dimarts, 10 de setembre de 2013

Sobre las apropiaciones vindicativas de los centros históricos. Entrevista publicada por el diario Hoy de Quito, el 10/9/2013, en el marco del Foro latinoamericano Habitar el Patrimonio

Detención en las protestas contra la intervención petrolera en la Amazonia ecuatoriana, el 27/8/13.
La foto es de José Jácon y está tomada de metroecuador.com.ec
Sobre las apropiaciones vindicativas de los centros históricos. Entrevista publicada por el diario Hoy el 10 de septiembre de 2013 y realizada por Gabriel Flores en el marco del Foro latinoamericano Habitar el Patrimonio.

Hace dos semanas, un grupo de jóvenes que protestaban en defensa de la no explotación petrolera en el Yasuní fue reprimido por parte de la fuerza pública. Se le impidió el paso hacia la Plaza. En este contexto, ¿cómo controla el poder el uso del espacio público? 

En mi intervención durante el foro no mencioné este caso como un ejemplo porque solo lo conocía de referencia. Pero justamente mi aporte en este sentido fue el de los usos insolentes del espacio urbano y particularmente de los centros históricos. Advertí que existe una contratación inequívoca de que todos los grupos sociales que por distintas razones tenían alguna cosa que proclamar, reivindicar o reclamar, más tarde o más temprano, se hacían presentes en un centro histórico que justamente reclamaba que fuera histórico. Básicamente porque es ahí donde los poderes tienen su domicilio y se los puede interpelar. Es aquí donde obtienen un mayor eco, tanto mediático como social. Por lo tanto, el centro histórico es un espacio de y para el conflicto.

¿Estos usos insolentes del espacio urbano, como usted dice, son una forma global de apropiación del espacio público?

 Esto no solo ocurre en Quito sino en cualquier ciudad del mundo. En los últimos dos o tres años, con más intensidad. Cuando uno contempla los movimientos sociales de última generación, el Ocupa Wall Street o el 15-M, se percibe una especie de topofilia. Una preocupación central no por usar el centro urbano como escenario para las protestas, sino para que los protestantes se conviertan en instrumentos a través de los cuales pareciera que el que tiene que hablar es el propio espacio. Parece que en estos casos donde hemos visto una suerte concatenada de ejemplos, como ha sucedido en El Cairo, Estambul, Bogotá, México, Río, Barcelona, Madrid, Nueva York, Chicago, Tel Aviv... Existió un fenómeno que fue interesante, en él pareciera que no eran los manifestantes los que usaban el espacio para hablar sino que fuera realmente el espacio, la plaza, la que empleara a los manifestantes para proclamar en ella una cierta verdad ciudadana que reclamaba esa virtud de espacio público central, esa instancia de ser el ágora. 

 ¿Por qué el poder decide restringir el uso del espacio público? 

Cualquier tipo de restricción para ejercer la libertad de expresión en un espacio público contraría su propia condición. En este sentido no existe el espacio público. Existe una especie de mística e idealismo que hace creer que realmente existe un espacio de libre acceso en el cual uno puede vivir intensamente una cierta igualdad ciudadana. Eso no existe. En la práctica queda claro que cuando las autoridades entienden que ese uso es esencialmente insolente, automáticamente se acabó el espacio público y quien manda es la Policía. Toda esa polémica es básicamente de quién es la calle y para qué sirve.

¿La fuerza militar es la forma en la que el poder controla el espacio público? 

En última instancia, sí. Todos los poderes son agorafóbicos. Siempre, aquí y en todo sitio tienen miedo y desconfianza hacia lo que ocurre en la calle, porque nunca logran controlarla del todo. Nunca saben bien qué es lo que ocurre en ella. Ese tipo de prácticas aparentemente dispersas en las que las multitudes se agitan, pueden generar grandes coágulos que son capaces de desatar una energía que, históricamente, no ha hecho otra cosa que demostrar su eficiencia, su capacidad de hacer temblar estructuras sociales y de cambiarlas. Esa perspectiva ha hecho que, en última instancia, el control del espacio público corra a cargo de las fuerzas de orden público.

En Latinoamerica la plaza ha tenido un papel protagónico como espacio de la protesta social. ¿Cómo concibe usted su uso actual? 

Toda plaza, de una u otra forma, tiene vocación de ágora griega. Ese modelo de espacio público, republicano, democrático, lugar donde los individuos se reúnen para pronunciarse de forma conjunta y cooperativa acerca de asuntos que les concierne. Ese es el modelo de la plaza en un sistema democrático. La gente acude a una plaza, aquí o en cualquier sitio, para manifestarse. Lo que reclama es que este lugar sea lo que promete ser. Un espacio público, un espacio de la publicidad de aquellos asuntos que conciernen a la ciudadanía. La plaza es un escenario, pero también es un altavoz y un símbolo. No solamente es una especie de decorado vacío sobre el cual se desarrolla una ciudad. Tiene un protagonismo en sí misma. No se puede tener los elementos patrimoniales, como los que componen la Plaza Grande, protegidos de una existencia colectiva que está ahí siempre rodeándola y que tiene un fuerte presupuesto de conflicto. 

¿Por qué en los últimos años, el poder ha exacerbado el control sobre los espacios públicos? 

Siempre lo ha tenido o lo ha querido tener, prácticamente durante los dos últimos siglos. El problema de lo que se llamó "las masas", por ejemplo, fue justamente lo que se constituyó en el fantasma que recorrió Europa en el siglo XIX. Concentraciones humanas en contextos espaciales reducidos, los grupos más disidentes, más críticos, o más disconformes o menos serviles, que coincidían en la calle para hacer cosas, para ir de un lado a otro. 

Lo sorprendente es que con esta perspectiva de las nuevas tecnologías y las redes sociales se llegó a pensar que las formas de acción colectiva iban a desarrollarse en otro plano, quizás en el metafísico. Esa perspectiva de una retirada, de un repliegue de la gente de la calle para usarla como instrumento de crítica y protesta contra los poderes no se ha cumplido. En ese sentido la única alternativa de preservar el espacio público es reconocer que sólo tiene sentido como lugar para el conflicto, es decir para la vida.

¿Un ejemplo de esto fueron las movilizaciones multitudinarias del grupo de los indignados en España? 

La idea de cerrar los centros históricos para que dejen de ser históricos y para que en ellos no penetre el conflicto la conozco perfectamente de Barcelona donde, en efecto, el barrio Gótico y la Ramblas están negadas a las manifestaciones. Justamente movimientos tipo Indignados son ejemplos de esa elocuencia de la plaza, no como escenario sino como protagonista directo y personal de la acción colectiva, que me parece encuentra ahí su apoteosis. 

Usted menciona que el espacio público es un protagonista en la protesta social. ¿Qué se construye alrededor de él? 

Estoy insistiendo en que el espacio público, el centro histórico y el centro urbano son espacios del y para el conflicto. El uso que recibe el concepto de espacio público especialmente en el plano oficial es justamente lo opuesto: el lugar donde se produce un consenso natural y armónico en que los segmentos de poder, y aquellos otros con los que está enfrentado, pueden firmar un pacto, una tregua que aplaza para otra ocasión o para otro escenario los enfrentamientos por intereses contrapuestos. Eso es justamente lo contrario de lo que es el espacio real. Los conflictos, si tienen algún lugar en que aparecer, es ahí. La manifestación del otro día en el centro de Quito, o cualquier otra, es una coalición de viandantes. El viandante es el peatón, alguien que está ahí afuera, que ha salido a la calle y que no sabemos a dónde va. Ese tipo es el protagonista de ese espacio que damos en llamar público. No hay ninguna revolución que no la hayan hecho viandantes. Gente que estaba ahí, que de pronto salió un día de su casa, se encontró con otros y que, a veces, fue capaz de llevar a cabo una gesta. 

¿Por qué en su ponencia usted dijo que la protesta social es una forma de patrimonio? 

El calificativo apropiado para este caso debería ser el de patrimonio social. Hay que entender que el patrimonio tiene sentido en tanto no sea meramente contemplado, sino usado por prácticas sociales entre las cuales está la protesta. Los lugares de la protesta casi siempre son lugares de valor histórico y monumental porque ahí está el corazón de la ciudad, ahí es donde están los núcleos de poder. Ahí es donde la gente, más tarde o más temprano, acaba yendo. Por tanto, no se puede evitar que la protesta social de una forma instintiva, reclame su derecho al espacio. El derecho a la ciudad pasa por el derecho a la calle, y si la calle no sirve para que en ella podamos expresarnos, entonces en qué consistiría eso que llamamos democracia y que tiene en ese uso para expresarse su esencia, su alfa y su omega? 

¿Qué papel juega el poder en la concepción de la protesta social como forma de patrimonio?

La obsesión de cualquier poder siempre es generar espacios transparentes y legibles. La distribución de lugares poderosos, potentes y fuertes consiste en que, a través de ellos, quien distribuye el patrimonio genera puntos que permiten clarificar un espacio que tiende a convertirse en madeja. Esa voluntad de clarificación pedagógica permite al transeúnte y al vecino saber qué tiene que pensar, mirar, recordar y sentir. Al margen de la buena voluntad de quienes deciden qué es o no patrimonio. Uno tiene que pensar que el respeto y el enaltecimiento de los valores patrimoniales es compatible con los usos prosaicos, ordinarios y, por supuesto, con las luchas sociales que pueden y deben reclamar el centro histórico como su espacio natural. 

¿La represión de la protesta social es una forma de privatización del espacio público? 

Es una forma de recordarnos qué quiere decir "público". Primero está el espacio público prosaico, que es la forma elegante de decir plaza o calle. Luego el espacio público filosófico que es el espacio de la publicidad democrática, donde teóricamente los individuos y los grupos pueden y deben proclamar y controlar al poder político, el ágora. Y la tercera acepción, igualmente correcta, es el espacio público como espacio de titularidad pública, propiedad privada del Estado, porque pertenece a la Administración. En ese sentido, la autoridad gobernante puede reclamar que la calle es suya como lo hizo en 1976 el ministro franquista Fraga Iribarne: “la calle es mía”, luego de los hechos de Vitoria, donde hubo varios muertos. 

 ¿Bajo qué concepciones el poder puede reclamar un uso adecuado del espacio público sabiendo que la calle es naturalmente, un espacio de conflicto? 

Básicamente solo vas a tener derecho a usar el espacio público si eres capaz de demostrar que tienes modales de clase media. En cuanto tu comportamiento sea considerado de acuerdo con cualquier criterio o cualquier normativa "cívica", automáticamente tú vas a ser excluido. Se trata de que básicamente son los buenos modales los que nos igualan. La clave está que, sea cual sea tu posición social y de dónde vengas, te sepas comportar. Por tanto, la represión ya no se hace como se hizo en otros tiempos, en nombre de intenciones revolucionarias. Ahora, los que protestan son acusados de incívicos, de no saber comportarse. De no obedecer las buenas normas de urbanidad. Gente mal educada que no está a la altura de lo que se denomina espacios públicos de calidad, lo que significa que las personas tienen que ser de calidad para usarlos.

 ¿Hay una división entre los usuarios del espacio público?

El espacio público no tiene hoy usuarios. Tiene consumidores. Estoy seguro de que aquí, como en todo los sitios, la crítica y el reproche a los que protestan no será por razones ideológicas. Será porque ensucian el suelo, porque pisan los parterres, por ejemplo, porque pintan las paredes. No importa lo que pinten, lo que importa es que se entienda que lo que los convierte en inaceptables es que no aceptan las normas de urbanidad y que se comportan como malos ciudadanos. Les dicen, "protesten, pero como Dios manda". Es una cuestión de urbanidad. En España hay normativas "cívicas" para concebir ciudadanos virtuosos. En la práctica, sirve para perseguir a los pobres, a las prostitutas y a la disidencia política. Son prácticas del nuevo higienismo que consiste en que el espacio público tiene que ser lo que tiene que ser. Y si a alguien se le ocurre llevar la contraria, debe ser excluido.



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