dissabte, 28 de setembre de 2013

"Sobre las apropiaciones insolentes del espacio urbano a principios del siglo XXI y el papel en ellas de la barricada". Fragmento de una conferencia pronunciada en la Universidad del Valle, en Cali, el 27/9/2013

La fotografía es Mireia Comas. Corresponde a incidentes el Día de la Hispanidad de 1999
Fragmento de la conferencia pronunciada en la Facultad de Artes de la Universidad del Valle, en Cali, en el marco del encuentro internacional "Diseño en sociedad 9. Investigación y creación en diseño", el 28 de septiembre de 2013. Agradezco a los profesores Mauricio Chemás y Tatiana Cuéllar que hayan contado conmigo para esta oportunidad

SOBRE LAS APROPIACIONES INSOLENTES DEL ESPACIO URBANO A PRINCIPIOS DEL SIGLO XXI Y EL PAPEL EN ELLAS DE LA BARRICADA (fragmento)
Manuel Delgado

La actividad ordinaria en los exteriores urbanos –plazas, calles, avenidas...– está constituida por una urdimbre poco menos que innumerable de actividades diversas y dispersas protagonizada por personas que, individualmente o en pequeñas agrupaciones, hacen de tales marcos un escenario versátil para una cantidad extremadamente heterogénea de prácticas. En ciertas ocasiones, pero, esa amalgama plural de conductas conoce una súbita unificación que tematiza el espacio en que se da, en el sentido de que hace de él proscenio para un solo uso por parte de un conglomerado humano que ya no se conduce de manera difusa —cada componente a la suya—, sino que configura una conjunción dotada de unos principios complejos de actuación y organización concertadas. En estas oportunidades vemos generarse auténticas coaliciones viandantes de viandantes, cohortes compactas constituidas por desconocidos que se desplazan o permanecen juntos, haciendo lo mismo, en el mismo sitio o desplazándose a la vez en la misma dirección.

Tales coágulos humanos deben ser considerados como auténticas sociedades peripatéticas –en tanto existen en movimiento–, dotadas de una estructura y de dispositivos que la hacen posible y la mantienen, que ejercen funciones que pueden llegar a ser institucionales y a las que conviene atribuir una coherencia conductual, psicológica y sentimental propia. Por otra parte, tales órdenes sociales, tan efímeros como eventualmente enérgicos, emplean de manera intensiva una determinada parcela de la trama urbana –ciertas calles, ciertas plazas– que transforman y cuya elección nunca es irrelevante, puesto que conlleva el reconocimiento en ella de connotaciones morales que la hacen elocuente para la proclamación de identidades o voluntades compartidas.

Son estas oportunidades en las que los espacios de libre confluencia de una ciudad son usados como mucho más que como escenarios de las simples rutinas. Se trata de esos actos que no en vano llamamos multitudinarios —de las fiestas populares a los grandes motines sociales—, que escogen de manera nunca arbitraria un determinado espacio urbano para hacer que su función expresiva prevalezca sobre la empírica y los contenidos simbólicos que lo cargan de valor sean mucho más importantes que los instrumentales. En esos casos aparece radicalmente clara la evidencia de hasta qué punto toda práctica social practica el espacio, lo produce, lo organiza, cuando vemos formarse grandes coaliciones peatonales protagonizando situaciones secuenciadas que generan el contexto en que se producen.

Emergen entonces unidades de participación, es decir, unidades de interacción gestionadas endógenamente, que suelen presentar rasgos rituales —es decir, repetitivos en relación a ciertas circunstancias—, compuestas por individuos que están ostensiblemente juntos, en la medida en que pueden ser percibidos a partir de una proximidad ecológica que da a entender algún tipo de acuerdo entre los reunidos y dibuja unos límites claros entre el interior y el exterior de la realidad social que se ha conformado en el espacio. Esas unidades son órdenes sociales locales observables, cristalizaciones en el que se registran conductas relativamente pronosticables, que resultan comprensibles o al menos intuibles por quienes las constituyen siempre momentáneamente, fenómenos integrados y contorneables, constelaciones socioculturales acabadas provisionalmente y que pueden ser objeto de explicación socioantropológica y de comprensión histórica.

Se trata entonces de movilizaciones o movimientos sociales en un sentido literal, puesto que son encuentros de individuos que hacen sociedad entre ellos moviéndose, acumulándose de manera significativa y significadora en un espacio y un tiempo que modifican de manera radical. En estas oportunidades, si el conglomerado generado se conduce de manera que las autoridades consideran intolerable o se niega a obedecerlas, estas pueden actuar expeditivamente con tal de diluirlo. En estos casos, conminaciones policiales del tipo "¡circulen!", "¡disuélvanse!", "¡no formen grupos!", etc., indican la inquietud gubernamental ante la actividad del grumo humano que durante unos momentos ha conseguido hacerse con el control de una porción de ciudad y la determinación de desleírlo por la fuerza si es preciso.

Frente a eso, las barricadas suelen ser, una vez más, como tantas veces antes, el instrumento por excelencia, la herramienta que permite obturar la calle para impedir otra motilidad, esta vez la de los funcionarios encargados de la represión, sea el ejército o la policía. Ese elemento –ya conocido desde el siglo XIV– aparece recurrentemente en las grandes revoluciones urbanas del siglo XIX y buena parte del XX al tiempo como instrumento y como símbolo de la lucha en las calles. Estas construcciones –a las que Baudelaire describe como “adoquines mágicos que se levantan para formar fortalezas”– han servido de parapetos, pero también de obstáculos, el emplazamiento de los cuales responde a una vieja técnica destinada a retener o desviar afluencias entendidas como amenazadoras, configurándose a la manera de un sistema de presas que intercepta el desplazamiento de esas presencias intrusas detectadas moviéndose por el sistema de calles. A esa dimensión instrumental, a las barricadas conviene reconocerles un fuerte componente expresivo. Pierre Sansot (Poetique de la ville, Aubier) hacía notar como la barricada evocaba la imagen de una “subterraneidad urbana”, que emergía como consecuencia de un tipo desconocido de seísmo. La barricada ha asumido de este modo la concreción literal de la ciudad levantada. Sin duda, la barricada es la expresión más genuina de un verdadero diseño insurreccional y su sentido último, más allá de su dimensión práctica, debería entenderse como el contrapunto del monumento burgués.

La doble naturaleza instrumental y expresiva de la barricada continua vigente, pero la forma que adopta esta técnica de ingeniería urbana efímera ha cambiado. Las barricadas empezaron siendo murallas hechas con barricas –y de ahí el término barricada– y así fueron empleadas por los parisinos para defenderse de los mercenarios de Enrique III, en mayo de 1522. En el París de la Comuna de mayo de 1871 llegaron a devenir auténticos proyectos de obra pública y alcanzaron la categoría de arquitectura en un sentido literal. Los adoquines levantados de las calles configuraron un elemento fundamental en el paisaje insurreccional de las ciudades europeas hasta bien entrado el siglo XX. En el París de Mayo del 68 –siempre mayo– las calles fueron levantadas y se construyeron numerosas barricadas con su empedrado, pero la fórmula más empleada fue la de atravesar coches en las calzadas, volcarlos, con frecuencia incendiarlos. Estas actuaciones no se han visto como meros métodos para irrumpir el tráfico, sino que implicaban una denuncia de la sociedad de consumo que se quería hacer temblar. Esa es la tesis de nuevo de Pierre Sansot, que, hablando del mayo del 68 parisino, se refiere a un auténtico “holocausto de automóviles”, del que, por cierto, se libraron ciertos modelos, como el Citroën 2 CV o el Renault 4L, que eran los vehículos habitualmente preferidos por los propios manifestantes y que Sansot interpreta que estos homologaban con bicicletas. No hay duda de que la destrucción masiva y ritual de automóviles durante las revueltas regulares que conocen las ciudades francesas —con la gran explosión en el otoño de 2005— es la actualización de tal tendencia cultural.

Las barricadas son, hoy, tan móviles como la policía. Responden a una concepción sobremanera dinámica del disturbio, como si las algaradas de finales del siglo XX y principios del XXI estuvieran caracterizadas por la agilidad de movimientos, por la impredicibilidad de los estallidos, por la voluntad de impregnar de lucha urbana la mayor cantidad posible de territorio. La barricada se forma, en la actualidad en ciudades como Barcelona, sobre todo con contenedores de basura, con lo que vienen a renunciar a su estabilidad para devenir, ellas también, como todo hoy, móviles, usadas ya no sólo como protección, sino también como parapeto que puede ser empleado para avanzar contra la policía y obligarla a recular.

Acerca de los disturbios urbanos, Pierre Sansot notaba como el pavimento que se arranca, los adoquines, las piedras de las obras, los coches que se atravesaban en los bulevares parisinos, eran –desde el punto de vista del revoltoso- elementos “por fin liberados”, como si los objetos urbanos que se lanzaban levantasen el vuelo y dejasen el suelo al que habían sido atados; como si una fuerza surgiese de la ganga que las aprisionaba a ras de tierra; como si pudieran conocer, gracias al amotinado, una gloria que la vida cotidiana les usurpaba.

Ni los manifestantes –ni siquiera los más hostiles– ni los policías dejan nunca de explicitar este énfasis en la dimensión fundamentalmente escénica y ritual de sus actos. Las actuaciones contra sitios considerados encarnación de lo maligno o difusores de corrupción e infamia están orientadas por esa misma voluntad dramatúrgica. En esa línea, el tipo de vestuario que usan hoy los manifestantes más radicales quiere ser elocuente y la policía y los espectadores son capaces de reconocerlo aún fuera de las marchas de protesta en sí. Esta preocupación por distinguirse acaba generando no sólo un efecto estético, sino estetizante, cuyo destino último es en buena medida mediático. Hoy se puede apreciar una notable tendencia mundial a uniformizar a los propios protestatarios. Los pasamontañas, las sudaderas con capucha, el calzado deportivo..., han acabado perfilando un look característico del manifestante radical.

Por descontado que los policías, por su parte, no olvidan tampoco nunca esa dimensión teatral de su actuación. Los despliegues de los agentes antidisturbios no son simples intervenciones destinadas a alcanzar un cierto objetivo ­–defender el orden público alterado, dicen–, sino auténticas coreografías en que cada movimiento funciona como un verdadero paso de baile. El producto final muchas veces no disimula sus resonancias cinematográficas. La imagen de los policías avanzando por las calles golpeando con las porras sus escudos, recuerda inevitablemente las batallas de las películas “de romanos”. Con motivo de los hechos de Seattle, en 1999, la prensa ya llamó la atención acerca de cómo los uniformes y el equipo de los antidisturbios parecían extraídos de una película de ciencia-ficción.  Pierre Sansot habla de las furgonetas que transportaban a los CRS  franceses del Mayo del 68 como “grandes bestias fabulosas en la caída de la tarde, monstruos que se hundían en la noche parisiense”. Por su parte, Michel de Certeau decía que los “manifestantes de mayo luchaban contra marcianos negros y con casco” (La Pris de parole, Seuil).

Entonces podemos contemplar formas expeditivas de acción social. Seres humanos que nunca antes se habían visto y que posiblemente nunca más vuelvan a encontrarse pactan sobre la marcha –y nunca mejor dicho– un manejo expresivo compartido y unificado del espacio público, ocupándolo convertidos en un solo cuerpo y una sola alma. Lo hacen empleando una lógica que es territorial y territorializadora, puesto que se apropian o reapropian de un espacio releyendo sus accidentes en un registro propio y original, distinto por completo del previsto por sus planeadores y sus administradores. Ese urbanismo alternativo –efímero, generado y gestionado a ras de suelo y por sus propios usuarios– es un urbanismo móvil i moviente, puesto que imprime ritmos y formas distintas al sistema urbano, relativizando la presunción de estabilidad y predictibilidad que el urbanismo oficial le presupone. Vemos prodigarse entonces un orden topográfico autoorganizado, un mapa insólito en que se trazan  transcursos inauditos, salpicado de localizaciones imprevistas y de dislocaciones. Son esas territorializaciones insolentes las que nos advierten de hasta qué punto una ciudad no es sólo una forma ordenada o un sistema ordenable y menos lo que en muchos casos quisieran que fuera hoy: un producto en venta y una mera fuente de beneficios. Esos episodios regularmente repetidos de metrópolis levantadas nos recuerdan que toda ciudad es o acabara siendo lo que es: un amasijo infinito, un protoplasma inagotable de lucha y de pasión.



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