dissabte, 21 de setembre de 2013

Un comentario sobre la campaña contra el Toro de la Vega de Tordesillas, relacionándolo con la persecución franquista de las fiestas taurinas no normalizadas, con especial referencia a los disturbios en las fiestas de San Juan en Soria en 1953

Fotografia de Leopoldo Pomés, 1957
Un comentario sobre la campaña contra el Toro de la Vega de Tordesillas, relacionándolo con la persecución franquista de las fiestas taurinas no normalizadas, con especial referencia a los disturbios en las fiestas de San Juan en Soria en 1953. Los datos sobre la prohibición de la fiestas y sus consecuencias los presenté en la comunicación “Soria 1953: Una evocación necesaria”, en 1er. Congreso de Etnología y Folklore en Castilla y León, Soria, septiembre 1986, cuyas actas fieron publicadas por la Junta de Castilla y León, Salamanca, en un compilación de Luis Díaz Viana.

Interesante el tema de la campaña para prohibir el toro de la Vega de Tordesillas. Lo es porque continúa una larga tradición de prohibiciones o intentos de prohibición de fiestas con toros no normativizadas: capeas, vaquillas, etc. En 1931 se publica una ley en ese sentido, firmada por Miguel Maura, a la sazón ministro de la Gobernación, que, como todas las anteriores y posteriores, tiene un precario resultado, pero del que destaca el su espíritu católico y conservador. Esto es lo que dice, tomado del volumen IV del Cossío:

“Es preciso declarar que la intención de tales órdenes estaba perfectamente encaminada. En efecto, las capeas presentan en su estado más primitivo y repelente todos los elementos de crueldad, riesgo y frenesí de las corridas de toros, sin valor apenas que compense su desnudez, salvo su casticismo pintoresco, más propio para ser gozado en la reproducción plástica o en el relato literario que en la cruda realidad del espectáculo. Cuantos expedientes ha podido inventar el ingenio más cruel para atormentar a las reses son puestos en práctica en las capeas. Cuantos riesgos supone la malicia de los toros, poderosos y picardeados, y la inepcia y desconocimiento de toda técnica de los que lidian, tienen en ella lugar. La reacción ante el riesgo y la sangre de multitudes no habituadas al espectáculo taurino, especialmente mujeres, tiene carácter verdaderamente histérico. La estadística de desgracias ha sido algunos años aterradora”.

Esta voluntad represora iba a endurecerse más aún a raíz de las orientaciones, en este campo, del régimen surgido de la guerra civil. Mientras la fiesta nacional era objeto de una descarada apropiación, las fiestas populares con toros lo eran de una doble batalla. Por un lado, se propagaban ideas contrarias a su celebración en base a su presunta condición de signo de “atraso cultural”, “subdesarrollo”, “pueblerismo”, etc., y como parte de una identidad que debía ser sacrificada en nombre de las supersticiones desarrollistas y de un paradójico “europeísmo”. Por la otra, y en caso de que la disuasión ideológica no diera resultado, se actuaba directamente mediante la represión administrativa y policial.

Con tal fin se procede a una estricta aplicación de las legislaciones antitaurinas de De la Cierva (el represor de la Semana Trágica de Barcelona), de 1903, y la mencionada de Maura de 1931. Más adelante el franquismo promulga leyes específicas, como la Circular 32/1963, en la que se impone la supresión de todos los espectáculos que “impliquen maltrato de animales, aunque sean tradicionales” y que aún tardíamente, en noviembre de 1985, sirve para justificar la prohibición municipal de un corre-bou en Sant Boi de Llobregat, Barcelona. Acerca de esta circular Gómez Mardones informa:

“En esta circular se incluyen consideraciones a los señores alcaldes para que hagan comprender a la población que tal supresión es necesaria para el bien de la patria. En muchos casos los ediles hicieron la vista gorda para no servir de blanco a los improperios de sus convecinos o, simplemente, jugaban con las palabras de los carteles anunciadores de festejos y donde la gente entendía que aquella noche iba a haber un encierro de un toro embolado, se podía leer: 'Exhibición de ganado vacuno y desfile de antorchas' (1985, p. 32).

De este tipo fueron algunos de los ritos prohibidos con mayor resonancia. El toro júbilo de Medinaceli, por ejemplo, que fue considerado ilegal a partir de 1962, siendo ministro Fraga, y hasta 1977, aunque, como casi siempre, de una forma exclusivamente nominal. La causa parece que estuvo en las quejas presentadas por unas sociedades protectoras de animales británicas.

Pero de todas, la más significativa fue la situación, originada en Soria al iniciarse el verano de 1953. Fueron objeto de una nueva prohibición las fiestas de San Juan o de la Madre de Dios, uno de los conjuntos rituales más fascinantes de la tradición cultural-popular ibérica superviviente, a las que más adelante me referiré detenidamente, prohibición dirigida especialmente a los aspectos más radicales de su ciclo, que eran los que aparecían centrados en el simbolismo sacrificial del toro.

En 1952 el gobernador civil López Pandos había sacado sus propias conclusiones acerca de la realidad festiva soriana. Éstas consistían básicamente en la idea de que eran excesivos los “aspectos bárbaros” observables y que debía tenderse a acabar con la “alegría desenfrenada” y con las pautas “desordenadas” y “de mal gusto”. Al año siguiente se hizo un intento de aplicar los criterios del gobernador. Desde el inicio mismo de las fiestas fue continua la imposición de multas a los alborotadores. Ante la ineficacia de esta orientación represiva, el denominado jueves de saca se procedió a la detención de la totalidad de los caballistas que participaban en el rito y se estableció un poderoso dispositivo policial en la plaza de toros todos los días de corrida. Cuando la tradicional comitiva se dirigía, en el lunes de bailas, al Collado para el rosario de la aurora y a la entrada es éste, la policía allí estacionada protagonizó una violentísima carga de la que resultaron bastantes heridos y que dio lugar a numerosos incidentes durante todo el resto del día. Probablemente, Soria no ha conocido en su historia más reciente situaciones con tal alto grado de tensión violenta. Debe señalarse también que fue este mismo López Pandos quien impuso la sustitución de las cuadrillas tradicionales por otras (las peñas), a las que se obligó a enmarcarse orgánicamente en el Frente de Juventudes.

Directamente relacionada con estos sucesos está una de las páginas más bochornosas de la historia de la investigación folclórica en España, en la que se manifiesta el alto grado de servilismo de sectores importantes de nuestra antropología respecto del poder político establecido. En su número de 1955, la revista “Celtiberia” publica un artículo titulado Sobre las Fiestas de San Juan, firmado institucionalmente por el oficial Centro de Estudios Sorianos, dependiente, como la propia revista, de la Diputación de Soria y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. El trabajo responde a un encargo oficial, tal y como se explicita en el encabezamiento: “La primera Autoridad Civil de la Provincia ha requerido del Centro de Estudios Sorianos un informe acerca del verdadero sentido que debe animar a nuestras tradicionales Fiestas de San Juan”.

Después de una exhaustiva relación de las numerosísimas prohibiciones acaecidas en los últimos cuatrocientos años y de los conflictos públicos con ellas relacionados, el estudio “científico” aportaba los resultados de una encuesta pública resuelta negativamente en cuanto a la forma en que se daban las fiestas. La encuesta fue remitida a “diversas entidades y muy caracterizados sorianos”,  aunque se reconoce en un discreto pie de página que sólo un 10% ha sido recibido contestado. El artículo concluye con un “informe” que no tiene desperdicio a la ha de ilustrar cuál ha sido la actitud de la “ciencia” antropológica española al servicio del Estado hacia las fiestas de tradición popular. Después de subrayar el anacronismo actual de las fiestas tradicionales, los cambios sociales acaecidos a partir de la “cruzada”, el libérrimo carácter popular de las fiestas, etc., se anota el principal de los aspectos positivos de las celebraciones sanjuaneras. Quisiera señalar la coincidencia del punto de vista oficial sobre los aspectos deseables de la fiesta popular con el de la mayoría de los antropólogos culturales que han analizado el hecho festivo, que, sin nada más que decir, han concluido muy habitualmente su lectura con la afirmación de que su principal función había que encontrarla en el fortalecimiento de la cohesión social en el interior de  los límites simbólicos locales y en el establecimiento de pautas de integración comunitaria sólidas (lo que siendo sin duda cierto tiene un valor explicativo muy restringido). Esta interpretación, que redime parcialmente a la fiesta de su endémica estolidez, también es la que propone para plantear lo que de bueno hay en las problemáticas fiestas de San Juan en Soria el CSIC en su papel de auténtico “brazo científico” del Ministerio de Gobernación: “No obstante, en las Fiestas de San Juan se verificaba el milagro de la más acusada confraternidad de todos los sorianos: los de arriba, condescendientes un poco, y los de abajo, elevándose en lo posible para dar ese aire de alegre hermandad que era la base de la convivencia en las fiestas y su mayor encanto”.

El “informe” concluye con un diagnóstico y una sentencia, que sobrecogen por su tono y por su semejanza con el lenguaje inquisitorial. Este es el diagnóstico: “1º. Que las Fiestas de San Juan no pueden responder hoy al espíritu tradicional, no sólo por la desaparición del estado del Común que fue su origen, sino por la natural evolución de los tiempos. 2º Que […] cabe restablecer algunos usos perdidos y transformar otros que contribuyan a prestar mayor brillantez a la vez que suprimir motivos o escenas de mal gusto”.

Las sugerencias de CSIC a tal fin consisten en: devolver su “sencillez primitiva” a las fiestas; conceder premios a los caballistas y carruajes; fomentar la asistencia a la procesión de la mañana del lunes (que había sido “recuperada” en 1939); “encauzar” el adorno de las calderas típicas, “normalizándolo”; suprimir la exhibición de los despojos del toro (de “mal gusto”), sustituyéndola con algún espectáculo musical, taurino, deportivo, artístico, etc.; suprimir4 radicalmente las secuencias rituales del tono concupiscente (las bailas, los desfiles nocturnos), que dan un pésimo espectáculo, y … ampliar en lo posible la capacidad de la plaza de toros.


La consideración final resulta estremecedora en tanto que expresión extrema del vasallaje de un organismo supuestamente científico respecto del poder instituido, que aquí incluye explícitamente una invitación a la violencia policíaca y al control de las mentes: “Consideramos que se debe realizar a lo largo de todo el año una honda labor educadora –en el hogar, en la escuela, en los centros docentes, en la Prensa, en la Radio- del sentido moral, estético y cívico del pueblo, enseñándole a divertirse sin chabacanería y sin innecesarios alardes de mal gusto. No se debe vacilar tampoco en caso necesario, en la adopción de las oportunas medidas coercitivas ante los excesos que puedan cometerse en la impunidad que creen algunos que conceden unas Fiestas populares”.

Canals de vídeo

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