dissabte, 14 de setembre de 2013

El celibato y el control de la sexualidad del clero. Fragmento de "Carne y ceremonias", capítulo inédito de "Algunas claves culturales del anticlericalismo en la España contemporánea", tesis doctoral de 1991

La caricatura es de Rainer Hachfeld y está romada de la página necromorty.blogspot.com.es/.
que es una excelente ilustración actual de lo que aquí se argumenta
Me ha extrañado que en las interpretaciones que se han dado de las palabras del recién nombrado Secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, cuestionando la indiscutibilidad del celibato nadie —que haya oído o leído— haya caído en la cuenta de la relación entre sus declaraciones y las acusaciones de pedofilia que viene recayendo sobre miembros del clero. La idea de que el matrimonio sería una forma de controlar las anomalías y excesos sexuales de los curos es un tema recurrente en el imaginario tanto anticlerical como reformista en el seno de la propia Iglesia. Me han venido a la cabeza las palabras de un diputado de Esquerra Republicana en el Parlamento español en octubre de 1931, en un debate sobre las relaciones Iglesia-Estado, cuando decía: "...Y finalmente somos partidarios de humanizar al sacerdote, casándole, para que se sepa lo que es bueno; casando al sacerdote, señores dipu­tados, para que sepa lo que es el purgatorio".

A la vieja acusación contra la Iglesia por haber promocionado el libertinaje y la lujuria y a la pésima reputación sexual del clero dediqué uno de los capítulos de mi tesis doctoral, leída en 1991 y que dirigió el añorado Alberto Cardín: "Carne y cereonias", inédito, a diferencia del resto de la tesis que ha aparecido en tres libros: Las palabras de otro hombre (Muchnik, 1992), Luces iconoclastas (Ariel, 2001) y La ira sagrada, ahora reeditada por RBA.


SOBRE LA MALA REPUTACIÓN SEXUAL DEL CLERO CATÓLICO
Fragmento inédito de Sobre algunos aspectos culturales del anticlericalismo en la España contemporánea
tesis doctoral, 1991)
Manuel Delgado

Debería considerarse significativo el escaso relieve concedido a las argumentaciones de signo político‑institucional o económico en la descalificación del cle­ro, y, por con­tra, resulta elocuente el que la fobia antica­tólica haya in­sisti­do, desde siempre, en claves de matiz mo­ralizante y relativas a la irregular sexualidad clerical. Ejer­cidas fuera del aconteci­miento histórico, las argumenta­ciones que ofrece el anticle­ricalismo popular parecen tender a enfatizar otros as­pectos de la culpabi­lidad que gen­era y sirve de coar­tada a las agresiones físicas o verbales. La mayoría de docu­mentos alusivos a acusaciones públicas contra el clero en la España contemporánea conce­de a los elementos po­líticos o eco­nómicos ‑teóricamente responsables en primera instancia de los tumultos y agresiones contra la Iglesia‑ una condi­ción marginal, periférica..., como si no fuera ésta la culpa más detestable de las que ca­bía atribuir al catolicis­mo. Plantea­do claramente: la acu­sación predilecta y más abundantemente em­pleada con los servi­dores de la religión de Roma ha sido des­de siempre, y es aún, la de su supuesta depravada vida se­xual, de manera que la Iglesia es responsable, sobre y ante todo, de ser una fuente de vicio y de inmoralidad. Así ha sido incontestablemente en lo que hace a la incorporación del tema anticlerical al folclor popular, a la literatura e, incluso, actualmente a los medios de masas como el cine y hasta a la mismísima erotología posmoderna, como cuando Bruc­kner y Finkielkraut afirman que "Pablo VI es el mayor forni­cador...; todos hacemos el amor como católicos integristas; hay tanta pornografía en la sotana de un semina­rista como en la vulva más desorbitada" (El nuevo desorden amoroso, Anagrama).

Tomemos el amplio refranero anticlerical en vigor a lo largo de ese período que aquí se contempla ‑desde finales del XVIII a la actualidad‑, tal y como ha sido recogido por in­vestigadores como Jammes o Arbeola, o, mucho antes, en plena sacrofobia, por el propio José Nakens o por Gabriel María Vergara. En él, la presunción generali­zadamente a­cep­tada por la historio­gra­fía y, a través de su influencia, por la mayo­ría de las opi­niones, de que "la Igle­sia Católica era asocia­da en el espí­ritu de los españoles, desde hacía mucho tiempo, a las clases dirigentes" o de que "la cues­tión religiosa apare­cía, pues, inextricablemente vinculada a la cuestión econó­mica", se derrumba sin remisión. No hay en tod­os los re­franes, coplas, chistes..., que se han recogi­do sob­re el cle­ro ni una mínima parte en las que esta asocia­ción políti­ca, económica o de clase tan pre­suntamente asumida por el "espí­ri­tu de los espa­ñoles" aparez­ca mentada. La ver­dad es que al espíritu de los espa­ñoles se le antojaba más bien que la I­glesia era acusable por faltas mucho más gra­ves que la com­plicidad con el poder polí­tico o económico. La cen­sura popu­lar llevaba siglos atribuyéndoles a curas, frailes y monjas de­fectos como la so­ber­bia, la gula, la pereza...

Las alusiones al peligro que implica la insaciable libi­dinosidad del clero son constantes e indican claramente las predilecciones de la crítica de la imaginación popular hacia los miembros de la Iglesia. El nivel obsesivo que esta faceta toma en las crea­ciones folclóricas sobre el clero queda pa­tentes en cuantos estudios o compilaciones se han llevado a cabo. Tóme­se, por ejemplo, el trabajo de Janer Manila sobre el can­cio­nero popu­lar mallorquín o el del Equip A.P. en torno a la literatu­ra tradicional gallega. En todos se re­pite con idéntica maniática insistencia esta visión que, por lo demás, gozaba de una secular vigencia en España desde Gon­zalo, el Arcipreste de Hita o Anselm Turneda en la Baja Edad Media y de la que se pue­den encontrar infinidad de mues­tras en la literatu­ra popu­lar burlesca de los siglos XVI y XVII.

Toda esta manera de contemplar la vida sexual del clero como una colección de insalubres execraciones, está igualmente presente en la pintura romántica, como lo demostraría Antonio María Esquivel, en obras como "Los enfermeros", que muestra a un numeroso grupo de frailes, de aspecto mezquino y repelente, observándole el trasero y los genitales de una hermosa paciente, mientras preparan, con aire torvo y vicio­so, una especie de lavativa. Ni que decir tiene que este tipo de peyorativizacio­nes no son exclusivas de España, por mucho que en nuestro país alcancen un grado de intensidad e insistencia insólito. Todo el mundo católico es escenario de esta clase de agresio­nes ideológicas contra la Iglesia. En el plano folclórico, li­bros como el de Antonin Perbosc, Contes licencieux de l'Aqui­tania, publicado originalmente a princi­pios de sigl­o, po­nen de mani­fiesto el elevadísimo porcentaje de historias po­pulares de signo pornográfico que tienen como protagonistas a gentes de la clerecía y situaciones aso­ciadas al culto, como confesio­nes, sermones, etc.

En lo que hace a la crítica "culta" del catolicismo no va dejar tampoco de reiterar las acusacio­nes contra la co­rrup­ción moral del clero y contra la compli­cidad de la Igle­sia en el viciamiento del individuo y de la sociedad. William Blake escribe a finales del XVIII, "las cárceles están cons­truidas con las piedras de la ley, los burdeles con los la­drillos de la religión." Las alu­siones al tema en muchas de las o­bras de Gibb­on, Voltaire, Diderot, D'Alambert y muchos otros teóricos de las Luces son constan­tes. Después de la Revolu­ción resultan habituales los dramas bufos que muestran a "el Papa, los carde­nales, obispos, curas y monjas exhibién­do­se entre cabriolas sucias y endiabladas". Enseguida, las novel­as im­pregnadas de este tipo de referencias harán furor popul­ar, desde las de Zola, Balzac, Sué, etc., hasta los bo­drios que escribieran gentes como Pigault‑­Lebrun. Incluso habrá operas interesa­das en estas divulgaci­ones, como Roberto el Diablo, de Meyer­beer.

Los conventos de monjas son abundantemente empleados para servir de sórdido escenario a historias siem­pre escabrosas para posesiones divinas o diabólicas, tras de las cuales se esconden el desequilibrio, la histeria o la represión sexual de las enclaustradas, lesbianismo, orgías indescriptibles, nacimientos indeseados, abortos o infantici­dios, tormentos sádicos, prostitución y un amplio espectro de indecencias. La tradición de imaginar como abominable lo que sucedía entremuros encuentra precedentes a lo largo de toda la Edad Media y a principios del siglo XVI fue célebre el escándalo que provocaron las andanzas satánicas las "monjas de San Plácido" en Madrid, encabezadas por doña Teresa Valle de la Cerda. Por aquella época ‑entre 1619 y 1623‑, pero en la Floren­cia de los Medici, se dio el famoso caso de la monja Benede­tta y de su inseparable Bartolomea. Es eviden­te, pero, que el ejemplo más divulgado fue el de las monjas posesas de Loudun, que, con el un siglo posterior de Olliou­les, tanto contribuyera a divulgar en los siglos XIX y XX Jules Michelet, sobre todo a través de La bruja. Entre 1675 y 1725 pocas obras alcan­zaron tan­tas ediciones populares en Inglate­rra como Venus en el claus­tro o la monja en enaguas, que pret­endía revelar "las orgías sexua­les ocultas bajo el dis­fraz devoto de los ritos confe­sionales y católicos en ge­ne­ral". Todo ello en un momento en el que se dan a conocer las espeluznan­tes averi­guaciones acerca del erotismo místico que se practi­caba en el interior del conven­to de las domini­cas de Santa Catalina, en Prato. Ello explica la convicción que se tenía de que eran del todo ciertas las figuraciones contenidas, por ejemplo. en la di­vulgadísima El conve­nto de Gomo­rra, de Jac­ques Sou­ffra­ce, en el siglo XIX francé­s. Y no hablemos de Sade en su Juliette, de 1791, cuya protagonista es libertinamente educada en el convento de Panthemont, diri­gido por la desvergonzada e impía abadesa Delbène, para luego ir transitando de desenfreno en desenfreno por los diferentes conventos por los que va pasando, del de las carmelitas de París a las monjas de Bologne. Denis Dide­rot había dado a conocer ya su La religiosa, una frontal de­nuncia de las ins­tituciones reli­gios­as france­sas del XVIII. Una obra cumbre del romanti­cismo como es Los novios, de Man­zoni, de 1827, recrea la figura de Gertrude, tras la que se esconde la per­sonalidad de uno de los más tí­picos personajes de la his­toria negra del monacali­smo femeni­no: Marianna de Leyva, "la monja de Monza". En 1857 se publi­ca La abadesa de Cristo, de Sten­dhal, versionada en cine en Interior de un convento, de Bo­rowzcyk. La genera­lización de este tipo de relatos ‑con base más o menos verídica‑ ha quedado recientemente constatada en la compilación de Curb y Manahan, Monjas lesbianas.

Esta tradición, aumentable con muchísimos ejemplos más, habrá de continuar durante todo el siglo XX. Ahí está Los demonios de Loudun, de Huxley, escrita en 1952 y de la que Ken Rusell dirigiría una célebre versión cinematográfica ‑Los diablos‑ o su trasla­ción polaca al convento de Ludyn y sus monjas/brujas posesas de las que habla Jaroslaw Iwaskie­wicz en Madre Juana de los Ángeles, una novela de 1975. O el sa­cer­dote concupis­cente y alcoholizado de El poder y la glo­ria, de Green, de 1940. O en el no menos borracho párroco de El abo­gado del diablo, de Morris West. Hay incluso adverten­cias procedentes del propio catolicismo modernizador, como la de Ber­nanos, que hace al sacerdote pro­ta­gonista de Diario de un cura rural reflexionar en torno a la omnipresente amenaza de la lujuria, y que luego, en 1949, abordará críticamente el tema de la vida conventual femenina en Diálogos de carmeli­tas. Tenemos, para acabar, todos los curas que pululan por la no­velística pornográfica de nuestro siglo, la "carroña sacer­dotal", como la llamaba Bataille en uno de los ejemplos de ello, la violación del cura en Histo­ria del ojo. La vigen­cia de la denuncia respecto a lo que se pensaba como la anó­ma­la sexualidad eclesial la demostró, a mediados de los 80, el importante escándalo sus­citado por la obra teatral Tele­deum, de Albert Boadella y Els Jutglars. A finales de 1990, Televi­sión Española iniciaba la emisión, sustituyendo al po­pularí­simo Cris­tal ‑donde tam­bién aparecía un sacerdote, el padre Mi­guel, bastante irregu­lar‑, un nuevo culebrón titulado La dama rosa, que giraba en torno a una monja violada y emba­ra­zada.

No es casual el valor frenético y depravante que asigna el Marqués de Sade al espacio conventual. No sólo en el caso de los claustros femeninos por los que transcurre Juliette, sino también el de los monjes libertinos de Saint‑Marie‑des‑ Bois que inician la singular perversización de Justine o el de los monjes del barrio que abusan sexualmente de Durand‑ni­ña en Los 120 días de Sodoma. Como ha señalado Hénaff, el marco del monasterio reúne todas las condiciones precisas para devenir escenario e hipóstasis perfecta del orden del desenfreno sadiano. Recuérdese ‑para hacerse una idea de la vigencia del modelo monacal‑perverso‑ películas como la valenciana La portentosa vida del padre Vicente, sobre San Vi­cente Ferrer y la vida monástica de su época, y, sobre to­do, la reed­itadísima El nom­bre de la ro­sa, donde Umberto Eco con­ti­núa perseverando en la repre­sentación de la sexualidad enferma que se supone propia de la con­viven­cia monacal mascu­lina. Otras ve­ces, los filmes dulcifican los temas escabrosos de las obras literarias, como sucede en El exorcista, en cuya es­cena final se elude la alusión directa que Satán hace a la homosexualidad del padre Karras en la novela origi­nal.


En España, la insistencia en cultivar esta dirección en la literatura de todo el siglo XIX y hasta 1936 es evidente. Cabe reseñar, sólo a título de ejemplo, algunas de las muchas novelas centradas en amoríos de curas, tales como Tormento, de Pérez Galdós, La Regenta, de Clarín o Doña Luz, de Varela, una historia de amor entre un párroco y su gober­nanta. O to­dos los eje­mplos que nos podría brindar la obra en general de Pedro Antonio de Alarcón, de José María de Pereda o de cual­quier otro exponente de las corrientes liberal‑re­formistas. Como tampoco hay que olvidar todas las piezas tea­trales en que mediaban escandalosamente frailes, como El dia­blo predi­cador o La fuerza del sino. Volviendo a la nove­la, Pío Baroja hace comentar a uno de los personajes de El árbol de la cien­cia: "Entre los dueños de las casas de lenocinio ha­bía perso­nas decentes; un cura tenía dos y las explotaba con una cien­cia evangélica completa. ¡Qué labor más católica, más conse­rvadora podía hacer que dirigir una casa de prosti­tu­c­ión!" En esta obra podemos encontrarn­os también con el "Lagartijo", un sacerdote que se nos prese­nta como "un mozo bravío, alto, fuerte, de facciones enérgic­as... que solía contar con grace­jo historias verdes, que pro­vocaban bárbaros comentarios." En Los últimos románti­cos, Baroja nos mues­tra a unas monjas celestinas, en la mejor línea de las tradi­cionales trotacon­ventos, y a unos dominicos que "arrastraban a las damas".


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