconderse, sin vértigos..., una ciudad sin ciudad.

Canals de vídeo

http://www.youtube.com/channel/UCwKJH7B5MeKWWG_6x_mBn_g?feature=watch